Siempre llamó mi atención, cuando estaba recién
llegado al Camino del Señor, aquella palabra que dice que debemos pelear la
buena batalla. Es que yo me congregaba en una iglesia que de guerra espiritual
no sólo no conocía nada, sino que ni siquiera se hablaba o creía en la realidad
de ella. Nunca compartí, tampoco, las formas de aquellas que viven hablando de
los demonios y omitiendo a Jesucristo, pero convengamos en que los cristianos
recién nacidos de nuevo, deben conocer algunos de los peligros a los que están
expuestos en su nueva vida de fe. Por ejemplo: El peligro más grande que todos
enfrentamos es no poder ver a Jesús en nuestros problemas – en lugar de verlo,
vemos fantasmas. En ese momento crítico de miedo, cuando la noche es más negra
y la tormenta es más furiosa, Jesús siempre se acerca a nosotros, para
revelarse como el Señor del diluvio, el Salvador en las tormentas. Jehová preside en el diluvio y se sienta Jehová como rey para siempre (Salmo
29:10). En Mateo 14, Jesús ordenó que sus discípulos entrasen
en una barca que estaba dirigida hacia una tormenta. La Biblia dice que él hizo a sus
discípulos entrar en una barca. Estaba siendo dirigida hacia aguas agitadas;
iba a ser zarandeada como un corcho. ¿Dónde estaba Jesús? Él estaba arriba en las montañas, con su vista
en el mar; él estaba allá orando para que ellos no fallen en la prueba que él
sabía que tenían que atravesar. Tú pensarías que por lo menos uno de los discípulos
hubiera reconocido lo que estaba sucediendo y hubiese dicho, “Miren amigos, Jesús dijo que él nunca nos
dejaría ni nunca nos abandonaría. Él nos envió en esta misión; estamos en el
centro de su voluntad. Él dijo que él es el que ordena los pasos del hombre justo. Miren otra vez.
¡Es nuestro Señor! ¡Él está
ahí! Nunca estuvimos fuera de su mirada.” Pero
ningún discípulo lo reconoció. Ellos no esperaban que él estuviese en su
tormenta. Nunca ellos esperaban que él estuviese con ellos, o aun cerca de
ellos, ¡en una tormenta! Pero él llegó, caminando sobre las aguas. Sólo
había una lección que aprender, sólo una. Era una lección simple, no una que
fuese profunda, mística, o que fuese como un terremoto. Jesús simplemente
quería que confiaran en que él era el Señor de ellos, en cada tormenta de sus
vidas. Él simplemente quería que ellos mantuviesen su gozo y confianza, aún en
las horas más oscuras de sus pruebas. Eso es todo. ¿Has pensando en esto alguna
vez? ¿Has logrado verlo en medio de tus crisis? ¡Aleluya si así ha sido! No
interesa lo que hayas sufrido, lo que interesa es que, detrás de ese
sufrimiento o en medio de él, Jesús haya sido una presencia segura y firme a tu
lado. Porque sólo así podrás pelear tu buena batalla, aún contra los más
tremendos y peligrosos gigantes.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario