Muchas son tus
misericordias, oh Jehová (Salmo
119:156). Clemente
y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno
es Jehová para con todos, y sus
misericordias sobre todas sus obras (145:8-9). Yo quiero preguntarte algo que me he estado
preguntando, a mí mismo, últimamente: ¿Eres una persona misericordiosa? La
mayoría de nosotros contestaría, “Sí, yo
creo ser misericordioso. Al alcance de mis habilidades, yo simpatizo con
aquellos que sufren. Yo siento el dolor de mis hermanos y hermanas en Cristo
que están sufriendo, y trato de ayudarlos. Yo hago lo posible por ayudar a mis
vecinos cuando lo necesitan. Y cuando las personas me hieren, yo los perdono y
no les guardo rencor.” Muy bien; yo
creo que todos los verdaderos cristianos tienen una buena medida de
misericordia por los perdidos y por los que están en dolor. Yo agradezco a Dios
por eso. Pero la triste verdad es que, la Palabra de Dios expone en muchos de
nosotros raíces profundas de parcialidad y conceptos muy limitados de
misericordia. La mayoría de las religiones que
proclaman temer a Dios tienen un credo de doctrina que dice, “Las amorosas y tiernas misericordias de
Dios se extienden para toda la humanidad.” Como seguidores de Jesús,
nosotros hablamos mucho acerca de sus tiernas misericordias hacia todo el
mundo. Pero esta es la verdad: Hay muchas personas
a los cuales un largo número de cristianos los limitan de la misericordia de
Dios. Me vienen a la mente las
prostitutas que trabajan en lugares sin Dios. Pienso en personas en el
África y otros continentes que están muriéndose con SIDA. Pienso en homosexuales
que viven con corazones destrozados y en angustia mental, con problemas en sus
vidas y emborrachándose hasta perder conciencia para cubrir su dolor. De lo que
leo en las Escrituras, no puedo aceptar que mi Salvador rechazaría alguna vez
el clamor desesperado de una prostituta,
un homosexual, un adicto a las drogas,
o un alcohólico que ha llegado al
fondo. Sus misericordias son ilimitadas: no tienen fin. Así que, como iglesia
que somos de él – representante de Cristo en la tierra – no podemos rechazar a
nadie que clama por misericordia y liberación. Tal vez no nos demos cuenta de estas parcialidades hasta que súbitamente
están delante de nuestro rostro, confrontándonos con la verdad acerca de
nuestros corazones. Mientras tú consideras esto en tu propia vida, yo te
pregunto nuevamente: ¿Eres una persona misericordiosa, tierna y amorosa? Me
imagino a muchos lectores diciendo, “Sí.”
Pero pregunta a aquellos alrededor tuyo – tu familia, tus compañeros de
trabajo, tus amigos y vecinos, tus amigos de otras razas – y mira cómo
responden. En la congregación que la fue la última a la que concurrimos por
casi quince años, un día llegó un joven que, en el púlpito, dio testimonio de
conversión, pero añadiendo que padecía de SIDA. Un día, una hermana, madre de
un hijo pequeño, lo vio salir del sanitario. Puso el grito en el cielo,
presionó al pastor y a los diáconos para hacer que expulsaran a ese muchacho
porque, la probabilidad de un contacto con él, -dijo- hacía peligrar la salud
de su hijo. La iglesia, formalmente y con una enorme sonrisa repleta de
hipocresía, lo invitó a retirarse, aunque muy “misericordiosamente”, pusieron
en sus manos decenas de tratados que debería leer para ser salvo. ¿Onomatopeya
adecuada para el caso? ¡¡Puaj!!

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