3/05/2012

Negligencia


Cuando en ciertas y determinadas ocasiones, y a partir de algunos hechos concretos que nos impulsan, le pedimos  al Espíritu Santo que nos enseñe cómo guardarnos contra la negligencia y la negación, Él nos lleva a considerar cómo Pedro se alejó y luego, la renovación que ocurrió. Este hombre negó a Cristo, incluso maldiciendo, diciendo a sus acusadores: “Yo no lo conozco”. ¿Qué había pasado? ¿Qué fue lo que llevó a Pedro hasta ese punto? Fue su orgullo, el resultado de la soberbia, de la justicia propia. Este discípulo había dicho de sí mismo: “No podría dejar enfriar mi amor por Jesús. He alcanzado un lugar en mi fe donde no necesito que me adviertan. Otros pueden tropezar, pero yo moriré por mi Señor”. Sin embargo, Pedro fue el primero de los discípulos en rendirse ante la lucha. Abandonó su llamado y volvió a su antigua profesión, diciéndole a los demás: “Voy a pescar”. Lo que él realmente estaba diciendo era: “No puedo más. Pensé que no podía fallar, pero nadie le ha fallado tanto a Dios como yo. Ya no soporto más esta lucha”. Para ese punto, Pedro ya se había arrepentido de negar a Jesús. Ya había sido restaurado en el amor de Jesús. Pero él era, todavía, un hombre débil por dentro. Ahora, mientras Jesús esperaba que sus discípulos regresaran a la orilla, un asunto seguía sin ser resuelto en la vida de Pedro. No era suficiente que Pedro fuera restaurado, teniendo seguridad de su salvación. No era suficiente que él haya ayunado y orado como cualquier devoto creyente lo haría. No, el asunto al que Cristo quería ponerle la atención en la vida de Pedro, era respecto a otra forma de negación, una forma diferente de negligencia. Permíteme explicarte. Mientras se sentaban alrededor del fuego en la costa, comiendo y compartiendo, Jesús le preguntó a Pedro tres veces: ¿Me amas más que estos? Cada vez, Pedro respondía: Sí Señor, Tú sabes que te amo, y Cristo le respondía: Apacienta mis corderos. Noten que Jesús no le recordó que esté alerta ni que ore, ni tampoco que sea diligente en leer su Palabra. Cristo asumía que esas cosas ya habían sido bien enseñadas. Por el contrario, la instrucción que le dio a Pedro ahora fue: Apacienta mis corderos. Yo creo que en esa simple frase, Jesús instruía a Pedro sobre cómo guardarse de la negligencia. En esencia, le decía: “Quiero que te olvides de tu fracaso, olvida que te alejaste de mí. Has regresado a mí ahora, te he perdonado y te he restaurado. Así que es tiempo de dejar de enfocarte en tus dudas, fracasos y problemas. Y la forma de hacerlo es no descuidando a mi pueblo y ministrar a sus necesidades. Como el Padre me envió, así te envío Yo”. Negligencia es sinónimo de indolencia. Sería excelente para tu crecimiento y madurez que hoy pudieras examinarte al respecto. ¿Has sido negligente para con el Señor en estos últimos días? Tienes una salida. La que utilizó Pedro. Esa es tu tarea, estudiarla. Eso se llama Escudriñar, es mandamiento.


3/04/2012

¿Casualidades?


En el salmo 27, David le  ruega a Dios a través de una oración urgente. Implora en el verso 7: Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; ten misericordia de mí, y respóndeme. Su oración está enfocada en un deseo, una ambición, algo que lo ha está consumiendo: Una cosa he demandado a Jehová (Salmos 27:4). David testifica: “Tengo una oración, Señor, una petición. Es mi única meta, la más importante de mi vida, es aquello que deseo. Y lo buscaré con todo mí ser. Este único objetivo me consume”.¿De qué se trataba esta “cosa” que David deseaba más que nada, aquel objetivo en el cual había fijado su corazón para alcanzarlo? Él nos lo dice: Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo (Salmos 27:4). No te equivoques: David no era un hombre aislado, que se escondía del mundo exterior. Él no era un ermitaño, buscando ocultarse en algún desierto desolado. No, David era un apasionado hombre de acción. Él era un gran guerrero y multitudes coreaban sus victorias en la batalla. Él también era un apasionado de la oración y de la devoción, con un corazón que gemía por Dios ¡Y el Señor había bendecido a David concediéndole tantos deseos de su corazón! De hecho, David había probado todo lo que un hombre pudiera desear en su vida. Conoció las riquezas y la gloria, el poder y la autoridad. Contaba con el respeto, la alabanza y la adulación de los hombres. Dios le había dado Jerusalén como capital de su reino y estaba rodeado de hombres devotos, todos dispuestos a morir por él. Más que nada, David era un adorador. Él un hombre de alabanza, que daba gracias a Dios por todas sus bendiciones. Él mismo lo testifica, diciendo: El Señor derramó bendiciones delante de mí. David, de hecho estaba dando a entender: “Hay una forma de vivir que ahora busco, un lugar establecido en el Señor que anhela mi alma. Deseo tener una intimidad ininterrumpida con mi Dios”. Esto es lo que David quiso decir cuando oró: Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo (Salmos 27:4). En estos días, una dolencia no conocida del mandatario de Bolivia Evo Morales, lo suma al paraguayo Lugo, el venezolano Chávez, el brasileño Lula da Silva y la argentina Cristina Fernández como representantes del poder con problemas serios de salud. ¿Cuál es el significado de esto? Hipótesis, hay muchas. Cada uno da la que coincide con sus posiciones políticas o ideológicas. Castigo de Dios, plan norteamericano, castigo a la izquierda, conspiración de la derecha. Yo no lo sé, pero lo que sí sé, es que las casualidades no existen. Por las dudas, repasemos una vez más lo leído. Es David. David era un rey que, llegado el momento, expresó lo que el Salmo 27:4 rescata. ¿No será tiempo que las naciones lo imiten?

