Cuando en ciertas y determinadas ocasiones, y a partir de algunos hechos
concretos que nos impulsan, le pedimos al
Espíritu Santo que nos enseñe cómo guardarnos contra la negligencia y la
negación, Él nos lleva a considerar cómo Pedro se alejó y luego, la renovación
que ocurrió. Este hombre negó a Cristo, incluso maldiciendo, diciendo a sus
acusadores: “Yo no lo conozco”. ¿Qué
había pasado? ¿Qué fue lo que llevó a Pedro hasta ese punto? Fue su orgullo, el
resultado de la soberbia, de la justicia propia. Este discípulo había dicho de
sí mismo: “No podría dejar enfriar mi
amor por Jesús. He alcanzado un lugar en mi fe donde no necesito que me
adviertan. Otros pueden tropezar, pero yo moriré por mi Señor”. Sin
embargo, Pedro fue el primero de los discípulos en rendirse ante la lucha.
Abandonó su llamado y volvió a su antigua profesión, diciéndole a los demás: “Voy a pescar”. Lo que él realmente
estaba diciendo era: “No puedo más. Pensé
que no podía fallar, pero nadie le ha fallado tanto a Dios como yo. Ya no
soporto más esta lucha”. Para ese punto, Pedro ya se había arrepentido de
negar a Jesús. Ya había sido restaurado en el amor de Jesús. Pero él era,
todavía, un hombre débil por dentro. Ahora,
mientras Jesús esperaba que sus discípulos regresaran a la orilla, un asunto
seguía sin ser resuelto en la vida de Pedro. No era suficiente que Pedro fuera
restaurado, teniendo seguridad de su salvación. No era suficiente que él haya
ayunado y orado como cualquier devoto creyente lo haría. No, el asunto al que
Cristo quería ponerle la atención en la vida de Pedro, era respecto a otra
forma de negación, una forma diferente de negligencia. Permíteme explicarte. Mientras se sentaban
alrededor del fuego en la costa, comiendo y compartiendo, Jesús le preguntó a
Pedro tres veces: ¿Me amas más que estos? Cada vez, Pedro respondía: Sí
Señor, Tú sabes que te amo, y Cristo le respondía: Apacienta mis corderos.
Noten que Jesús no le recordó que esté alerta ni que ore, ni tampoco que sea
diligente en leer su Palabra. Cristo asumía que esas cosas ya habían sido bien
enseñadas. Por el contrario, la instrucción que le dio a Pedro ahora fue: Apacienta
mis corderos. Yo creo que en
esa simple frase, Jesús instruía a Pedro sobre cómo guardarse de la
negligencia. En esencia, le decía: “Quiero
que te olvides de tu fracaso, olvida que te alejaste de mí. Has regresado a mí
ahora, te he perdonado y te he restaurado. Así que es tiempo de dejar de
enfocarte en tus dudas, fracasos y problemas. Y la forma de hacerlo es no
descuidando a mi pueblo y ministrar a sus necesidades. Como el Padre me
envió, así te envío Yo”. Negligencia es sinónimo de indolencia. Sería
excelente para tu crecimiento y madurez que hoy pudieras examinarte al
respecto. ¿Has sido negligente para con el Señor en estos últimos días? Tienes
una salida. La que utilizó Pedro. Esa es tu tarea, estudiarla. Eso se llama Escudriñar, es mandamiento.
Espacio de intercambio entre los lectores de "Tiempo de Victoria" y su responsable. Comentarios periódicos sobre actualidad y todo aquello de interés para los creyentes en Jesucristo.
3/05/2012
3/04/2012
¿Casualidades?
En
el salmo 27, David le ruega
a Dios a través de una oración urgente. Implora en el verso 7: Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; ten misericordia
de mí, y respóndeme. Su
oración está enfocada en un deseo, una ambición, algo que lo ha está
consumiendo: Una cosa he demandado a Jehová (Salmos 27:4). David
testifica: “Tengo una oración, Señor, una
petición. Es mi única meta, la más importante de mi vida, es aquello que deseo.
Y lo buscaré con todo mí ser. Este único objetivo me consume”.¿De qué se
trataba esta “cosa” que David deseaba más que nada, aquel objetivo en el cual
había fijado su corazón para alcanzarlo? Él nos lo dice: Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi
vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo (Salmos
27:4). No te equivoques: David no era un hombre aislado, que
se escondía del mundo exterior. Él no era un ermitaño, buscando ocultarse en
algún desierto desolado. No, David era un apasionado hombre de acción. Él era
un gran guerrero y multitudes coreaban sus victorias en la batalla. Él también
era un apasionado de la oración y de la devoción, con un corazón que gemía por
Dios ¡Y el Señor había bendecido a David concediéndole tantos deseos de su
corazón! De
hecho, David había probado todo lo que un hombre pudiera desear en su vida.
Conoció las riquezas y la gloria, el poder y la autoridad. Contaba con el
respeto, la alabanza y la adulación de los hombres. Dios le había dado
Jerusalén como capital de su reino y estaba rodeado de hombres devotos, todos
dispuestos a morir por él. Más que nada, David era un adorador. Él un hombre de
alabanza, que daba gracias a Dios por todas sus bendiciones. Él mismo lo
testifica, diciendo: El Señor derramó bendiciones delante de mí. David,
de hecho estaba dando a entender: “Hay
una forma de vivir que ahora busco, un lugar establecido en el Señor que anhela
mi alma. Deseo tener una intimidad ininterrumpida con mi Dios”. Esto es lo
que David quiso decir cuando oró: Que esté yo en la casa de Jehová todos los
días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su
templo (Salmos 27:4). En estos días, una dolencia no conocida del
mandatario de Bolivia Evo Morales, lo suma al paraguayo Lugo, el venezolano Chávez,
el brasileño Lula da Silva y la argentina Cristina Fernández como
representantes del poder con problemas serios de salud. ¿Cuál es el significado
de esto? Hipótesis, hay muchas. Cada uno da la que coincide con sus posiciones políticas
o ideológicas. Castigo de Dios, plan norteamericano, castigo a la izquierda,
conspiración de la derecha. Yo no lo sé, pero lo que sí sé, es que las
casualidades no existen. Por las dudas, repasemos una vez más lo leído. Es David.
David era un rey que, llegado el momento, expresó lo que el Salmo 27:4 rescata.
¿No será tiempo que las naciones lo imiten?
3/02/2012
Conquista
El
Señor se le apareció a Abraham un día y le dio un mandato increíble: Vete
de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te
mostraré. (Génesis 12:1). Qué cosa asombrosa. De
repente, Dios escogió a un hombre y le dijo, “Quiero que te levantes y te vayas, dejando todo atrás: tu casa, tus
parientes, aún tu país. Quiero enviarte a algún lugar, y te dirigiré por el
camino para que llegues allí.” ¿Cómo respondió Abraham
a ésta palabra increíble del Señor? Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció
para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a
dónde iba. (Hebreos 11:8). ¿Qué estaba haciendo
Dios? ¿Por qué buscaría entre las naciones a un hombre, y luego le pediría que
lo abandone todo y se vaya en un viaje sin ningún mapa, sin dirección
preconcebida, sin saber cuál era el destino? Piensa en lo que Dios le estaba
pidiendo a Abraham. Él nunca le mostró cómo iba a alimentar y cuidar de su
familia. Él no le dijo qué tan lejos tendría que ir ni cuando él llegaría a su
destino. El sólo le dijo dos cosas en el principio: “Ve”, y, “Te mostraré el
camino” En esencia, Dios le dijo a Abraham, “Desde éste día en adelante, quiero que me entregues todos tus mañanas.
