Recuerdo que en la década de los años noventa, un predicador enorme llegado del exterior, y que entonces se presentaba como profeta del Señor, aunque luego los hombres (Y tal vez él mismo, contrariando lo que durante tanto tiempo enseñó) rotularan como Apóstol, nos sacudía la cabeza en cada mensaje, en cada estudio.
Era como si algo que conocíamos, que habíamos leído cien veces, que habíamos comentado, enseñado, predicado y difundido por doquier, de pronto, por imperio nada más que de una poderosa unción magisterial que emanaba de su voluminosa figura, cambiara abruptamente delante de nuestros ojos haciéndonos pensar y luego decir en alta voz: ¿Pero como no lo vi antes?
Todavía no sabíamos nada o casi nada del significado real de la palabra Revelación. Creíamos, al igual que sinceros miembros de pequeñas iglesias muy bulliciosas, que una revelación debía llegar en medio de un éxtasis, con temblores sacudiendo nuestros cuerpos, ángeles ascendiendo y descendiendo ante nuestros ojos y brillantes y refulgentes luces blancas mostrándonos a figuras que podríamos seguramente definir y denominar.
Mientras ese maravilloso don fue tomando cuerpo en cada uno de nosotros, lo único que podíamos hacer era desvivirnos por ir a escucharlo donde quiera que predicase. Podíamos caminar calles y calles o viajar cientos de kilómetors con tal de ir a oir a ese predicador y, seguramente, aprender algo nuevo y repetir, una vez más: "¿Pero como no lo vi antes?"
Un día, cuando ya se estaba despidiendo para retornar a su patria, y ante el acoso de nuestra parte con respecto a que se quedara un día más, nos preguntó para qué queríamos que se quedara. Casi a coro le respondimos que deseábamos que se quedara para que pudiera predicarnos un día o dos más.
Entonces, mostrando una doble hilera de blancos dientes brillantes que impactaban en su rostro moreno y en una amplia sonrisa divertida, nos hizo la pregunta que cambió la vida de muchos, más que sus propios estudios. Dijo: "¿Para que quieren que les de más palabra y alimento, si todavía no han puesto en práctica ni un cinco por ciento de lo que les he enseñado hasta ahora?"
Ese día, yo aprendí que la Biblia no era un libro mágico que solamente se abría ante los pases mágicos de un predicador...también mágico. Allí supe que los tesoros escondidos prestos a ser revelados por el Espíritu Santo de Dios, estaban al alcance de todo aquel que decidiera confiar en ello e invertir mucho de su tiempo en buscarlo, investigarlo o, en fin, como está demandado: escudriñarlo.
Empecé a hacerlo y, con el correr de los tiempos y casi sin proponérmelo, en cierta área donde yo cumplía mis labores ministeriales, comencé a tomar el sitio de ese hombre. Ahora la gente me esperaba a mí y no quería que yo me fuera sin que les enseñara algo más. Allí pude entenderlo a él y eso me sirvió para modificar mis propias conductas.
En mi Web hay mucho material, hay mucho alimento, hay mucha Palabra activa y también mucha revelación. La mayoría de ustedes la ha oído o leído y, seguramente, habrá sido impactada por ella como yo lo fui en mis comienzos. ¿Y ahora que? ¿Esperar que termine el trabajo grande que me tiene ocupado a full para que sume estudios escritos y audios, o empezar -como una vez decidí hacer yo- a escudriñar la Palabra sin otro auxilio que el del Espíritu Santo?
Yo creo que si un creyente tiene intensidad por tener una vida santa, si desea darle todo o su todo al Señor, sólo puede haber una razón por la que él falla en disfrutar las bendiciones y la libertad prometidas por el morar del Espíritu Santo. Esa razón es incredulidad.
Hoy, recién hoy, a tantos años del paso de aquel enorme predicador que marcara mi vida y al que de tanto en tanto volvemos a oír en sus viejos audios porque siempre aprendemos algo más, pude entender que mi insistencia en recalar en él y no intentarlo yo, era simplemente por incredulidad de mi parte. Suponer que Dios tiene a gente selecta para usar en nuestro cómodo beneficio, sin terminar de creer en la Palabra que nos asegura que él no hace acepción de personas.
Disfruto haciendo esto. Disfruto de ser canal de bendición para tantos y tantos hermanos en tantos y tantos países del planeta. ¡Gloria a Dios por internet! Pero mucho más disfruto cuando, de tanto en tanto, uno de mis lectores me cuenta que, sin dejar de escuchar o leer mis trabajos si eso le satisface, ha comenzado a orar, ayunar, disciplinarse y escudriñar por su propia cuenta, tal como le ha sido demandado desde el principio.
Eso es un santo maduro, que es la traducción de la palabra que en la Biblia leemos como "perfecto". Por lo tanto, esa es la razón de todo ministerio del Señor. Perfeccionar, (que es madurar) a los santos. ¿Sabes que? Tú eres uno de esos santos. ¿Lo puedes creer? Más te vale que lo creas, ya que allí está la llave de toda revelación futura.