3/02/2012

Conquista


El Señor se le apareció a Abraham un día y le dio un mandato increíble: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. (Génesis 12:1). Qué cosa asombrosa. De repente, Dios escogió a un hombre y le dijo, “Quiero que te levantes y te vayas, dejando todo atrás: tu casa, tus parientes, aún tu país. Quiero enviarte a algún lugar, y te dirigiré por el camino para que llegues allí.” ¿Cómo respondió Abraham a ésta palabra increíble del Señor? Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. (Hebreos 11:8). ¿Qué estaba haciendo Dios? ¿Por qué buscaría entre las naciones a un hombre, y luego le pediría que lo abandone todo y se vaya en un viaje sin ningún mapa, sin dirección preconcebida, sin saber cuál era el destino? Piensa en lo que Dios le estaba pidiendo a Abraham. Él nunca le mostró cómo iba a alimentar y cuidar de su familia. Él no le dijo qué tan lejos tendría que ir ni cuando él llegaría a su destino. El sólo le dijo dos cosas en el principio: “Ve”, y, “Te mostraré el camino” En esencia, Dios le dijo a Abraham, “Desde éste día en adelante, quiero que me entregues todos tus mañanas. Tú vivirás el resto de tu vida poniendo tu futuro en mis manos, día tras día. Te estoy pidiendo que comprometas tu vida a una promesa que te estoy haciendo a ti, Abraham. Si tú te comprometes a hacer esto, te bendeciré, te guiaré y te dirigiré a un lugar que nunca imaginaste.” El lugar a donde Dios quería dirigir a Abraham es el lugar donde él quiere llevar a cada miembro del cuerpo de Cristo. Abraham es lo que la Biblia llama un “hombre de modelo”, alguien que sirve como ejemplo de cómo caminar delante del Señor. El ejemplo de Abraham nos muestra lo que es requerido de todos los que buscan agradar a Dios. No te equivoques, Abraham no era un hombre joven cuando Dios lo llamó a hacer éste compromiso. Probablemente había puesto en marcha planes para proveer para el futuro de su familia, así que debería de estar preocupado sobre muchas consideraciones mientras él sopesaba el llamado de Dios. Sin embargo, Abraham le creyó a Dios; y (Dios) se lo contó por justicia” (Génesis 15:6) El Apóstol Pablo nos dice que todos los que creen y confían en Cristo son hijos de Abraham. Y así como Abraham, somos contados como justos por que obedecimos al mismo llamado de confiar todos nuestros mañanas en las manos del Señor. ¿Estarás dispuesto o dispuesta a salir ya mismo hacia dónde Dios te envíe, sin pensar en nada personal ni tomar otras precauciones que no sean las inmediatas? ¡Aleluya! Si así fuera, pero ten en cuenta que no necesariamente te enviará a románticas o paradisíacas tierras lejanas; lo más probable es que te envíe a conquistar tus compañeros de trabajo, escuela, calle o a tu propia familia.

2/29/2012

Universo


Me limitaré a exponer dos hechos de los cuales fui testigo presencial. El primero, en una conferencia de un predicador de cierto prestigio en el ambiente cristiano. Como parte de un mensaje especial, pasó la grabación de lo que, -aseguró-, fue un canto de ángeles en el universo. Rarísimo y muy singular. El otro hecho, un par de científicos por la televisión, hablando de lo que ellos denominaron como “Música cósmica”, en alusión a ciertos sonidos que se perciben en el universo y de los cuales no se tienen mayores datos precisos. No soy crédulo, soy creyente. Pero me dejó pensando. Y recordaba algunas cosas. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 de Corintios 15:57). Muchos creyentes citan este verso diariamente, aplicándolo a sus problemas y tribulaciones. Pero el contexto en el cual Pablo habla, sugiere un significado más profundo. En dos versos anteriores a este, Pablo declara, Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro, tu victoria? (15:54-55). Pablo estaba hablando elocuentemente sobre su añoranza por el cielo. El escribió, Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial (2 Corintios 5:1-2). El apóstol también añade, Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor (5:8). De acuerdo a Pablo, el cielo – estar en la presencia del Señor por toda la eternidad - es algo que debemos desear con todo nuestro corazón. Mientras consideramos estas cosas, un glorioso cuadro comienza a emerger. Primero, nos imaginamos el relato de Jesús de una reunión de multitudes, cundo los ángeles juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro (Mateo 24:31). Cuando estas multitudes hayan sido reunidas, nos imaginamos una gran marcha de victoria que tendrá lugar en el cielo con millones de niños glorificados cantando hosannas al Señor, de la misma manera que los niños lo hicieron una vez antes en el templo. Luego vienen todos los mártires. Aquellos que una vez clamaron por justicia en la tierra,  ahora claman, “¡Santo, santo, santo!” Todos estarán danzando con gozo, clamando, “¡Victoria, victoria en Jesús!” Luego un gran estruendo se levanta, un sonido nunca antes escuchado. Es la iglesia de Jesucristo con multitudes de todas las naciones y tribus. Tal vez esto te parezca algo difícil de creer, pero Pablo mismo testificó sobre esto. Cuando el fiel apóstol fue arrebatado al cielo, él oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 12:4). Pablo expresó que él estaba asombrado con lo que había escuchado allí. Yo creo que él escuchó estos mismos sonidos. Que se le dio a él un anticipo de los cantos y alabanzas a Dios de todos los que estarán regocijándose en su presencia, con sus cuerpos hechos completos, y sus almas llenas de alegría y paz. Era un sonido tan glorioso que Pablo pudo oír pero no podía repetirlo. Reitero: soy creyente, no crédulo. Pero no soy tan necio como para dejarme manejar mi fe por el espíritu de Grecia, ese que fundamenta todo en nuestro intelecto, nuestro raciocinio y nuestra capacidad de análisis. Dios nunca dijo que el hombre viviría por estos valores.

2/27/2012

Incredulidad


¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de su incredulidad…Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo (Hebreos 3:18-19,12). Hebreos advierte a la iglesia del Nuevo Testamento: “Presten atención al ejemplo de Israel. Si no lo hacen, podrán caer de la misma manera que ellos lo hicieron. Ustedes caerán en una incredulidad diabólica. Y esto hará de vuestras vidas en un continuo y largo desierto.” Considera lo que le sucedió a la generación incrédula, los cuales fueron llevados de vuelta al desierto. Dios se los dijo sin rodeos, desde los líderes hasta los jueces y a los Levitas y hasta todos los demás, que su mano estaría contra ellos. De ahí en adelante, todo lo que ellos conocerían sería la angustia  y escasez de alma. Ellos no verían su gloria. En lugar de eso, ellos se enfocarían en sus propios problemas y se consumirían en sus propias lujurias. Eso es exactamente lo que sucede con todas las personas incrédulas. Terminan consumiéndose con su propio bienestar. No tienen visión, ni sentido de la presencia de Dios, y no tienen vida de oración. Ya no les importan sus vecinos, o el mundo perdido, ni aún sus propios amigos. En lugar de eso, el enfoque completo de sus vidas está en sus problemas, sus conflictos, sus enfermedades. Van de una crisis en crisis, encerrados en sus propios dolores y sufrimientos. Y sus días están llenos de confusión, disputas, envidias y división. Sin fe, simplemente es imposible agradar a Dios. Después de que Dios dividiera las aguas del Mar Rojo para que los Israelitas pudieran caminar y llegaran a salvo, ellos bailaron y se regocijaron. Y luego, sólo tres días más tarde, estos mismos israelitas estaban quejándose contra Dios, murmurando y reclamando, dudando de que la verdadera presencia de Dios estuviere entre ellos. Por treinta y ocho años, Moisés vio cómo uno por uno, cada Israelita en esa generación incrédula murieron. Y mientras él miraba hacia atrás, a aquellos que habían desperdiciado sus vidas en el desierto, él vio que todo lo que Dios había advertido, se había cumplido. Y también la mano de Jehová vino sobre ellos para destruirlos de en medio del campamento, como Jehová les había jurado (ver Deuteronomio 2). Dios suspendió su propósito eterno para Israel durante todos esos años. De igual manera hoy día, algunos Cristianos están contentos con tan sólo existir hasta que mueren. No quieren arriesgar nada, ni creerle a Dios, ni crecer o madurar. Rehúsan creer en su Palabra, y llegan a endurecerse en su incredulidad. Entonces es que están sólo viviendo para morir. ¿Salvación? Nadie está hablando de salvación. ¿Tú crees que Dios te trajo a este mundo sólo para salvarte? ¿Realmente crees eso? Haz como alguna vez hice yo y tantos más, pide perdón por tu incredulidad y comienza a creer.