Tú vivirás el resto de tu vida poniendo tu futuro en mis manos, día tras día.
Te estoy pidiendo que comprometas tu vida a una promesa que te estoy haciendo a
ti, Abraham. Si tú te comprometes a hacer esto, te bendeciré, te guiaré y te
dirigiré a un lugar que nunca imaginaste.” El
lugar a donde Dios quería dirigir a Abraham es el lugar donde él quiere llevar
a cada miembro del cuerpo de Cristo. Abraham es lo que la Biblia llama un
“hombre de modelo”, alguien que sirve como ejemplo de cómo caminar delante del
Señor. El ejemplo de Abraham nos muestra lo que es requerido de todos los que
buscan agradar a Dios. No te equivoques,
Abraham no era un hombre joven cuando Dios lo llamó a hacer éste compromiso.
Probablemente había puesto en marcha planes para proveer para el futuro de su
familia, así que debería de estar preocupado sobre muchas consideraciones
mientras él sopesaba el llamado de Dios. Sin embargo, Abraham le
creyó a Dios; y (Dios) se lo contó por justicia” (Génesis 15:6) El
Apóstol Pablo nos dice que todos los que creen y confían en Cristo son hijos de
Abraham. Y así como Abraham, somos contados como justos por que obedecimos al
mismo llamado de confiar todos nuestros mañanas en las manos del Señor.
¿Estarás dispuesto o dispuesta a salir ya mismo hacia dónde Dios te envíe, sin
pensar en nada personal ni tomar otras precauciones que no sean las inmediatas?
¡Aleluya! Si así fuera, pero ten en cuenta que no necesariamente te enviará a románticas
o paradisíacas tierras lejanas; lo más probable es que te envíe a conquistar
tus compañeros de trabajo, escuela, calle o a tu propia familia.
2/29/2012
Universo
Me
limitaré a exponer dos hechos de los cuales fui testigo presencial. El primero,
en una conferencia de un predicador de cierto prestigio en el ambiente
cristiano. Como parte de un mensaje especial, pasó la grabación de lo que,
-aseguró-, fue un canto de ángeles en el universo. Rarísimo y muy singular. El
otro hecho, un par de científicos por la televisión, hablando de lo que ellos
denominaron como “Música cósmica”, en alusión a ciertos sonidos que se perciben
en el universo y de los cuales no se tienen mayores datos precisos. No soy
crédulo, soy creyente. Pero me dejó pensando. Y recordaba algunas cosas. Mas
gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo (1 de Corintios 15:57). Muchos creyentes citan este verso
diariamente, aplicándolo a sus problemas y tribulaciones. Pero el contexto en
el cual Pablo habla, sugiere un significado más profundo. En dos versos
anteriores a este, Pablo declara, Sorbida es la muerte en
victoria. ¿Dónde está, oh muerte tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro, tu victoria?
(15:54-55). Pablo estaba hablando elocuentemente sobre su añoranza por el
cielo. El escribió, Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo se
deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en
los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra
habitación celestial (2 Corintios 5:1-2). El
apóstol también añade, Pero confiamos, y más quisiéramos estar
ausentes del cuerpo, y presentes al Señor (5:8). De
acuerdo a Pablo, el cielo – estar en la presencia del Señor por toda la
eternidad - es algo que debemos desear con todo nuestro corazón. Mientras
consideramos estas cosas, un glorioso cuadro comienza a emerger. Primero, nos
imaginamos el relato de Jesús de una reunión de multitudes, cundo los ángeles juntarán
a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el
otro (Mateo 24:31). Cuando estas multitudes hayan sido reunidas, nos
imaginamos una gran marcha de victoria que tendrá lugar en el cielo con millones
de niños glorificados cantando hosannas al Señor, de la misma manera que los
niños lo hicieron una vez antes en el templo. Luego
vienen todos los mártires. Aquellos que una vez clamaron por justicia en la
tierra, ahora claman, “¡Santo, santo, santo!” Todos estarán
danzando con gozo, clamando, “¡Victoria,
victoria en Jesús!” Luego un gran estruendo
se levanta, un sonido nunca antes escuchado. Es la iglesia de Jesucristo con
multitudes de todas las naciones y tribus. Tal vez
esto te parezca algo difícil de creer, pero Pablo mismo testificó sobre esto.
Cuando el fiel apóstol fue arrebatado al cielo, él oyó palabras inefables que no le
es dado al hombre expresar (2 Corintios 12:4). Pablo expresó que él
estaba asombrado con lo que había escuchado allí. Yo creo que él escuchó estos
mismos sonidos. Que se le dio a él un anticipo de los cantos y alabanzas a Dios
de todos los que estarán regocijándose en su presencia, con sus cuerpos hechos
completos, y sus almas llenas de alegría y paz. Era un sonido tan glorioso que
Pablo pudo oír pero no podía repetirlo. Reitero: soy creyente, no crédulo. Pero
no soy tan necio como para dejarme manejar mi fe por el espíritu de Grecia, ese
que fundamenta todo en nuestro intelecto, nuestro raciocinio y nuestra
capacidad de análisis. Dios nunca dijo que el hombre viviría por estos valores.
2/27/2012
Incredulidad
¿Y a
quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron?
Y vemos que no pudieron entrar a causa de su incredulidad…Mirad, hermanos, que
no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad, para apartarse del
Dios vivo (Hebreos 3:18-19,12). Hebreos
advierte a la iglesia del Nuevo Testamento: “Presten atención al ejemplo de
Israel. Si no lo hacen, podrán caer de la misma manera que ellos lo hicieron.
Ustedes caerán en una incredulidad diabólica. Y esto hará de vuestras vidas en
un continuo y largo desierto.” Considera lo que le sucedió a
la generación incrédula, los cuales fueron llevados de vuelta al desierto. Dios
se los dijo sin rodeos, desde los líderes hasta los jueces y a los Levitas y
hasta todos los demás, que su mano estaría contra ellos. De ahí en adelante,
todo lo que ellos conocerían sería la angustia y escasez de alma. Ellos no verían su
gloria. En lugar de eso, ellos se enfocarían en sus propios problemas y se
consumirían en sus propias lujurias. Eso es
exactamente lo que sucede con todas las personas incrédulas. Terminan
consumiéndose con su propio bienestar. No tienen visión, ni sentido de la
presencia de Dios, y no tienen vida de oración. Ya no les importan sus vecinos,
o el mundo perdido, ni aún sus propios amigos. En lugar de eso, el enfoque
completo de sus vidas está en sus problemas, sus conflictos, sus enfermedades.
Van de una crisis en crisis, encerrados en sus propios dolores y sufrimientos.
Y sus días están llenos de confusión, disputas, envidias y división. Sin fe,
simplemente es imposible agradar a Dios. Después de que Dios dividiera las
aguas del Mar Rojo para que los Israelitas pudieran caminar y llegaran a salvo,
ellos bailaron y se regocijaron. Y luego, sólo tres días más tarde, estos
mismos israelitas estaban quejándose contra Dios, murmurando y reclamando,
dudando de que la verdadera presencia de Dios estuviere entre ellos. Por
treinta y ocho años, Moisés vio cómo uno por uno, cada Israelita en esa
generación incrédula murieron. Y mientras él miraba hacia atrás, a aquellos que
habían desperdiciado sus vidas en el desierto, él vio que todo lo que Dios
había advertido, se había cumplido. Y también la mano de Jehová vino sobre
ellos para destruirlos de en medio del campamento, como Jehová les había jurado
(ver Deuteronomio 2). Dios suspendió su propósito eterno para Israel
durante todos esos años. De igual manera hoy día, algunos Cristianos están contentos con
tan sólo existir hasta que mueren. No quieren arriesgar nada, ni creerle a
Dios, ni crecer o madurar. Rehúsan creer en su Palabra, y llegan a endurecerse
en su incredulidad. Entonces es que están sólo viviendo para morir. ¿Salvación?
Nadie está hablando de salvación. ¿Tú crees que Dios te trajo a este mundo sólo
para salvarte? ¿Realmente crees eso? Haz como alguna vez hice yo y tantos más,
pide perdón por tu incredulidad y comienza a creer.
2/26/2012
Humo
El domingo es un día
para descansar y, de ser posible, no realizar demasiados esfuerzos, ni siquiera
intelectuales. Sin embargo, la cultura occidental ha determinado que el domingo
sea el llamado Día del Señor. Que en realidad y según textos bíblicos, sería
nuestro sábado, pero como a ese día lo respetan, guardan y cumplimentan
reglamentariamente los adventistas, el catolicismo romano, (De ahí viene) instauró
el siguiente. Nosotros, los creyentes que decimos y deseamos ser genuinos, no
tenemos ni deberíamos tener días prefijados. Para nosotros, la dedicación al
Señor es y debe ser similar un domingo como la de un lunes, un jueves o un
miércoles. De todos modos, la tradición es fuerte y nos lleva, casi
inconscientemente, a dedicarle a este espacio algo más rápido y de menor
profundidad que otros días. Por ejemplo, un relato leído por allí que habla y
sirve claramente para definir cómo y quiénes somos. Dice que el único
sobreviviente de un naufragio llegó a duras penas nadando a la playa de una
diminuta y deshabitada isla. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado, y cada
día escudriñaba el horizonte buscando ayuda, pero pasaban los días, las
semanas, y ésta no parecía llegar. Muy cansado, finalmente optó por construirse una
cabaña de madera para protegerse del clima, de los animales, de los insectos y
también para almacenar sus muy escasas pertenencias. Trabajó muy duro en ello,
porque no contaba con las herramientas necesarias, pero con empeño y
dedicación, logró terminarla en dos meses. Entonces
un día, después de recorrer toda la isla en busca de alimentos, cuando
regresaba, encontró a su cabañita totalmente envuelta en llamas, con el humo
ascendiendo hasta el cielo. Lo peor había ocurrido, lo había perdido todo.
Quedó anonadado de tristeza y rabia. "Dios, ¿cómo pudiste hacerme
esto?", se lamentaba una y otra vez. Sin embargo, al día siguiente fue
despertado por el sonido de la sirena de un barco que lentamente se acercaba a
la isla. Habían venido a rescatarlo. - "¿Y
cómo supieron que estaba aquí?", preguntó el abatido náufrago a sus
rescatistas. -"Ayer vimos tus
señales de humo", contestaron ellos. Es
fácil descorazonarse cuando las cosas marchan mal, pero no debemos desanimarnos
porque Dios trabaja en nuestras vidas aún en medio del dolor y del sufrimiento.
Recuérdalo: si alguna vez todas tus "pertenencias"
se convierten en humo, puede ser la señal de que la ayuda y gracia de Dios
vienen en camino. ¿Podrá entender esto la iglesia religiosa?
2/24/2012
Éxitos
“Dijeron
los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe” (Lucas 17:5). Los hombres que eran parte del círculo cercano a
Jesús estaban pidiendo algo importante a su Maestro. Deseaban un mayor
entendimiento del significado y de las obras de la fe. Estaban diciendo: “Señor, ¿qué clase de fe es la que tú
quieres de nosotros?” Danos una revelación del tipo de fe que te agrada.
Queremos entender la fe en su significado más completo. Por fuera, esta petición que hicieron parecía
elogiable. Sin embargo, creo que los discípulos le pidieron esto a Jesús,
porque estaban confundidos. En el capítulo anterior, Cristo los había
desconcertado, diciéndoles: “El que es fiel en lo muy poco, también en
lo más es fiel… Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os
confiará lo verdadero?” (Lucas
16:10-11). Jesús sabía que la
carne de sus seguidores quería evitar lo que ellos consideraban ser asuntos
menores de la fe. Así que les dijo: “Si
ustedes son fieles en las cosas pequeñas, los asuntos fundamentales de la fe,
serán fieles en las cosas grandes también. Así que, demuestren que son dignos
de confianza en los requisitos básicos de la fe. De lo contrario, ¿cómo se les
podrá confiar un nivel más profundo?”. Si somos honestos, todos admitiremos
que nos parecemos mucho a los discípulos de Jesús. También queremos proceder
directamente a los grandes asuntos de la fe, para obtener el tipo de fe que
mueve montañas. Y, como los discípulos, a menudo juzgamos la fe por los
resultados visibles. La verdadera fe, a los ojos de Dios, no tiene nada que ver
con el tamaño o la cantidad de trabajo que usted se propone alcanzar. Al
contrario, tiene que ver con el enfoque y la dirección de su vida. Reitero un
concepto ya vertido aquí mismo hace pocos días: Dios no está tan interesado en
la gran visión que tú puedas tener, como lo está con aquello en que tú te estás
convirtiendo. Aquellos considerados como “éxitos” en la iglesia de hoy,
muy difícilmente pasarían un filtro divino y espiritual. Lo que Dios está
esperando de su iglesia, es muy distinto y muy alejado a lo que la iglesia está
haciendo hoy con nivel de prioridad suprema. ¿Quién deberá cambiar?
