2/12/2012

Misericordia


Muchas son tus misericordias, oh Jehová  (Salmo 119:156).  Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras  (145:8-9). Yo quiero preguntarte algo que me he estado preguntando, a mí mismo, últimamente: ¿Eres una persona misericordiosa? La mayoría de nosotros contestaría, “Sí, yo creo ser misericordioso. Al alcance de mis habilidades, yo simpatizo con aquellos que sufren. Yo siento el dolor de mis hermanos y hermanas en Cristo que están sufriendo, y trato de ayudarlos. Yo hago lo posible por ayudar a mis vecinos cuando lo necesitan. Y cuando las personas me hieren, yo los perdono y no les guardo rencor.”  Muy bien; yo creo que todos los verdaderos cristianos tienen una buena medida de misericordia por los perdidos y por los que están en dolor. Yo agradezco a Dios por eso. Pero la triste verdad es que, la Palabra de Dios expone en muchos de nosotros raíces profundas de parcialidad y conceptos muy limitados de misericordia. La mayoría de las religiones que proclaman temer a Dios tienen un credo de doctrina que dice, “Las amorosas y tiernas misericordias de Dios se extienden para toda la humanidad.” Como seguidores de Jesús, nosotros hablamos mucho acerca de sus tiernas misericordias hacia todo el mundo. Pero esta es la verdad: Hay muchas personas a los cuales un largo número de cristianos los limitan de la misericordia de Dios. Me vienen a la mente las prostitutas que trabajan en lugares sin Dios. Pienso en personas en el África y otros continentes que están muriéndose con SIDA. Pienso en homosexuales que viven con corazones destrozados y en angustia mental, con problemas en sus vidas y emborrachándose hasta perder conciencia para cubrir su dolor. De lo que leo en las Escrituras, no puedo aceptar que mi Salvador rechazaría alguna vez el clamor desesperado de  una prostituta, un homosexual, un adicto a las drogas, o un alcohólico que ha llegado al fondo. Sus misericordias son ilimitadas: no tienen fin. Así que, como iglesia que somos de él – representante de Cristo en la tierra – no podemos rechazar a nadie que clama por misericordia y liberación. Tal vez no nos demos cuenta de estas parcialidades hasta que súbitamente están delante de nuestro rostro, confrontándonos con la verdad acerca de nuestros corazones. Mientras tú consideras esto en tu propia vida, yo te pregunto nuevamente: ¿Eres una persona misericordiosa, tierna y amorosa? Me imagino a muchos lectores diciendo, “Sí.” Pero pregunta a aquellos alrededor tuyo – tu familia, tus compañeros de trabajo, tus amigos y vecinos, tus amigos de otras razas – y mira cómo responden. En la congregación que la fue la última a la que concurrimos por casi quince años, un día llegó un joven que, en el púlpito, dio testimonio de conversión, pero añadiendo que padecía de SIDA. Un día, una hermana, madre de un hijo pequeño, lo vio salir del sanitario. Puso el grito en el cielo, presionó al pastor y a los diáconos para hacer que expulsaran a ese muchacho porque, la probabilidad de un contacto con él, -dijo- hacía peligrar la salud de su hijo. La iglesia, formalmente y con una enorme sonrisa repleta de hipocresía, lo invitó a retirarse, aunque muy “misericordiosamente”, pusieron en sus manos decenas de tratados que debería leer para ser salvo. ¿Onomatopeya adecuada para el caso? ¡¡Puaj!!

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