2/26/2012

Humo


El domingo es un día para descansar y, de ser posible, no realizar demasiados esfuerzos, ni siquiera intelectuales. Sin embargo, la cultura occidental ha determinado que el domingo sea el llamado Día del Señor. Que en realidad y según textos bíblicos, sería nuestro sábado, pero como a ese día lo respetan, guardan y cumplimentan reglamentariamente los adventistas, el catolicismo romano, (De ahí viene) instauró el siguiente. Nosotros, los creyentes que decimos y deseamos ser genuinos, no tenemos ni deberíamos tener días prefijados. Para nosotros, la dedicación al Señor es y debe ser similar un domingo como la de un lunes, un jueves o un miércoles. De todos modos, la tradición es fuerte y nos lleva, casi inconscientemente, a dedicarle a este espacio algo más rápido y de menor profundidad que otros días. Por ejemplo, un relato leído por allí que habla y sirve claramente para definir cómo y quiénes somos. Dice que el único sobreviviente de un naufragio llegó a duras penas nadando a la playa de una diminuta y deshabitada isla. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado, y cada día escudriñaba el horizonte buscando ayuda, pero pasaban los días, las semanas, y ésta no parecía llegar. Muy cansado, finalmente optó por construirse una cabaña de madera para protegerse del clima, de los animales, de los insectos y también para almacenar sus muy escasas pertenencias. Trabajó muy duro en ello, porque no contaba con las herramientas necesarias, pero con empeño y dedicación, logró terminarla en dos meses. Entonces un día, después de recorrer toda la isla en busca de alimentos, cuando regresaba, encontró a su cabañita totalmente envuelta en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. Lo peor había ocurrido, lo había perdido todo. Quedó anonadado de tristeza y rabia. "Dios, ¿cómo pudiste hacerme esto?", se lamentaba una y otra vez. Sin embargo, al día siguiente fue despertado por el sonido de la sirena de un barco que lentamente se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. - "¿Y cómo supieron que estaba aquí?", preguntó el abatido náufrago a sus rescatistas. -"Ayer vimos tus señales de humo", contestaron ellos. Es fácil descorazonarse cuando las cosas marchan mal, pero no debemos desanimarnos porque Dios trabaja en nuestras vidas aún en medio del dolor y del sufrimiento. Recuérdalo: si alguna vez todas tus "pertenencias" se convierten en humo, puede ser la señal de que la ayuda y gracia de Dios vienen en camino. ¿Podrá entender esto la iglesia religiosa?

2/24/2012

Éxitos


“Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe” (Lucas 17:5). Los hombres que eran parte del círculo cercano a Jesús estaban pidiendo algo importante a su Maestro. Deseaban un mayor entendimiento del significado y de las obras de la fe. Estaban diciendo: “Señor, ¿qué clase de fe es la que tú quieres de nosotros?” Danos una revelación del tipo de fe que te agrada. Queremos entender la fe en su significado más completo. Por fuera, esta petición que hicieron parecía elogiable. Sin embargo, creo que los discípulos le pidieron esto a Jesús, porque estaban confundidos. En el capítulo anterior, Cristo los había desconcertado, diciéndoles: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel… Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?” (Lucas 16:10-11). Jesús sabía que la carne de sus seguidores quería evitar lo que ellos consideraban ser asuntos menores de la fe. Así que les dijo: “Si ustedes son fieles en las cosas pequeñas, los asuntos fundamentales de la fe, serán fieles en las cosas grandes también. Así que, demuestren que son dignos de confianza en los requisitos básicos de la fe. De lo contrario, ¿cómo se les podrá confiar un nivel más profundo?”. Si somos honestos, todos admitiremos que nos parecemos mucho a los discípulos de Jesús. También queremos proceder directamente a los grandes asuntos de la fe, para obtener el tipo de fe que mueve montañas. Y, como los discípulos, a menudo juzgamos la fe por los resultados visibles. La verdadera fe, a los ojos de Dios, no tiene nada que ver con el tamaño o la cantidad de trabajo que usted se propone alcanzar. Al contrario, tiene que ver con el enfoque y la dirección de su vida. Reitero un concepto ya vertido aquí mismo hace pocos días: Dios no está tan interesado en la gran visión que tú puedas tener, como lo está con aquello en que tú te estás convirtiendo. Aquellos considerados como “éxitos” en la iglesia de hoy, muy difícilmente pasarían un filtro divino y espiritual. Lo que Dios está esperando de su iglesia, es muy distinto y muy alejado a lo que la iglesia está haciendo hoy con nivel de prioridad suprema. ¿Quién deberá cambiar?