2/22/2012
Identidad
Cuando el hombre (Genérico, incluye a la mujer, claro
está), deja de lado las cosas prácticas y superficiales, abandona la fiebre
consumista en la que su sociedad secular lo ha inmerso, el hombre empieza a
preguntarse una serie de cuestiones a las que nadie está en condiciones de
darle respuesta. Salvo Dios, claro está. ¿Quién soy? ¿Dónde voy? ¿Por qué estoy
aquí? ¿Para qué vine al mundo? Estas y muchas más, son preguntas que rozan lo
filosófico y existencial, pero que ni la Filosofía ni el Existencialismo como
ciencias, han podido responderle. Entonces el hombre encuentra a Cristo. Y
elige creer que Él murió en la cruz para ser su Salvador personal. Lo acepta
como tal y decide convertirlo en Señor de su vida. Y allí el hombre comienza a
tener una identidad y una revelación profunda que va más allá de una teología
hueca y vacía construida como reemplazo de la carencia de vida y poder del Dios
real. Y lee en Eclesiastés 12:7 que el polvo, (Que es su cuerpo) vuelve
al polvo, dice que de allí era, a la tierra pertenece,
porque de ella fue sacado, y que el espíritu (Que es aliento, soplo),
vuelve
a Dios que es el que lo dio. Entonces el hombre sabe quién es: es un
espíritu al cual se le ha dado un alma y, mientras dure este periplo terrenal
de su existencia, habitará una caja descartable llamada cuerpo. El hombre sabe
ahora que, antes de ser, él ya era en el cielo. Porque si ese espíritu que mora
en él, cuando su cuerpo vaya a la tierra vuelve
a Dios, como todo lo que vuelve, es
porque antes fue, antes estaba allá y un día vino a vivir una
vida y a extender un Reino, y luego de cumplir o no con esa misión, su ciclo
terminó y retornó al lugar de donde era. ¿Lo entiendes? ¿No? ¡¡Aleluya!! Porque
esto no es para entender, es simplemente para aceptar y creer. Si buscas
razonarlo, primero te confundirás, y luego sencillamente no podrás creerlo
nunca, como a todo lo revelado. Ahora pregúntate de qué clase de hombres y
mujeres está llena la iglesia. ¿Ya tienes la respuesta? Bien; ahora elige tu
lugar. Esa será tu identidad final.
2/20/2012
Fortaleza
Porque por ella (por la fe) alcanzaron
buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:2) La palabra griega para alcanzaron, en este pasaje, significa “dar testimonio, venir a ser un testimonio”.
Nuestros ancestros en el Señor tenían una fe firme, una fe inconmovible,
una fe anclada, la cual vino a ser un testimonio de la fidelidad de Dios en
tiempos difíciles. Primeramente, su espíritu les daba testimonio de que
Dios estaba complacido con ellos. Ellos habían confiado en Él a lo largo de
inundaciones, burlas, ataduras, prisiones, torturas, batallas, fosos de leones,
fuego. Y después de todo esto, ellos conocieron el gozo del Señor sonriéndoles
y diciéndoles: “¡Bien hecho! Creíste y confiaste en mí”. Pero sin fe es imposible
agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le
hay, y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). Cuando quiera que nosotros
mantenemos una posición firme en la fe a través de los momentos difíciles,
tenemos la misma afirmación del Espíritu Santo: “Bien hecho, tú eres el testimonio de Dios”. Cuando puedes descansar en
medio de la tormenta, cuando has echado todas tus cargas sobre Cristo y has
guardado con firmeza tu posición de fe, entonces has obtenido una buena calificación
en esta materia. Te estás volviendo un faro de esperanza para aquéllos que te
rodean. Aquéllos que ven tu vida en tu casa, en tu trabajo y en tu cuadra,
quizás no respondan tan abiertamente, pero sabrán que la esperanza y la
redención están disponibles para ellos también. Ellos podrán verte en su hora
de crisis y decir: “¡Hay esperanza! Ahí
está de pie uno que no ha perdido su fe en Dios. Tengo delante de mí, un
luchador que no va a rendirse. ¡El confía en su Dios!”. ¿Estás entendiendo
ahora que dar testimonio no es ir todos los domingos a un templo, (Aunque lo
incluya) o pasar a la plataforma a relatar un milagro sucedido hace veinte
años, (Aunque lo incluya); sino una vida diaria conforme a los estatutos del
Reino? A medida que aumentan las
calamidades y el mundo cae en gran angustia, el creyente debe tener el
testimonio de una fe inconmovible. Tenemos al Espíritu Santo morando en
nosotros y tenemos la Biblia, la completa Palabra revelada de Dios. No podemos
gloriarnos en nuestra carne, pero podemos apoyarnos en Su Palabra. A lo largo de los años, son muchos los que han salido
totalmente armados, determinados, diciendo: “Afirmaré
mi corazón y no temeré. No escucharé las dudas ni los temores de mi carne. No
me moveré, ni volveré atrás. No andaré haciendo pucheros, pataleando, ni
revolcándome en autocompasión”. A pesar de todo, con frecuencia la
incredulidad les ha robado la victoria. Eso porque todavía les falta aprender
mucho sobre “afirmar la fe”. Pero han
saboreado la victoria que proviene de confiar en Dios en todas las cosas,
cuando voluntariamente rinden todas sus cargas a Cristo y siguen su camino, en
reposo.
2/19/2012
Aceptos
Una
gran bendición se hace nuestra cuando se nos hace sentar en lugares
celestiales. ¿Cuál es esta bendición? Es el privilegio de la aceptación: Nos
hizo aceptos en el Amado (Efesios
1:6). La palabra griega acepto
significa: “altamente favorecido”. Es diferente al uso en nuestro idioma, donde
significa: “recibido como aceptable”, lo que implica algo que puede ser
soportado, dando a entender una actitud de: “puedo vivir con esto”. Sin embargo
éste no es el uso que Pablo le da a dicha palabra. La aplicación que Pablo la
de a la palabra “aceptos” se traduce así: “Dios nos ha favorecido altamente.
Somos muy especiales para Él porque estamos en nuestro lugar en Cristo”. A causa de que Dios
aceptó el sacrificio de Cristo, ahora Él ve solamente un hombre corporal:
Cristo y aquéllos que están unidos a Él por la fe. Nuestra carne ha muerto a los
ojos de Dios. ¿Cómo? Jesús se deshizo de nuestra vieja naturaleza en
la Cruz. De tal manera que ahora, cuando Dios nos mira, Él sólo ve a Cristo. A
cambio, nosotros necesitamos aprender a vernos a nosotros mismos como Dios nos
ve. Eso significa no enfocarnos únicamente en nuestros pecados y debilidades,
sino en la victoria que Cristo ganó para nosotros en la Cruz. La parábola del
hijo pródigo nos provee de una poderosa ilustración de la aceptación que viene
cuando se nos da una posición celestial en Cristo. Tú conoces la historia: Un
joven le pidió a su padre la herencia que le correspondía y la derrochó en una
vida pecaminosa. Luego, una vez que se fue moral, emocional y físicamente a la
quiebra, pensó en su padre. Él estaba convencido de que había perdido todo su
favor. Y temía que su padre estuviera lleno de ira y odio hacia él. Las Escrituras nos
dicen que este joven quebrantado estaba lleno de dolor por su pecado y clamó: No
soy digno. He pecado contra el cielo. Esto representa a aquéllos que
vienen a un arrepentimiento según Dios. El hijo pródigo se dijo a sí mismo: Me levantaré
e iré a mi padre (Lucas 15:18). Él estaba ejercitando la bendición de
tener acceso, su privilegio de poder acceder. ¿Están entendiendo la figura? El
hijo pródigo se había tornado de su pecado, había dejado el mundo atrás y había
tenido acceso a la puerta abierta que su padre le había prometido. Estaba
caminando en arrepentimiento y estaba apropiándose de dicho acceso. Entonces, ¿Qué
pasó con el hijo pródigo? Y cuando
aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó
sobre su cuello, y le besó
(Lucas 15:20). ¡Qué escena tan
hermosa! El hijo pecador fue perdonado, abrazado y amado por su padre, sin ira
ni condenación alguna. Cuando recibió el beso de su padre, él supo que había
sido aceptado. No te preocupes si jamás habías visto esta escritura como hoy la
has visto. A mí me pasó antes que a ti. Por años me predicaron esta parábola y
jamás la había entendido totalmente. Hasta que un día se hizo la luz en mi
entendimiento y al Espíritu Santo le plació que yo entendiera. ¿Habrá sucedido
lo mismo contigo exacta y puntualmente hoy?
2/17/2012
Camino
Por Jehová son ordenados los pasos del hombre (Salmos
37:23). La palabra hebrea “ordenados” en
este versículo significa “fijados o pre planeados”. Dios no trabaja con una
agenda diaria. Él no planea nuestro camino por día, semana o por año
adelantado. No, Él tiene un plan entero de vida para cada creyente. En el
momento que somos salvos, ese plan entra en operación. ¿Cuál es este
camino pre planeado? Jesús respondió muy simplemente: Yo soy el camino (Juan
14:6). Cristo mismo es el camino a la gloria y a la vida eterna. Él nos
guía hacia nuestro destino final. Y nuestro camino termina en sus brazos, en el
cielo. El libro de Hebreos nos dice que Jesús está llevando muchos hijos a la gloria
(Hebreos 2:10). Sin embargo, lo que no podemos saber es la ruta específica que Jesús va a
tomar para llevarnos allí. Ninguno de nosotros puede estar seguro de cómo se
verá el resto de nuestro viaje. El camino es conocido sólo para Dios. Toma mi
propia vida, por ejemplo. Llegué a Cristo con más de treinta años de vida. En
el camino posterior, Dios me ha dado ciertas metas, algunos sueños y algunas
visiones, las cuales he seguido. Pero el Señor nunca me ha delineado todo el
camino. De hecho, después de todos estos años, no estoy seguro a dónde me
llevará mañana el camino. Sigo el hoy con dinámica, fuerza, confianza y gozo, y
me es suficiente. Cuando Jacob
era anciano, le describió su viejo camino a Faraón: Los días de los años de mi
peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los
años de mi vida (Génesis 47:9). La palabra hebrea “malos” aquí
significa calamidades, aflicciones, dolores, problemas, adversidades. ¿Cuántos
son los que se pueden identificar con Jacob? Hay ciertos periodos de nuestro propio
peregrinaje que no quisiéramos volver a vivir, ¿Verdad? Por supuesto,
alabaremos a Dios por todas las bendiciones y milagros que Él ha obrado a
favor nuestro. Estaremos agradecidos por la fe que Él ha edificado en
nosotros a través de los años. Pero si tuviéramos que volver a vivir nuestras
vidas, nos gustaría saber de antemano que todo va a salir bien. Sin embargo así
no es como Dios obra. El camino del creyente es un camino de fe. ¿Entonces la
predestinación no existe? Sí existe, pero es para la iglesia. Lo que nadie
podrá anticipar ni saber de antemano, es si tú formarás o no parte de esa
iglesia.
2/15/2012
¿Grandeza?
Dijeron los apóstoles al
Señor: Auméntanos la fe (Lucas 17:5). Los hombres que eran parte
del círculo cercano a Jesús estaban pidiendo algo importante a su Maestro.
Deseaban un mayor entendimiento del significado y de las obras de la fe.
Estaban diciendo: “Señor, ¿qué clase de
fe es la que tú quieres de nosotros?” Danos una revelación del tipo de fe
que te agrada. Queremos entender la fe en su significado más completo. Ten en
cuenta que para nosotros, hoy, es muy simple ir al Señor a pedir fe, pero para
ellos era ir a alguien que estaba allí, con ellos, en persona. Por fuera, esta petición que
hicieron parecía elogiable. Sin embargo, creo que los discípulos le pidieron
esto a Jesús, porque estaban confundidos. En el capítulo anterior, Cristo los
había desconcertado, diciéndoles: El que es fiel en lo muy poco, también en lo
más es fiel… Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os
confiará lo verdadero? (Lucas 16:10-11). Jesús sabía que
la carne de sus seguidores quería evitar lo que ellos consideraban ser asuntos
menores de la fe. Así que les dijo: “Si
ustedes son fieles en las cosas pequeñas, los asuntos fundamentales de la fe,
serán fieles en las cosas grandes también. Así que, demuestren que son dignos
de confianza en los requisitos básicos de la fe. De lo contrario, ¿cómo se les
podrá confiar un nivel más profundo?”. Si somos honestos, todos
admitiremos que nos parecemos mucho a los discípulos de Jesús. También queremos
proceder directamente a los grandes asuntos de la fe, para obtener el tipo de
fe que mueve montañas. Y, como los discípulos, a menudo juzgamos la fe por los
resultados visibles. La verdadera fe, a los ojos de Dios, no tiene nada que
ver con el tamaño o la cantidad de trabajo que tú te propones alcanzar. Al
contrario, tiene que ver con el enfoque y la dirección de tu vida. Mira y
entiende, Dios no está tan interesado en la gran visión que tú puedas tener,
como lo está con aquello en lo que tú te estás convirtiendo. Por eso es
confusa y errónea nuestra visión interna de lo que Él denomina Iglesia. Nosotros la vemos como el gran
salón donde en cada reunión hay brillo, bullicio, enormes cantidades de
personas, buena música y excelentes prédicas. Él, simplemente ve a dos o más de
dos, pero reunidos en SU nombre, no
en el de una denominación, ministerio, apóstol o pastor. ¿Está claro? Nunca olvides
que hay un pensamiento que debe morar en tu corazón hasta el último día. Es el
que dice: Dios está más interesado en ganar todo en mí, que en
yo ganar todo el mundo para Él.
2/13/2012
Esperanza
Estoy convencido
de que la gente pierde la esperanza cuando pierde la fe. Han oído demasiados
sermones, han leído demasiados libros, pero por donde miren a su alrededor, ven
ejemplos de naufragios en la fe. Cristianos que alguna vez estuvieron desposados
con la fe, hoy rinden su confianza en Dios, en medio de sus momentos difíciles.
