Cuando
recibimos la orden del Señor de abandonar la congregación a la cual asistíamos,
supusimos que debíamos hacer lo que normalmente se hacía en estos casos: pedir
una audiencia con el pastor y, una vez concedida, explicarle nuestras razones
para tomar esa decisión. No esperábamos que nos entendiera, y mucho menos que
reaccionara bien. Ya sabíamos por casos anteriores que solía montar en ira a
veces muy agresiva hasta el punto de tratar desconsideradamente al que iba a
verlo para comunicarle que dejaba de asistir a la iglesia. Él entendía que
quien se iba de su iglesia, se iba del evangelio. Nos pusimos a orar para ver
qué íbamos a decir o para entregarle al Señor este momento y el Señor nos respondió
con una escritura que muchísimas veces habíamos leído y hasta enseñado, pero
que ahora no se nos había cruzado por la mente: la de la oveja perdida y las
noventa y nueve restantes. Allí entendimos que Dios nos decía que no debíamos
solicitar audiencia con nadie, que la única audiencia posible es con Él y a
diario, y que si un pastor considerara que una oveja se ha ido de su redil, su
obligación es salir a buscarla. Los hombres religiosos, luego, inventaron que
la oveja debía ir a comunicarle a su pastor que se retiraba. Y no fue invento
particular ni personal nuestro, mira lo que sigue. Después de exaltar
ampliamente La Palabra de Dios, David concluye el salmo 119 con este verso: Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu
siervo (verso 176). David quiere decir, en esencia: “Por favor, Señor, búscame como un pastor busca una oveja perdida. A
pesar de todo mi conocimiento bíblico, mi predicación y mi largo recorrido
contigo, de alguna manera me he alejado de tu amor. He perdido el sentido de
reposo que alguna vez tuve en ti. Todos mis planes han fallado y ahora me doy
cuenta de que estoy completamente desamparado. Ven a mí, Padre. Búscame
en este lugar horrendo y seco. Por mí mismo, yo no puedo encontrarte, eres tú
el que debe encontrarme. Todavía creo que tu Palabra es verdad”. David sabía que él se había desviado del reposo de
Dios. Él sabía que el amor de Dios debía haber quedado impreso en su corazón
durante sus crisis anteriores. Pero ahora, una vez más, David había olvidado el
amor de Dios para con él. De modo que invocó al Señor, rogándole buscar a su
siervo perdido. Ahora, el pastor había venido por David otra vez. Y
mientras David oía mencionar su nombre, su corazón fue consolado. Él pensó: “Mi pastor me conoce por mi nombre”.
David se halló a sí mismo siendo guiado cuesta abajo a un valle verde. Y una
vez que descendió a los verdes pastos, Jehová Rohí (El Señor es mi Pastor) le
dijo: “Descansa ahora, anda a dormir y
deja que tu alma cansada descanse. No te preocupes, Yo seguiré trabajando,
encargándome de todo”. Es
importante notar aquí, que las circunstancias de David no habían cambiado. De
hecho, La Escritura dice que los enemigos que se levantaron contra él, se
habían multiplicado (Salmo 3:1). Pero el amor de Dios en David, había sido
restaurado. Ahora, él podía decir: La salvación (liberación) es de
Jehová (3:8). Ahora él podía testificar: “Ya no más planes hechos por mí mismo. Ya no más noches sin dormir,
tratando de hacer que las cosas funcionen. Entro confiadamente en el amor de mi
pastor. Doy la bienvenida a sus brazos abiertos hacia mí”. Ese era David en
tiempos de crisis. ¿Quién de nosotros no ha vivido alguna crisis? Bien; ya lo
sabes. El Pastor de todos los pastores, el único del cual habla la Biblia en
singular, llegará a buscarte y a preguntarte qué te sucede. Así que ni te
ofendas, ni te preocupes ni te molestes si otro, humano, no lo hace.

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