2/22/2012

Identidad


Cuando el hombre (Genérico, incluye a la mujer, claro está), deja de lado las cosas prácticas y superficiales, abandona la fiebre consumista en la que su sociedad secular lo ha inmerso, el hombre empieza a preguntarse una serie de cuestiones a las que nadie está en condiciones de darle respuesta. Salvo Dios, claro está. ¿Quién soy? ¿Dónde voy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué vine al mundo? Estas y muchas más, son preguntas que rozan lo filosófico y existencial, pero que ni la Filosofía ni el Existencialismo como ciencias, han podido responderle. Entonces el hombre encuentra a Cristo. Y elige creer que Él murió en la cruz para ser su Salvador personal. Lo acepta como tal y decide convertirlo en Señor de su vida. Y allí el hombre comienza a tener una identidad y una revelación profunda que va más allá de una teología hueca y vacía construida como reemplazo de la carencia de vida y poder del Dios real. Y lee en Eclesiastés 12:7 que el polvo, (Que es su cuerpo) vuelve al polvo, dice que de allí era, a la tierra pertenece, porque de ella fue sacado, y que el espíritu (Que es aliento, soplo), vuelve a Dios que es el que lo dio. Entonces el hombre sabe quién es: es un espíritu al cual se le ha dado un alma y, mientras dure este periplo terrenal de su existencia, habitará una caja descartable llamada cuerpo. El hombre sabe ahora que, antes de ser, él ya era en el cielo. Porque si ese espíritu que mora en él, cuando su cuerpo vaya a la tierra vuelve a Dios, como todo lo que vuelve, es porque antes fue, antes estaba allá y un día vino a vivir una vida y a extender un Reino, y luego de cumplir o no con esa misión, su ciclo terminó y retornó al lugar de donde era. ¿Lo entiendes? ¿No? ¡¡Aleluya!! Porque esto no es para entender, es simplemente para aceptar y creer. Si buscas razonarlo, primero te confundirás, y luego sencillamente no podrás creerlo nunca, como a todo lo revelado. Ahora pregúntate de qué clase de hombres y mujeres está llena la iglesia. ¿Ya tienes la respuesta? Bien; ahora elige tu lugar. Esa será tu identidad final.

2/20/2012

Fortaleza


Porque por ella (por la fe) alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:2) La palabra griega para alcanzaron, en este pasaje, significa “dar testimonio, venir a ser un testimonio”. Nuestros ancestros en el Señor tenían una fe firme, una fe inconmovible, una fe anclada, la cual vino a ser un testimonio de la fidelidad de Dios en tiempos difíciles. Primeramente, su espíritu les daba testimonio de que Dios estaba complacido con ellos. Ellos habían confiado en Él a lo largo de inundaciones, burlas, ataduras, prisiones, torturas, batallas, fosos de leones, fuego. Y después de todo esto, ellos conocieron el gozo del Señor sonriéndoles y diciéndoles: “¡Bien hecho! Creíste y confiaste en mí”. Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). Cuando quiera que nosotros mantenemos una posición firme en la fe a través de los momentos difíciles, tenemos la misma afirmación del Espíritu Santo: “Bien hecho, tú eres el testimonio de Dios”. Cuando puedes descansar en medio de la tormenta, cuando has echado todas tus cargas sobre Cristo y has guardado con firmeza tu posición de fe, entonces has obtenido una buena calificación en esta materia. Te estás volviendo un faro de esperanza para aquéllos que te rodean. Aquéllos que ven tu vida en tu casa, en tu trabajo y en tu cuadra, quizás no respondan tan abiertamente, pero sabrán que la esperanza y la redención están disponibles para ellos también. Ellos podrán verte en su hora de crisis y decir: “¡Hay esperanza! Ahí está de pie uno que no ha perdido su fe en Dios. Tengo delante de mí, un luchador que no va a rendirse. ¡El confía en su Dios!”. ¿Estás entendiendo ahora que dar testimonio no es ir todos los domingos a un templo, (Aunque lo incluya) o pasar a la plataforma a relatar un milagro sucedido hace veinte años, (Aunque lo incluya); sino una vida diaria conforme a los estatutos del Reino? A medida que aumentan las calamidades y el mundo cae en gran angustia, el creyente debe tener el testimonio de una fe inconmovible. Tenemos al Espíritu Santo morando en nosotros y tenemos la Biblia, la completa Palabra revelada de Dios. No podemos gloriarnos en nuestra carne, pero podemos apoyarnos en Su Palabra. A lo largo de los años, son muchos los que han salido totalmente armados, determinados, diciendo: “Afirmaré mi corazón y no temeré. No escucharé las dudas ni los temores de mi carne. No me moveré, ni volveré atrás. No andaré haciendo pucheros, pataleando, ni revolcándome en autocompasión”. A pesar de todo, con frecuencia la incredulidad les ha robado la victoria. Eso porque todavía les falta aprender mucho sobre “afirmar la fe”. Pero han saboreado la victoria que proviene de confiar en Dios en todas las cosas, cuando voluntariamente rinden todas sus cargas a Cristo y siguen su camino, en reposo.

2/19/2012

Aceptos


Una gran bendición se hace nuestra cuando se nos hace sentar en lugares celestiales. ¿Cuál es esta bendición? Es el privilegio de la aceptación: Nos hizo aceptos en el Amado  (Efesios 1:6). La palabra griega acepto significa: “altamente favorecido”. Es diferente al uso en nuestro idioma, donde significa: “recibido como aceptable”, lo que implica algo que puede ser soportado, dando a entender una actitud de: “puedo vivir con esto”. Sin embargo éste no es el uso que Pablo le da a dicha palabra. La aplicación que Pablo la de a la palabra “aceptos” se traduce así: “Dios nos ha favorecido altamente. Somos muy especiales para Él porque estamos en nuestro lugar en Cristo”. A causa de que Dios aceptó el sacrificio de Cristo, ahora Él ve solamente un hombre corporal: Cristo y aquéllos que están unidos a Él por la fe. Nuestra carne ha muerto a los ojos de Dios. ¿Cómo? Jesús se deshizo de nuestra vieja naturaleza en la Cruz. De tal manera que ahora, cuando Dios nos mira, Él sólo ve a Cristo. A cambio, nosotros necesitamos aprender a vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Eso significa no enfocarnos únicamente en nuestros pecados y debilidades, sino en la victoria que Cristo ganó para nosotros en la Cruz. La parábola del hijo pródigo nos provee de una poderosa ilustración de la aceptación que viene cuando se nos da una posición celestial en Cristo. Tú conoces la historia: Un joven le pidió a su padre la herencia que le correspondía y la derrochó en una vida pecaminosa. Luego, una vez que se fue moral, emocional y físicamente a la quiebra, pensó en su padre. Él estaba convencido de que había perdido todo su favor. Y temía que su padre estuviera lleno de ira y odio hacia él. Las Escrituras nos dicen que este joven quebrantado estaba lleno de dolor por su pecado y clamó: No soy digno. He pecado contra el cielo. Esto representa a aquéllos que vienen a un arrepentimiento según Dios. El hijo pródigo se dijo a sí mismo: Me levantaré e iré a mi padre (Lucas 15:18). Él estaba ejercitando la bendición de tener acceso, su privilegio de poder acceder. ¿Están entendiendo la figura? El hijo pródigo se había tornado de su pecado, había dejado el mundo atrás y había tenido acceso a la puerta abierta que su padre le había prometido. Estaba caminando en arrepentimiento y estaba apropiándose de dicho acceso. Entonces, ¿Qué pasó con el hijo pródigo? Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó (Lucas 15:20). ¡Qué escena tan hermosa! El hijo pecador fue perdonado, abrazado y amado por su padre, sin ira ni condenación alguna. Cuando recibió el beso de su padre, él supo que había sido aceptado. No te preocupes si jamás habías visto esta escritura como hoy la has visto. A mí me pasó antes que a ti. Por años me predicaron esta parábola y jamás la había entendido totalmente. Hasta que un día se hizo la luz en mi entendimiento y al Espíritu Santo le plació que yo entendiera. ¿Habrá sucedido lo mismo contigo exacta y puntualmente hoy? 