Así que ¿hacia dónde se torna la gente que busca esperanza? El Espíritu habló claramente esta palabra: Debes
anclar tu fe. Afirmar tu corazón para confiar en Dios en todas las cosas, en
todo momento. “Afirmar” nuestra fe significa “estabilizar, hacerla inconmovible, echar
raíces, poner pilares debajo, establecer un fundamento”. La Escritura dice
que nosotros tenemos el poder de hacer esto. Santiago escribe: el
que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y
echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa
alguna del Señor (Santiago 1:6-7). En este pasaje, el Señor deja
toda la responsabilidad sobre los creyentes. Dios nos está diciendo, en
esencia: “Cuando el mundo vea a mi pueblo
en medio de estos días de temblor y ansiedad, deben de ver fe. Mientras todo se
sacude, la fe debe permanecer sólida e inconmovible. De modo que, tú, creyente,
ancla tu fe. Tú, cristiano, toma una posición firme y nunca rindas dicha
posición”. Estoy convencido de que el mundo no necesita más
sermones sobre la fe. El mundo necesita ver un sermón ilustrado: la vida de un
hombre o de una mujer que esté viviendo dicha fe delante del mundo. Ellos
necesitan ver a los siervos de Dios pasando las mismas calamidades que ellos
están enfrentando, pero sin ser sacudidos por éstas. Sólo entonces, los
pecadores se toparán cara a cara con el testimonio poderoso de una fe
inconmovible. David lo describió cuando
habló sobre los que esperan en
ti, delante de los hijos de los hombres (Salmos 31:19). Él se estaba refiriendo al
creyente, cuya fuerte confianza y vida fiel es un faro de esperanza para los
que están en tinieblas. Cuando afirmas tu fe, al traer toda carga y prueba a
Cristo, dejando todo a sus pies y descansando en la fe, vas a ser severamente
probado. Alguien que pasó por una
tremenda crisis, me dijo en una ocasión que en medio de ese tremendo problema,
escuchó claramente la voz del Espíritu Santo que le decía: “Mantén tu posición de fe. No te rindas. Yo tengo todo bajo control.
Solamente mantente firme”. Dice que nunca olvidará la paz que lo sobrecogió
en ese momento. Al final del día, su corazón estaba lleno de gozo, mientras se
daba cuenta de algo que logró declarar en voz alta: “Yo confié en ti. No me moví. ¡Gracias!”
2/12/2012
Misericordia
Muchas son tus
misericordias, oh Jehová (Salmo
119:156). Clemente
y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno
es Jehová para con todos, y sus
misericordias sobre todas sus obras (145:8-9). Yo quiero preguntarte algo que me he estado
preguntando, a mí mismo, últimamente: ¿Eres una persona misericordiosa? La
mayoría de nosotros contestaría, “Sí, yo
creo ser misericordioso. Al alcance de mis habilidades, yo simpatizo con
aquellos que sufren. Yo siento el dolor de mis hermanos y hermanas en Cristo
que están sufriendo, y trato de ayudarlos. Yo hago lo posible por ayudar a mis
vecinos cuando lo necesitan. Y cuando las personas me hieren, yo los perdono y
no les guardo rencor.” Muy bien; yo
creo que todos los verdaderos cristianos tienen una buena medida de
misericordia por los perdidos y por los que están en dolor. Yo agradezco a Dios
por eso. Pero la triste verdad es que, la Palabra de Dios expone en muchos de
nosotros raíces profundas de parcialidad y conceptos muy limitados de
misericordia. La mayoría de las religiones que
proclaman temer a Dios tienen un credo de doctrina que dice, “Las amorosas y tiernas misericordias de
Dios se extienden para toda la humanidad.” Como seguidores de Jesús,
nosotros hablamos mucho acerca de sus tiernas misericordias hacia todo el
mundo. Pero esta es la verdad: Hay muchas personas
a los cuales un largo número de cristianos los limitan de la misericordia de
Dios. Me vienen a la mente las
prostitutas que trabajan en lugares sin Dios. Pienso en personas en el
África y otros continentes que están muriéndose con SIDA. Pienso en homosexuales
que viven con corazones destrozados y en angustia mental, con problemas en sus
vidas y emborrachándose hasta perder conciencia para cubrir su dolor. De lo que
leo en las Escrituras, no puedo aceptar que mi Salvador rechazaría alguna vez
el clamor desesperado de una prostituta,
un homosexual, un adicto a las drogas,
o un alcohólico que ha llegado al
fondo. Sus misericordias son ilimitadas: no tienen fin. Así que, como iglesia
que somos de él – representante de Cristo en la tierra – no podemos rechazar a
nadie que clama por misericordia y liberación. Tal vez no nos demos cuenta de estas parcialidades hasta que súbitamente
están delante de nuestro rostro, confrontándonos con la verdad acerca de
nuestros corazones. Mientras tú consideras esto en tu propia vida, yo te
pregunto nuevamente: ¿Eres una persona misericordiosa, tierna y amorosa? Me
imagino a muchos lectores diciendo, “Sí.”
Pero pregunta a aquellos alrededor tuyo – tu familia, tus compañeros de
trabajo, tus amigos y vecinos, tus amigos de otras razas – y mira cómo
responden. En la congregación que la fue la última a la que concurrimos por
casi quince años, un día llegó un joven que, en el púlpito, dio testimonio de
conversión, pero añadiendo que padecía de SIDA. Un día, una hermana, madre de
un hijo pequeño, lo vio salir del sanitario. Puso el grito en el cielo,
presionó al pastor y a los diáconos para hacer que expulsaran a ese muchacho
porque, la probabilidad de un contacto con él, -dijo- hacía peligrar la salud
de su hijo. La iglesia, formalmente y con una enorme sonrisa repleta de
hipocresía, lo invitó a retirarse, aunque muy “misericordiosamente”, pusieron
en sus manos decenas de tratados que debería leer para ser salvo. ¿Onomatopeya
adecuada para el caso? ¡¡Puaj!!
2/10/2012
Decisiones
Hace
unos días publiqué un audio relacionado con el perdón. Tuvo una excelente
recepción por parte de los lectores y, como podrás suponerte, enorme respuesta
a partir de problemas íntimos propios. Y en esas consultas y comentarios, saltó
el tema del auto-perdón, esto es: el perdón a sí mismo. Para mí, ésta es la
parte más difícil del perdón. Como cristianos, estamos dispuestos a ofrecer la
gracia de nuestro Señor al mundo, pero a menudo somos mezquinos en ofrecérnosla
a nosotros mismos. Considera al Rey David, que cometió adulterio y luego
asesinó al esposo para cubrir su ofensa. Cuando su pecado fue expuesto, David
se arrepintió y el Señor envió al profeta Natán para decirle: Tu
pecado ha sido perdonado. Aun así, aunque David sabía que había sido
perdonado, había perdido su gozo. El oró: Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos
que has abatido…Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente
(Salmos 51:8,12) ¿Por qué estaba David tan perturbado? Este hombre había
sido justificado delante del Señor, y tenía paz a través de la promesa de Dios
del perdón. Sin embargo, es posible que sus pecados sean borrados del libro de
Dios, mas no de su conciencia. David escribió este salmo porque él quería que
su conciencia deje de estar condenándolo por sus pecados. Y David no podía
perdonarse a sí mismo. El soportaba la pena de agarrarse de la falta de perdón,
una falta de perdón dirigida hacia sí mismo, y eso equivale a la pérdida del
gozo. El gozo del Señor viene hacia nosotros como un fruto por haber aceptado
su perdón. Me ha impactado
grandemente la biografía de Hudson Taylor. Él fue uno de los misioneros más
efectivos en la historia, un piadoso hombre de oración que estableció iglesias
a lo largo del vasto interior de China. Pero él ministró durante años sin gozo.