Era como si algo que conocíamos, que habíamos leído cien veces, que habíamos comentado, enseñado, predicado y difundido por doquier, de pronto, por imperio nada más que de una poderosa unción magisterial que emanaba de su voluminosa figura, cambiara abruptamente delante de nuestros ojos haciéndonos pensar y luego decir en alta voz: ¿Pero como no lo vi antes?
Todavía no sabíamos nada o casi nada del significado real de la palabra Revelación. Creíamos, al igual que sinceros miembros de pequeñas iglesias muy bulliciosas, que una revelación debía llegar en medio de un éxtasis, con temblores sacudiendo nuestros cuerpos, ángeles ascendiendo y descendiendo ante nuestros ojos y brillantes y refulgentes luces blancas mostrándonos a figuras que podríamos seguramente definir y denominar.
Mientras ese maravilloso don fue tomando cuerpo en cada uno de nosotros, lo único que podíamos hacer era desvivirnos por ir a escucharlo donde quiera que predicase. Podíamos caminar calles y calles o viajar cientos de kilómetors con tal de ir a oir a ese predicador y, seguramente, aprender algo nuevo y repetir, una vez más: "¿Pero como no lo vi antes?"
Un día, cuando ya se estaba despidiendo para retornar a su patria, y ante el acoso de nuestra parte con respecto a que se quedara un día más, nos preguntó para qué queríamos que se quedara. Casi a coro le respondimos que deseábamos que se quedara para que pudiera predicarnos un día o dos más.
Entonces, mostrando una doble hilera de blancos dientes brillantes que impactaban en su rostro moreno y en una amplia sonrisa divertida, nos hizo la pregunta que cambió la vida de muchos, más que sus propios estudios. Dijo: "¿Para que quieren que les de más palabra y alimento, si todavía no han puesto en práctica ni un cinco por ciento de lo que les he enseñado hasta ahora?"
Ese día, yo aprendí que la Biblia no era un libro mágico que solamente se abría ante los pases mágicos de un predicador...también mágico. Allí supe que los tesoros escondidos prestos a ser revelados por el Espíritu Santo de Dios, estaban al alcance de todo aquel que decidiera confiar en ello e invertir mucho de su tiempo en buscarlo, investigarlo o, en fin, como está demandado: escudriñarlo.
Empecé a hacerlo y, con el correr de los tiempos y casi sin proponérmelo, en cierta área donde yo cumplía mis labores ministeriales, comencé a tomar el sitio de ese hombre. Ahora la gente me esperaba a mí y no quería que yo me fuera sin que les enseñara algo más. Allí pude entenderlo a él y eso me sirvió para modificar mis propias conductas.
En mi Web hay mucho material, hay mucho alimento, hay mucha Palabra activa y también mucha revelación. La mayoría de ustedes la ha oído o leído y, seguramente, habrá sido impactada por ella como yo lo fui en mis comienzos. ¿Y ahora que? ¿Esperar que termine el trabajo grande que me tiene ocupado a full para que sume estudios escritos y audios, o empezar -como una vez decidí hacer yo- a escudriñar la Palabra sin otro auxilio que el del Espíritu Santo?
Yo creo que si un creyente tiene intensidad por tener una vida santa, si desea darle todo o su todo al Señor, sólo puede haber una razón por la que él falla en disfrutar las bendiciones y la libertad prometidas por el morar del Espíritu Santo. Esa razón es incredulidad.
Hoy, recién hoy, a tantos años del paso de aquel enorme predicador que marcara mi vida y al que de tanto en tanto volvemos a oír en sus viejos audios porque siempre aprendemos algo más, pude entender que mi insistencia en recalar en él y no intentarlo yo, era simplemente por incredulidad de mi parte. Suponer que Dios tiene a gente selecta para usar en nuestro cómodo beneficio, sin terminar de creer en la Palabra que nos asegura que él no hace acepción de personas.
Disfruto haciendo esto. Disfruto de ser canal de bendición para tantos y tantos hermanos en tantos y tantos países del planeta. ¡Gloria a Dios por internet! Pero mucho más disfruto cuando, de tanto en tanto, uno de mis lectores me cuenta que, sin dejar de escuchar o leer mis trabajos si eso le satisface, ha comenzado a orar, ayunar, disciplinarse y escudriñar por su propia cuenta, tal como le ha sido demandado desde el principio.
Eso es un santo maduro, que es la traducción de la palabra que en la Biblia leemos como "perfecto". Por lo tanto, esa es la razón de todo ministerio del Señor. Perfeccionar, (que es madurar) a los santos. ¿Sabes que? Tú eres uno de esos santos. ¿Lo puedes creer? Más te vale que lo creas, ya que allí está la llave de toda revelación futura.