2/17/2012

Camino


Por Jehová son ordenados los pasos del hombre (Salmos 37:23). La palabra hebrea “ordenados” en este versículo significa “fijados o pre planeados”. Dios no trabaja con una agenda diaria. Él no planea nuestro camino por día, semana o por año adelantado. No, Él tiene un plan entero de vida para cada creyente. En el momento que somos salvos, ese plan entra en operación. ¿Cuál es este camino pre planeado? Jesús respondió muy simplemente: Yo soy el camino (Juan 14:6). Cristo mismo es el camino a la gloria y a la vida eterna. Él nos guía hacia nuestro destino final. Y nuestro camino termina en sus brazos, en el cielo. El libro de Hebreos nos dice que Jesús está llevando muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10). Sin embargo, lo que no podemos saber es la ruta específica que Jesús va a tomar para llevarnos allí. Ninguno de nosotros puede estar seguro de cómo se verá el resto de nuestro viaje. El camino es conocido sólo para Dios. Toma mi propia vida, por ejemplo. Llegué a Cristo con más de treinta años de vida. En el camino posterior, Dios me ha dado ciertas metas, algunos sueños y algunas visiones, las cuales he seguido. Pero el Señor nunca me ha delineado todo el camino. De hecho, después de todos estos años, no estoy seguro a dónde me llevará mañana el camino. Sigo el hoy con dinámica, fuerza, confianza y gozo, y me es suficiente. Cuando Jacob era anciano, le describió su viejo camino a Faraón: Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida (Génesis 47:9). La palabra hebrea “malos” aquí significa calamidades, aflicciones, dolores, problemas, adversidades. ¿Cuántos son los que se pueden identificar con Jacob? Hay ciertos periodos de nuestro propio peregrinaje que no quisiéramos volver a vivir, ¿Verdad? Por supuesto, alabaremos a Dios por todas las bendiciones y milagros que Él ha obrado a favor nuestro. Estaremos agradecidos por la fe que Él ha edificado en nosotros a través de los años. Pero si tuviéramos que volver a vivir nuestras vidas, nos gustaría saber de antemano que todo va a salir bien. Sin embargo así no es como Dios obra. El camino del creyente es un camino de fe. ¿Entonces la predestinación no existe? Sí existe, pero es para la iglesia. Lo que nadie podrá anticipar ni saber de antemano, es si tú formarás o no parte de esa iglesia.


2/15/2012

¿Grandeza?


Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe (Lucas 17:5). Los hombres que eran parte del círculo cercano a Jesús estaban pidiendo algo importante a su Maestro. Deseaban un mayor entendimiento del significado y de las obras de la fe. Estaban diciendo: “Señor, ¿qué clase de fe es la que tú quieres de nosotros?” Danos una revelación del tipo de fe que te agrada. Queremos entender la fe en su significado más completo. Ten en cuenta que para nosotros, hoy, es muy simple ir al Señor a pedir fe, pero para ellos era ir a alguien que estaba allí, con ellos, en persona. Por fuera, esta petición que hicieron parecía elogiable. Sin embargo, creo que los discípulos le pidieron esto a Jesús, porque estaban confundidos. En el capítulo anterior, Cristo los había desconcertado, diciéndoles: El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel… Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? (Lucas 16:10-11). Jesús sabía que la carne de sus seguidores quería evitar lo que ellos consideraban ser asuntos menores de la fe. Así que les dijo: “Si ustedes son fieles en las cosas pequeñas, los asuntos fundamentales de la fe, serán fieles en las cosas grandes también. Así que, demuestren que son dignos de confianza en los requisitos básicos de la fe. De lo contrario, ¿cómo se les podrá confiar un nivel más profundo?”. Si somos honestos, todos admitiremos que nos parecemos mucho a los discípulos de Jesús. También queremos proceder directamente a los grandes asuntos de la fe, para obtener el tipo de fe que mueve montañas. Y, como los discípulos, a menudo juzgamos la fe por los resultados visibles. La verdadera fe, a los ojos de Dios, no tiene nada que ver con el tamaño o la cantidad de trabajo que tú te propones alcanzar. Al contrario, tiene que ver con el enfoque y la dirección de tu vida. Mira y entiende, Dios no está tan interesado en la gran visión que tú puedas tener, como lo está con aquello en lo que tú te estás convirtiendo. Por eso es confusa y errónea nuestra visión interna de lo que Él denomina Iglesia. Nosotros la vemos como el gran salón donde en cada reunión hay brillo, bullicio, enormes cantidades de personas, buena música y excelentes prédicas. Él, simplemente ve a dos o más de dos, pero reunidos en SU nombre, no en el de una denominación, ministerio, apóstol o pastor. ¿Está claro? Nunca olvides que hay un pensamiento que debe morar en tu corazón hasta el último día. Es el que dice: Dios está más interesado en ganar todo en mí, que en yo ganar todo el mundo para Él.

2/13/2012

Esperanza


Estoy convencido de que la gente pierde la esperanza cuando pierde la fe. Han oído demasiados sermones, han leído demasiados libros, pero por donde miren a su alrededor, ven ejemplos de naufragios en la fe. Cristianos que alguna vez estuvieron desposados con la fe, hoy rinden su confianza en Dios, en medio de sus momentos difíciles. Así que ¿hacia dónde se torna la gente que busca esperanza? El Espíritu  habló claramente esta palabra: Debes anclar tu fe. Afirmar tu corazón para confiar en Dios en todas las cosas, en todo momento. “Afirmar” nuestra fe significa “estabilizar, hacerla inconmovible, echar raíces, poner pilares debajo, establecer un fundamento”. La Escritura dice que nosotros tenemos el poder de hacer esto. Santiago escribe: el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor (Santiago 1:6-7). En este pasaje, el Señor deja toda la responsabilidad sobre los creyentes. Dios nos está diciendo, en esencia: “Cuando el mundo vea a mi pueblo en medio de estos días de temblor y ansiedad, deben de ver fe. Mientras todo se sacude, la fe debe permanecer sólida e inconmovible. De modo que, tú, creyente, ancla tu fe. Tú, cristiano, toma una posición firme y nunca rindas dicha posición”. Estoy convencido de que el mundo no necesita más sermones sobre la fe. El mundo necesita ver un sermón ilustrado: la vida de un hombre o de una mujer que esté viviendo dicha fe delante del mundo. Ellos necesitan ver a los siervos de Dios pasando las mismas calamidades que ellos están enfrentando, pero sin ser sacudidos por éstas. Sólo entonces, los pecadores se toparán cara a cara con el testimonio poderoso de una fe inconmovible. David lo describió cuando habló sobre los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres (Salmos 31:19). Él se estaba refiriendo al creyente, cuya fuerte confianza y vida fiel es un faro de esperanza para los que están en tinieblas. Cuando afirmas tu fe, al traer toda carga y prueba a Cristo, dejando todo a sus pies y descansando en la fe, vas a ser severamente probado. Alguien que pasó por una tremenda crisis, me dijo en una ocasión que en medio de ese tremendo problema, escuchó claramente la voz del Espíritu Santo que le decía: “Mantén tu posición de fe. No te rindas. Yo tengo todo bajo control. Solamente mantente firme”. Dice que nunca olvidará la paz que lo sobrecogió en ese momento. Al final del día, su corazón estaba lleno de gozo, mientras se daba cuenta de algo que logró declarar en voz alta: “Yo confié en ti. No me moví. ¡Gracias!”