Estaba abatido por sus luchas, agonizando por sus anhelos secretos y
pensamientos de incredulidad. En 1869 Taylor experimentó un cambio revolucionario. Él
pudo darse cuenta de que Cristo tenía todo lo que él necesitaba, sin embargo ni
sus lágrimas, ni su arrepentimiento pudo hacer que cayeran las bendiciones
sobre él. Taylor reconoció que había sólo un camino hacia la plenitud de
Cristo: a través de la fe. Toda promesa que Dios haya hecho al hombre, requería
fe. Así que Taylor decidió avivar su fe, lamentablemente ese esfuerzo también
fue en vano. Finalmente en la hora más oscura, el Espíritu Santo le dio una
revelación: la fe no viene por el
esfuerzo, sino por el descanso en las promesas de Dios. Ese es el secreto
para recibir todas las bendiciones de Cristo. Taylor se perdonó a sí mismo por los pecados que
Cristo ya había dicho que fueron echados en el fondo del mar. Y porque descansó
en las promesas de Dios, él pudo convertirse en un siervo gozoso, que
continuamente echaba todas sus cargas al Señor. Esto, hoy, es para ti. Ya lo
sabes, ahora ya no puedes decir que nadie te lo dijo ni te lo enseñó. Desde
hoy, ya lo sabes. Deja tu egocentrismo a un lado y comienza a pensar en
perdonarte. Si Dios te perdonó, ¿Vas a seguir pensando que tu propio perdón es
más grande e importante que el perdón de Dios? Yo no correría tamaño riesgo,
hermano o hermana. Reacciona.
2/08/2012
Fruto
“Mi
vida era cualquier cosa hasta que un día tomé la decisión por Cristo”. ¿Nunca
oíste a alguien decir esto o algo similar? Se entiende y se comprende, pero no
se confirma con la palabra. Las cosas no empiezan en el hombre, no tiene
entidad para ello, empiezan en Dios. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a
vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto (Juan 15:16). Cuando
yo escuché o leí esto, mi primer pensamiento, fue: ¿Qué cosa es un fruto? ¿Qué
es lo que debo hacer? Muchos, muchísimos, demasiados años más tarde descubrí
que no se trataba de lo que yo pudiera hacer,
sino de lo que debía ser. Muchos
cristianos sinceros piensan que llevar fruto simple y llanamente significa
traer almas a Cristo. Pero llevar fruto significa algo mucho más grande aun que
“ganar almas”, que dicho sea de paso jamás fue escrito como misión o
mandamiento. El
fruto al que Jesús se refiere es la semejanza a Cristo. En otras palabras,
llevar fruto quiere decir reflejar la semejanza de Jesús. Y la frase “mucho
fruto” significa “la semejanza siempre creciente de Cristo”. Crecer
más y más en la semejanza de Jesús es el corazón de nuestro propósito en la
vida. Esto debe ser central en todas nuestras actividades, nuestro estilo de
vida y nuestras relaciones. Sin duda nuestros dones y llamamientos, nuestro
trabajo, nuestro ministerio y nuestro testimonio deben fluir de este propósito
gravitante. Si yo
no soy semejante a Cristo en mi corazón, si no me estoy pareciendo
considerablemente más a Él, entonces he perdido el propósito de Dios en mi
vida. Y es
que el propósito de Dios para mí, no puede ser obtenido por lo que yo pueda
hacer para Cristo. No puede ser medido por ninguno de mis logros, inclusive si
sano enfermos o echo fuera demonios. ¡No! Lo único que puede lograr que el
propósito de Dios se cumpla en mí, es aquello que
estoy viniendo a ser en Él. La semejanza a Cristo no se trata de lo que yo
pueda hacer por el Señor sino de cuánto estoy siendo yo transformado a su
semejanza. Ve a
una librería cristiana y mira los títulos sobre las repisas. La mayor parte de
dichos títulos, son de libros de autoayuda, y tratan sobre cómo vencer la
soledad, cómo sobrevivir a la depresión, cómo hallar contentamiento. ¿Por qué
sucede esto? Es porque todo está al revés. No somos llamados a ser exitosos, ni
a ser libres de nuestros problemas, ni a ser especiales, ni tampoco a
“lograrlo”. ¡No! Estamos pasando por alto EL llamado, EL enfoque, aquellos que
debe ser EL centro de nuestras vidas: Ser fructíferos en la semejanza a Cristo. Jesús
se entregó por completo al Padre y eso era todo para El. Y dijo: Yo no
hago ni digo nada, excepto lo que mi Padre me dice. Así que, ¿Quieres llevar el “mucho fruto” que
brota por ser cada vez más como Él? Cumplimos el propósito de nuestras vidas,
solamente a medida que comenzamos a amar a otros como Cristo nos amó. Y, a
medida que nuestro amor por otros aumenta, nuestra semejanza a Cristo va
creciendo y aumentando en nosotros. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado;
permaneced en mi amor (Juan 15:9). Su mandamiento es claro y simple: “Vayan y amen a los demás. Denles este amor incondicional que yo les he
mostrado”. Nuestra semejanza a Cristo crece a medida que nuestro amor por
los demás aumenta. En resumen, llevar fruto se resume en nuestra manera de
tratar a las personas. Eso es vivir en el Reino. O, al menos, intentar
ingresar. Ser como Cristo. Y pelearse y confrontar con los sistemas religiosos
fue una parte de su ministerio. Que lo sea del tuyo también. Si te atreves,
claro.
2/06/2012
Semejanza
Hay algo que no se aprende en los templos sino en las
calles, alternando con gente de todos los niveles espirituales. Ahí es donde
disciernes que, ser semejantes a Cristo, quiere decir reconocer a Jesús en
otros. Seguramente al igual que tú, he conocido muchos hombres y mujeres
preciosos, quienes, yo sé, están completamente entregados al Señor. En el
momento en que los conoces, tu corazón salta. Aunque nunca antes se hayan
conocido, tienes el testimonio del Espíritu Santo que ellos están llenos de
Cristo. Aun puedo ver
algunos de esos rostros. Y en el momento en que los conozco, me doy cuenta sin
que se haya dicho ni una sola palabra: “Este
hombre ha estado con Jesús. Esta mujer ha satisfecho a Cristo”. Al
saludarlos, siempre digo esas palabras que tanto quisiera que otros me digan: “Hermano, hermana, puedo ver a Jesús en ti”. La semejanza a
Cristo tiene que ver con la manera en la que tratas a los que no son tu
familia, amándolos como Él nos ama. También quiere decir amar a nuestros
enemigos, a aquéllos que nos aborrecen, que nos utilizan humillándonos, que no
son capaces de amarnos. Y debemos hacerlo, sin esperar nada a cambio. Este tipo
de amor, es imposible, en términos humanos. No existen libros que nos enseñen cómo
hacerlo, ni tampoco un patrón de principios o algún tipo de inteligencia humana
que nos instruya a amar a nuestros enemigos como Cristo nos amó. Sin embargo se
nos ordena hacerlo. Y debemos hacerlo con un propósito creciente. Así que, ¿cómo lo
hacemos? ¿Cómo puedo amar al hombre que me escupió en la cara en la calle
porque no le di una moneda para beber? ¿Cómo puedo amar a los homosexuales que
desfilan por la Quinta Avenida llevando pancartas que dicen: “Jesús Era Gay”?
