1/16/2012

Unidos


El que suponga que dentro de las iglesias los problemas matrimoniales concluyen, se equivoca o niega una evidente realidad. Dentro del ambiente de las congregaciones, los inconvenientes conyugales son casi los mismos que en el plano secular. ¿Pero no tendría que ser diferente? Por supuesto, pero eso sería si en lugar de ser personas que concurren a una iglesia, fueran hijos de Dios genuinos en alabanza y adoración permanente al Padre. Sin embargo, algo hay que reconocer para después entender. Todos tenemos semillas de celos y envidia en nosotros. La pregunta es: ¿Quién de entre nosotros lo va a reconocer? Un predicador puritano llamado Tomas Manton dijo acerca de la inclinación humana hacia los celos y la envidia: “Nacemos con este pecado adámico. Lo bebemos en la leche de nuestra madre. Está en lo más profundo de nosotros”. Tales semillas pecaminosas nos impiden regocijarnos en las bendiciones y logros de las obras o ministerios de otros. Su efecto es levantar muros poderosos entre nosotros y nuestros hermanos y hermanas. Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?”(Proverbios 27:4). Santiago añade a esto: Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad (Santiago 3:14). En términos simples, el pecado de los celos y la envidia es un veneno amargo. Si nos agarramos de ello, no sólo nos costará nuestra autoridad espiritual sino que también nos dispondrá para la actividad demoniaca. El Rey Saúl nos da el ejemplo más claro que haya en toda la Escritura. En 1 Samuel 18, vemos a David volviendo de una batalla en la que mató a los filisteos. Mientras él y el Rey Saúl cabalgaban hacia Jerusalén, las mujeres de Israel se acercaban para celebrar las victorias de David, danzando y cantando: Saúl mató a sus miles y David a sus diez miles. Saúl se sintió herido por esta celebración de júbilo, y dijo para sí: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino (1 Samuel 18:8). Inmediatamente, Saúl estaba siendo consumido por un espíritu de celos y envidia. En el siguiente versículo, leemos el efecto mortal que esto tuvo en él: Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David (envidió) (1 Sam 18:9). Trágicamente, después de esto, Saúl fue enemigo de David todos los días (1 Samuel 18:29). Saúl había sido absolutamente enceguecido por sus celos. No podía humillarse delante del Señor en arrepentimiento. De haber reconocido su propia envidia y haberla arrancado de su corazón, Dios habría coronado de favores a su siervo ungido. Pero Saúl no pudo tomar el último asiento. En lugar de ello, fue atraído por su espíritu envidioso al lugar más alto. Y lo que sucedió al día siguiente debiera llenarnos de temor santo: Mas Saúl estaba temeroso de David, por cuanto Jehová estaba con él, y se había apartado de Saúl (1 Sam 18:10-12). De hecho, entonces; si eso ocurrió con gente que luego sería puntal en la extensión del Reino, qué menos nosotros en este tiempo. Y si esas cosas sucedieron entre personas unidas por lazos espirituales, cuéntame cómo no se daría entre personas unidas sólo por lazos sentimentales. Conclusión: los problemas matrimoniales no se arreglan con consejerías pastorales, se arreglan con intimidad máxima con el Señor por parte de ambos, por separado, como única posibilidad cierta de disfrutar de sus propias intimidades.

1 comentario:

nancy dijo...

Por lo general, la envidia involucra a dos personas. La persona envidiosa quiere algo que le pertenece a la otra persona, y no quiere que esa otra persona lo tenga. El objeto de la envidia puede ser el compañero de la otra persona, una buena relación, un rasgo deseable como la belleza o la inteligencia, una posesión, el éxito o la popularidad. Los celos, en cambio, involucran por lo general a tres personas. La persona afectada por los celos está respondiendo a lo que percibe como una amenaza que un tercero representa para una relación que ella considera valiosa. Esto es válido aun en el caso de que el tercero exista sólo en la imaginación de la persona celosa.
Son sentimientos que matan, traen destrucción y sin darnos cuento estmos trasgrediendo los mandamientos de DIOS AMA A TU PROGIMO COMO A TI MISMO y la paga del pecado es muerte que te separa de DIOS para siempre.