2/12/2012

Misericordia


Muchas son tus misericordias, oh Jehová  (Salmo 119:156).  Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras  (145:8-9). Yo quiero preguntarte algo que me he estado preguntando, a mí mismo, últimamente: ¿Eres una persona misericordiosa? La mayoría de nosotros contestaría, “Sí, yo creo ser misericordioso. Al alcance de mis habilidades, yo simpatizo con aquellos que sufren. Yo siento el dolor de mis hermanos y hermanas en Cristo que están sufriendo, y trato de ayudarlos. Yo hago lo posible por ayudar a mis vecinos cuando lo necesitan. Y cuando las personas me hieren, yo los perdono y no les guardo rencor.”  Muy bien; yo creo que todos los verdaderos cristianos tienen una buena medida de misericordia por los perdidos y por los que están en dolor. Yo agradezco a Dios por eso. Pero la triste verdad es que, la Palabra de Dios expone en muchos de nosotros raíces profundas de parcialidad y conceptos muy limitados de misericordia. La mayoría de las religiones que proclaman temer a Dios tienen un credo de doctrina que dice, “Las amorosas y tiernas misericordias de Dios se extienden para toda la humanidad.” Como seguidores de Jesús, nosotros hablamos mucho acerca de sus tiernas misericordias hacia todo el mundo. Pero esta es la verdad: Hay muchas personas a los cuales un largo número de cristianos los limitan de la misericordia de Dios. Me vienen a la mente las prostitutas que trabajan en lugares sin Dios. Pienso en personas en el África y otros continentes que están muriéndose con SIDA. Pienso en homosexuales que viven con corazones destrozados y en angustia mental, con problemas en sus vidas y emborrachándose hasta perder conciencia para cubrir su dolor. De lo que leo en las Escrituras, no puedo aceptar que mi Salvador rechazaría alguna vez el clamor desesperado de  una prostituta, un homosexual, un adicto a las drogas, o un alcohólico que ha llegado al fondo. Sus misericordias son ilimitadas: no tienen fin. Así que, como iglesia que somos de él – representante de Cristo en la tierra – no podemos rechazar a nadie que clama por misericordia y liberación. Tal vez no nos demos cuenta de estas parcialidades hasta que súbitamente están delante de nuestro rostro, confrontándonos con la verdad acerca de nuestros corazones. Mientras tú consideras esto en tu propia vida, yo te pregunto nuevamente: ¿Eres una persona misericordiosa, tierna y amorosa? Me imagino a muchos lectores diciendo, “Sí.” Pero pregunta a aquellos alrededor tuyo – tu familia, tus compañeros de trabajo, tus amigos y vecinos, tus amigos de otras razas – y mira cómo responden. En la congregación que la fue la última a la que concurrimos por casi quince años, un día llegó un joven que, en el púlpito, dio testimonio de conversión, pero añadiendo que padecía de SIDA. Un día, una hermana, madre de un hijo pequeño, lo vio salir del sanitario. Puso el grito en el cielo, presionó al pastor y a los diáconos para hacer que expulsaran a ese muchacho porque, la probabilidad de un contacto con él, -dijo- hacía peligrar la salud de su hijo. La iglesia, formalmente y con una enorme sonrisa repleta de hipocresía, lo invitó a retirarse, aunque muy “misericordiosamente”, pusieron en sus manos decenas de tratados que debería leer para ser salvo. ¿Onomatopeya adecuada para el caso? ¡¡Puaj!!

2/10/2012

Decisiones


Hace unos días publiqué un audio relacionado con el perdón. Tuvo una excelente recepción por parte de los lectores y, como podrás suponerte, enorme respuesta a partir de problemas íntimos propios. Y en esas consultas y comentarios, saltó el tema del auto-perdón, esto es: el perdón a sí mismo. Para mí, ésta es la parte más difícil del perdón. Como cristianos, estamos dispuestos a ofrecer la gracia de nuestro Señor al mundo, pero a menudo somos mezquinos en ofrecérnosla a nosotros mismos. Considera al Rey David, que cometió adulterio y luego asesinó al esposo para cubrir su ofensa. Cuando su pecado fue expuesto, David se arrepintió y el Señor envió al profeta Natán para decirle: Tu pecado ha sido perdonado. Aun así, aunque David sabía que había sido perdonado, había perdido su gozo. El oró: Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido…Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente (Salmos 51:8,12) ¿Por qué estaba David tan perturbado? Este hombre había sido justificado delante del Señor, y tenía paz a través de la promesa de Dios del perdón. Sin embargo, es posible que sus pecados sean borrados del libro de Dios, mas no de su conciencia. David escribió este salmo porque él quería que su conciencia deje de estar condenándolo por sus pecados. Y David no podía perdonarse a sí mismo. El soportaba la pena de agarrarse de la falta de perdón, una falta de perdón dirigida hacia sí mismo, y eso equivale a la pérdida del gozo. El gozo del Señor viene hacia nosotros como un fruto por haber aceptado su perdón. Me ha impactado grandemente la biografía de Hudson Taylor. Él fue uno de los misioneros más efectivos en la historia, un piadoso hombre de oración que estableció iglesias a lo largo del vasto interior de China. Pero él ministró durante años sin gozo. Estaba abatido por sus luchas, agonizando por sus anhelos secretos y pensamientos de incredulidad. En 1869 Taylor experimentó un cambio revolucionario. Él pudo darse cuenta de que Cristo tenía todo lo que él necesitaba, sin embargo ni sus lágrimas, ni su arrepentimiento pudo hacer que cayeran las bendiciones sobre él. Taylor reconoció que había sólo un camino hacia la plenitud de Cristo: a través de la fe. Toda promesa que Dios haya hecho al hombre, requería fe. Así que Taylor decidió avivar su fe, lamentablemente ese esfuerzo también fue en vano. Finalmente en la hora más oscura, el Espíritu Santo le dio una revelación: la fe no viene por el esfuerzo, sino por el descanso en las promesas de Dios. Ese es el secreto para recibir todas las bendiciones de Cristo. Taylor se perdonó a sí mismo por los pecados que Cristo ya había dicho que fueron echados en el fondo del mar. Y porque descansó en las promesas de Dios, él pudo convertirse en un siervo gozoso, que continuamente echaba todas sus cargas al Señor. Esto, hoy, es para ti. Ya lo sabes, ahora ya no puedes decir que nadie te lo dijo ni te lo enseñó. Desde hoy, ya lo sabes. Deja tu egocentrismo a un lado y comienza a pensar en perdonarte. Si Dios te perdonó, ¿Vas a seguir pensando que tu propio perdón es más grande e importante que el perdón de Dios? Yo no correría tamaño riesgo, hermano o hermana. Reacciona.