¿Cómo puedo de verdad amarlos en Cristo? Ni siquiera sé cómo amar a otros
cristianos en mis propias fuerzas. Tiene que ser la obra del Espíritu Santo. Jesús oró al
Padre: Para que
el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Cristo le pide al Padre que ponga Su amor en nosotros.
Y nos promete que el Espíritu Santo nos mostrara cómo vivir en ese amor. El Espíritu Santo
juntará fielmente todas las formas en las que Cristo amó a otros y nos las
mostrará. De hecho, el Espíritu se
deleita en enseñarnos más acerca de Jesús. Esa es la razón por la que Él mora
en nuestros templos corporales: para enseñarnos a Cristo. vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y
estará en vosotros… él os enseñará todas las cosas (Juan 14:17,26). Las personas amables se caracterizan así porque pueden
ser amadas sin esfuerzo. Son las otras las que darán testimonio de que hay un
retazo de Jesús en tu vida. Eso es semejanza.
2/05/2012
Recompensa
Entonces el reino de los cielos será
semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al
esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas (Mateo 25:1-2). Si Tú
eres honesto, estarás de acuerdo con esta palabra: “Sí, esta parábola me describe. Me he vuelto ocioso. No quiero llegar a
ser una virgen insensata y deslizarme. Quiero estar listo mientras el día del
Señor se acerca”. Si quiere ser una virgen sabia, hay
dos pasos que debe tomar. Son simples, pero no pueden ser pasados por alto. Haz de Cristo el centro de tu
pensamiento. Que el Señor esté en todos tus
pensamientos. Cuando despiertes en la mañana, susurra su nombre. En la noche
mientras vas a la cama, clama a Él en tus pensamientos y en tus rodillas. Por
lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo,
todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud
alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (Filipenses 4:8). Que este verso sea la base de una
simple oración durante todo el día: “Jesús,
tú eres verdad, honesto, justo, puro, amoroso. Tú eres mis Buenas Noticias”. Pablo
escribe: El Señor conoce los pensamientos de los sabios (1 Corintios 3:20).
Dios registra todos tus pensamientos. Él sabe cada vez que tú piensas en Él.
Así que dale todos tus pensamientos de “gracias”. No te olvides que, en contra
de lo que mayoritariamente hemos aprendido y hasta enseñado, no había cinco
vírgenes creyentes y cinco incrédulas, ¡Las diez eran creyentes! ¿Por qué digo
esto? Porque las diez tenían lámpara (Luz de revelación) y aceite (Que es
unción). Sólo la mitad de ellas amaba la verdad y entonces no sufrió engaños,
mientras que la otra mitad se dejó estar, supuso que ya había logrado el éxito
y se perdió la bendición de ver y entrar al Reino. ¿Y su salvación? No hablamos
de eso, aprende a diferenciar lo uno de lo otro. La salvación es por favor de
Dios, sin que tú ni merezcas ni hagas nada por obtenerla. El ingreso al Reino, en cambio, es por decisión,
obediencia y, al pagar un precio a veces alto por conseguirlo, accedes a las
más inimaginables recompensas que esperan por ti en los cielos. ¿Puedes
creerlo? Sería bueno que hoy comenzaras a hacerlo.
2/03/2012
Pueblo
Lo de hoy es muy breve.
Breve y contundente, como generalmente suele ser lo que Dios habla. Y te lo
comparto tal cual lo recibí para que no pierda sentido ni fuerza divina. Ha
dicho el Señor: “En mi pueblo tiene que haber Pastores, porque mis ovejas necesitan
quien las cuide, quien se interese por ellas, quien las ame, quien las proteja
y quien llegue a arriesgar su propia vida por cada una de ellas. En mi pueblo
tiene que haber Ministros, porque
ministrar quiere decir servir. Por lo tanto, en mi pueblo tiene que
haber Siervos, cuyas características principales son la Obediencia y la
Humildad. En mi pueblo también hay muchos Hijos, cuyas características
esenciales son: tener intimidad y relación diaria y fluida conmigo, saber con
precisión y certeza lo que yo pienso y lo que yo quiero, y amar lo que yo amo y
aborrecer lo que yo aborrezco. Estas son las bases de mi pueblo. Si en él
hubieran pastores, ministros, siervos o hijos que no cumplen medianamente estos
requisitos, no los sigas ni los obedezcas, ya que son lobos muy bien disfrazados de
ovejas, pero lobos al fin.” Te sugiero leer esto más de una vez, reflexionarlo,
orarlo y, si lo deseas o necesitas, pedir al Señor que te lo confirme. Una vez
que lo haga, porque lo hará, no te quedará otro margen que tenerlo muy en cuenta y obedecerle. Amén.
2/01/2012
Inteligencia
Habló Nabucodonosor y les dijo…si no la
adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego
ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos? (Daniel 3:14–15). Los
amigos de Daniel estaban enfrentando la peor crisis que cualquier ser humano
podría enfrentar. Si Dios no venía y los libraba milagrosamente, ¡ellos
estarían muertos! ¿Qué cosa haría venir a
Cristo en medio de tu crisis? Él viene cuando tú haces el mismo compromiso que
hicieron los tres jóvenes hebreos: [Ellos]… respondieron al rey Nabucodonosor,
diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro
Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano…nos
librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco
adoraremos la estatua que has levantado (versículos 16–18). En otras
palabras: No hay salida. Si Dios no hace un milagro, estaremos muertos. Sin
embargo, ¡Nuestro Dios es capaz de librarnos de esta feroz crisis!, pero aún si
no lo hiciera, no le daremos la espalda. ¡Vivos o muertos, confiaremos en Él! Amados,
éste es el tipo de fe que hace que los ángeles se regocijen y bendice el mismo
corazón de Dios. Es una fe que dice: “Señor,
estoy convencido, plenamente persuadido de que tú eres capaz de librarme. Si
tan sólo dices una palabra, todo esto terminará. Pero si no es así, no voy a
correr. No voy a echarte la culpa de abandonarme. Permaneceré fiel y veraz. Tus
caminos son más altos que los míos, Señor, y mi vida está en tus manos. ¡Aunque me matares,
en ti confiaré!”. Esto es lo que hace que Cristo te visite en medio de tu
crisis, la confianza completa de que ¡Él es capaz de rescatarnos y librarnos de
cualquier crisis! Es la confianza de saber que, no importa lo que venga,
estamos en sus manos. Ese es nuestro verdadero reaseguro cuando las cosas no
funcionan como deberían. Después estarán los hombres en los cuales depositamos
nuestra confianza, ya sea en maestría, en liderazgo o en lo que dudosamente
llamamos cobertura. Podremos acudir a ellos buscando intercesión y respaldo, si
lo deseamos. Pero de ninguna manera darles prioridad por sobre Cristo, que es
lo que tristemente más hemos estado acostumbrados a hacer. ¿Será por eso que
Dios no ha podido moverse con poder en nuestros ambientes? No lo sé, sería
irresponsable decir que sí con los elementos que poseemos. Pero de todos modos,
mal no nos vendrá recordar lo otro: que antes que el Señor no hay nadie,
absolutamente nadie, se llame como se llame, represente lo que represente y
posea la autoridad que diga poseer.
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