Abraham. Lo poco que yo conocía de Abraham antes de ser
creyente, era que se trataba de un judío bastante pillo que, con el cuento de
la esterilidad de su esposa, se las había arreglado para acostarse con la
esclava ¡con el permiso de su mujer! Imagínate en la cultura popular machista
incrédula, impía y pecadora, cuál era esa imagen. Después, cuando conocí al
Señor y empecé a indagar en Su Palabra, me enteré que Abraham en realidad no
era un judío sino un caldeo que un día salió de Ur sin saber adónde iba, pero
creyendo por fe que lo hacía a una tierra de promesa donde fluiría leche y
miel. El Reino y su permanente
extensión genuina y contemporánea, hoy, nos imponen contagiarnos de espíritus
como el de este hombre, bien llamado padre de la fe. Porque una de las
preguntas que más recibo a diario por causa de este ministerio, es de hermanos
que, habiendo salido de las babilonias religiosas por convicción propia y no
por imposición mediática o externa, suelen querer saber qué es lo que deberán
hacer ahora que ya no concurren a un templo una vez por semana a sentarse a
cantar cancioncitas y oír mensajes bien intencionados aunque inconsistentes. Y
me lo preguntan a mí, porque consideran que yo estoy más crecido que ellos, o
que soy más santo, o más ungido, o simplemente más inteligente, y sabré que
responderles. ¿Sabes qué? Vivo en el espíritu de Abraham. Ya salí hace muchos
años de mi propia Ur de Caldea; todavía estoy caminando sin saber con precisión
dónde queda mi sitio de llegada, pero con la certeza de estar haciéndolo en
dirección a ese Reino donde sí fluye leche y miel. Noé. ¿Cómo supieron los animales que debían salir de sus hábitats,
(Algunos hasta dos o tres años antes) para venir al arca que los salvaría del
diluvio? El Espíritu de Dios los trajo. Hoy, hay una o más arcas espirituales,
donde el mismo Santo Espíritu de Dios está trayendo a personas, no animales,
que van abandonando sus hábitats naturales eclesiásticos. Espíritu de Noé. De
otro modo no sirve, no es correcto. No se trata de que las personas dejen de ir
a las iglesias, se trata de que las personas, donde quiera que se encuentren,
empiecen de una vez por todas a prestar atención al objetivo y epicentro del
único evangelio que predicó Jesús, y que nunca fue precisamente el que hemos
predicado nosotros: El Reino. Que no
es ninguna nube donde irás un día con un camisón blanco y rostro de “yo no hice
nada” a tocar la lira sentado e inactivo, sino un ámbito singular, dinámico y
vertiginoso, una jurisdicción que, según Dios mismo, debe arrebatarse espiritualmente
con violencia, ya que con buenos modales no hay demonio que se vaya. Eso es la
actualidad. Cualquier otra visión, será bienvenida y respetada, pero lamento
decirte que no es bíblica ciento por ciento. Y no le preguntes a nadie qué
debes o qué no debes hacer porque nadie, excepto tú, y cuando Dios te lo diga,
sabrás qué debes hacer con tu vida ya y ahora. Puedes continuar, si quieres,
siguiendo a un hombre importante, ungido, carismático, simpático o lo que se te
ocurra, allá tú y tus decisiones. Pero no digas que nadie te lo dijo antes. Ya
estás enterado. No es mi culpa si hoy decidiste leer esto. Es mi
responsabilidad decirlo. Dios sabe quién debe y quien no debe leerlo. A Él sea
toda la gloria, la honra la alabanza, porque en su infinita misericordia y
sabiduría, hoy te ha colocado exacta y puntualmente allí, donde ahora estás
leyendo esto y, tal vez, algo sacudido por su aparente rudeza. Las verdades del
Señor, siempre son duras. Pero no dejan de ser verdades. Y están repletas de
una clase y calidad de amor que la mayoría de nosotros todavía no conoce.

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