2/08/2012

Fruto


“Mi vida era cualquier cosa hasta que un día tomé la decisión por Cristo”. ¿Nunca oíste a alguien decir esto o algo similar? Se entiende y se comprende, pero no se confirma con la palabra. Las cosas no empiezan en el hombre, no tiene entidad para ello, empiezan en Dios. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto (Juan 15:16). Cuando yo escuché o leí esto, mi primer pensamiento, fue: ¿Qué cosa es un fruto? ¿Qué es lo que debo hacer? Muchos, muchísimos, demasiados años más tarde descubrí que no se trataba de lo que yo pudiera hacer, sino de lo que debía ser. Muchos cristianos sinceros piensan que llevar fruto simple y llanamente significa traer almas a Cristo. Pero llevar fruto significa algo mucho más grande aun que “ganar almas”, que dicho sea de paso jamás fue escrito como misión o mandamiento. El fruto al que Jesús se refiere es la semejanza a Cristo. En otras palabras, llevar fruto quiere decir reflejar la semejanza de Jesús. Y la frase “mucho fruto” significa “la semejanza siempre creciente de Cristo”. Crecer más y más en la semejanza de Jesús es el corazón de nuestro propósito en la vida. Esto debe ser central en todas nuestras actividades, nuestro estilo de vida y nuestras relaciones. Sin duda nuestros dones y llamamientos, nuestro trabajo, nuestro ministerio y nuestro testimonio deben fluir de este propósito gravitante. Si yo no soy semejante a Cristo en mi corazón, si no me estoy pareciendo considerablemente más a Él, entonces he perdido el propósito de Dios en mi vida. Y es que el propósito de Dios para mí, no puede ser obtenido por lo que yo pueda hacer para Cristo. No puede ser medido por ninguno de mis logros, inclusive si sano enfermos o echo fuera demonios. ¡No!  Lo único que puede lograr que el propósito de Dios se cumpla en mí, es aquello que estoy viniendo a ser en Él. La semejanza a Cristo no se trata de lo que yo pueda hacer por el Señor sino de cuánto estoy siendo yo transformado a su semejanza. Ve a una librería cristiana y mira los títulos sobre las repisas. La mayor parte de dichos títulos, son de libros de autoayuda, y tratan sobre cómo vencer la soledad, cómo sobrevivir a la depresión, cómo hallar contentamiento. ¿Por qué sucede esto? Es porque todo está al revés. No somos llamados a ser exitosos, ni a ser libres de nuestros problemas, ni a ser especiales, ni tampoco a “lograrlo”. ¡No! Estamos pasando por alto EL llamado, EL enfoque, aquellos que debe ser EL centro de nuestras vidas: Ser fructíferos en la semejanza a Cristo. Jesús se entregó por completo al Padre y eso era todo para El. Y dijo: Yo no hago ni digo nada, excepto lo que mi Padre me dice.  Así que, ¿Quieres llevar el “mucho fruto” que brota por ser cada vez más como Él? Cumplimos el propósito de nuestras vidas, solamente a medida que comenzamos a amar a otros como Cristo nos amó. Y, a medida que nuestro amor por otros aumenta, nuestra semejanza a Cristo va creciendo y aumentando en nosotros. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor (Juan 15:9). Su mandamiento es claro y simple: “Vayan y amen a los demás. Denles este amor incondicional que yo les he mostrado”. Nuestra semejanza a Cristo crece a medida que nuestro amor por los demás aumenta. En resumen, llevar fruto se resume en nuestra manera de tratar a las personas. Eso es vivir en el Reino. O, al menos, intentar ingresar. Ser como Cristo. Y pelearse y confrontar con los sistemas religiosos fue una parte de su ministerio. Que lo sea del tuyo también. Si te atreves, claro.

2/06/2012

Semejanza


Hay algo que no se aprende en los templos sino en las calles, alternando con gente de todos los niveles espirituales. Ahí es donde disciernes que, ser semejantes a Cristo, quiere decir reconocer a Jesús en otros. Seguramente al igual que tú, he conocido muchos hombres y mujeres preciosos, quienes, yo sé, están completamente entregados al Señor. En el momento en que los conoces, tu corazón salta. Aunque nunca antes se hayan conocido, tienes el testimonio del Espíritu Santo que ellos están llenos de Cristo. Aun puedo ver algunos de esos rostros. Y en el momento en que los conozco, me doy cuenta sin que se haya dicho ni una sola palabra: “Este hombre ha estado con Jesús. Esta mujer ha satisfecho a Cristo”. Al saludarlos, siempre digo esas palabras que tanto quisiera que otros me digan: “Hermano, hermana, puedo ver a Jesús en ti”. La semejanza a Cristo tiene que ver con la manera en la que tratas a los que no son tu familia, amándolos como Él nos ama. También quiere decir amar a nuestros enemigos, a aquéllos que nos aborrecen, que nos utilizan humillándonos, que no son capaces de amarnos. Y debemos hacerlo, sin esperar nada a cambio. Este tipo de amor, es imposible, en términos humanos. No existen libros que nos enseñen cómo hacerlo, ni tampoco un patrón de principios o algún tipo de inteligencia humana que nos instruya a amar a nuestros enemigos como Cristo nos amó. Sin embargo se nos ordena hacerlo. Y debemos hacerlo con un propósito creciente. Así que, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo puedo amar al hombre que me escupió en la cara en la calle porque no le di una moneda para beber? ¿Cómo puedo amar a los homosexuales que desfilan por la Quinta Avenida llevando pancartas que dicen: “Jesús Era Gay”? ¿Cómo puedo de verdad amarlos en Cristo? Ni siquiera sé cómo amar a otros cristianos en mis propias fuerzas. Tiene que ser la obra del Espíritu Santo. Jesús oró al Padre: Para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Cristo le pide al Padre que ponga Su amor en nosotros. Y nos promete que el Espíritu Santo nos mostrara cómo vivir en ese amor. El Espíritu Santo juntará fielmente todas las formas en las que Cristo amó a otros y nos las mostrará.  De hecho, el Espíritu se deleita en enseñarnos más acerca de Jesús. Esa es la razón por la que Él mora en nuestros templos corporales: para enseñarnos a Cristo. vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros… él os enseñará todas las cosas (Juan 14:17,26). Las personas amables se caracterizan así porque pueden ser amadas sin esfuerzo. Son las otras las que darán testimonio de que hay un retazo de Jesús en tu vida. Eso es semejanza.

2/05/2012

Recompensa


Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas (Mateo 25:1-2). Si Tú eres honesto, estarás de acuerdo con esta palabra: “Sí, esta parábola me describe. Me he vuelto ocioso. No quiero llegar a ser una virgen insensata y deslizarme. Quiero estar listo mientras el día del Señor se acerca”. Si quiere ser una virgen sabia, hay dos pasos que debe tomar. Son simples, pero no pueden ser pasados por alto. Haz de Cristo el centro de tu pensamiento. Que el Señor esté en todos tus pensamientos. Cuando despiertes en la mañana, susurra su nombre. En la noche mientras vas a la cama, clama a Él en tus pensamientos y en tus rodillas. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad  (Filipenses 4:8). Que este verso sea la base de una simple oración durante todo el día: “Jesús, tú eres verdad, honesto, justo, puro, amoroso. Tú eres mis Buenas Noticias”. Pablo escribe: El Señor conoce los pensamientos de los sabios (1 Corintios 3:20). Dios registra todos tus pensamientos. Él sabe cada vez que tú piensas en Él. Así que dale todos tus pensamientos de “gracias”. No te olvides que, en contra de lo que mayoritariamente hemos aprendido y hasta enseñado, no había cinco vírgenes creyentes y cinco incrédulas, ¡Las diez eran creyentes! ¿Por qué digo esto? Porque las diez tenían lámpara (Luz de revelación) y aceite (Que es unción). Sólo la mitad de ellas amaba la verdad y entonces no sufrió engaños, mientras que la otra mitad se dejó estar, supuso que ya había logrado el éxito y se perdió la bendición de ver y entrar al Reino. ¿Y su salvación? No hablamos de eso, aprende a diferenciar lo uno de lo otro. La salvación es por favor de Dios, sin que tú ni merezcas ni hagas nada por obtenerla.  El ingreso al Reino, en cambio, es por decisión, obediencia y, al pagar un precio a veces alto por conseguirlo, accedes a las más inimaginables recompensas que esperan por ti en los cielos. ¿Puedes creerlo? Sería bueno que hoy comenzaras a hacerlo.

2/03/2012

Pueblo


Lo de hoy es muy breve. Breve y contundente, como generalmente suele ser lo que Dios habla. Y te lo comparto tal cual lo recibí para que no pierda sentido ni fuerza divina. Ha dicho el Señor: “En mi pueblo tiene que haber Pastores, porque mis ovejas necesitan quien las cuide, quien se interese por ellas, quien las ame, quien las proteja y quien llegue a arriesgar su propia vida por cada una de ellas. En mi pueblo tiene que haber Ministros, porque  ministrar quiere decir servir. Por lo tanto, en mi pueblo tiene que haber Siervos, cuyas características principales son la Obediencia y la Humildad. En mi pueblo también hay muchos Hijos, cuyas características esenciales son: tener intimidad y relación diaria y fluida conmigo, saber con precisión y certeza lo que yo pienso y lo que yo quiero, y amar lo que yo amo y aborrecer lo que yo aborrezco. Estas son las bases de mi pueblo. Si en él hubieran pastores, ministros, siervos o hijos que no cumplen medianamente estos requisitos, no los sigas ni los obedezcas, ya que son lobos muy bien disfrazados de ovejas, pero lobos al fin.” Te sugiero leer esto más de una vez, reflexionarlo, orarlo y, si lo deseas o necesitas, pedir al Señor que te lo confirme. Una vez que lo haga, porque lo hará, no te quedará otro margen que tenerlo muy en cuenta y obedecerle. Amén.

2/01/2012

Inteligencia


Habló Nabucodonosor y les dijo…si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos? (Daniel 3:14–15). Los amigos de Daniel estaban enfrentando la peor crisis que cualquier ser humano podría enfrentar. Si Dios no venía y los libraba milagrosamente, ¡ellos estarían muertos! ¿Qué cosa haría venir a Cristo en medio de tu crisis? Él viene cuando tú haces el mismo compromiso que hicieron los tres jóvenes hebreos: [Ellos]… respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano…nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado (versículos 16–18). En otras palabras: No hay salida. Si Dios no hace un milagro, estaremos muertos. Sin embargo, ¡Nuestro Dios es capaz de librarnos de esta feroz crisis!, pero aún si no lo hiciera, no le daremos la espalda. ¡Vivos o muertos, confiaremos en Él! Amados, éste es el tipo de fe que hace que los ángeles se regocijen y bendice el mismo corazón de Dios. Es una fe que dice: “Señor, estoy convencido, plenamente persuadido de que tú eres capaz de librarme. Si tan sólo dices una palabra, todo esto terminará. Pero si no es así, no voy a correr. No voy a echarte la culpa de abandonarme. Permaneceré fiel y veraz. Tus caminos son más altos que los míos, Señor, y mi vida está en tus manos. ¡Aunque me matares, en ti confiaré!”. Esto es lo que hace que Cristo te visite en medio de tu crisis, la confianza completa de que ¡Él es capaz de rescatarnos y librarnos de cualquier crisis! Es la confianza de saber que, no importa lo que venga, estamos en sus manos. Ese es nuestro verdadero reaseguro cuando las cosas no funcionan como deberían. Después estarán los hombres en los cuales depositamos nuestra confianza, ya sea en maestría, en liderazgo o en lo que dudosamente llamamos cobertura. Podremos acudir a ellos buscando intercesión y respaldo, si lo deseamos. Pero de ninguna manera darles prioridad por sobre Cristo, que es lo que tristemente más hemos estado acostumbrados a hacer. ¿Será por eso que Dios no ha podido moverse con poder en nuestros ambientes? No lo sé, sería irresponsable decir que sí con los elementos que poseemos. Pero de todos modos, mal no nos vendrá recordar lo otro: que antes que el Señor no hay nadie, absolutamente nadie, se llame como se llame, represente lo que represente y posea la autoridad que diga poseer.