Pero yo
os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio, pues por tus palabras serás
justificado, y por tus palabras serás
condenado (Mateo 12:36-37).
A veces
parece que pensamos que las palabras que pronunciamos simplemente caen al vacío y mueren, o se desvanecen en el aire, o se convierten en nada. Que
son algo así como burbujas de jabón que se diluyen en el aire. Pero, ¡no! Nuestras palabras perduran - ¡ellas no mueren!
Tú
puedes decir, “Pero yo solamente dije
este chisme a un amigo y él prometió no mencionárselo a nadie. Con él terminó.” No,
¡eso no sucederá! Cada palabra que usted y yo pronunciamos
está grabada, escrita en la eternidad, y
nosotros las escucharemos todas repetirse en el día del juicio.
Un
viejo predicador solía decir, a modo de broma, que cuando fuéramos a la
presencia del Señor en el día postrero, (Tanto en el individual como el
masivo), cada palabra ociosa que hubiera salido de nuestra boca, sería propalada
por gigantescos baffles que retumbarían en todo el cielo.
Recuerdo
haber experimentado una profunda convicción tras una conversación con un amigo acerca de un chisme. Lo que dije fue cierto. Se trataba de
una situación moral que tuve que manejar
referente a un ministro. Su nombre fue pronunciado
en la conversación y yo dije, “No confíes
en él. ¡Yo sé algo acerca de él!”
En el
momento en que yo pronuncié eso, me sentí condenado. El Espíritu Santo me susurró al oído, “¡Detente aquí! Nadie necesita saber de esto. No
digas más porque no hay ningún propósito
detrás. A pesar de que es verdad, ¡no lo
repitas!”
Lo que
yo había dicho era ya suficientemente negativo. Pero cuando saqué todos los detalles, yo supe que ¡debí de haberme quedado callado! Me
encontraba profundamente convencido por el
Espíritu Santo. Así que más tarde le
hablé a mi amigo y le dije, “Lo siento, fue un chisme. Estaba fuera de control. Por favor no lo repitas. Intenta no pensar al
respecto.”
¿Acaso
mi pecado es cubierto por la sangre de Jesús? Sí, porque yo reconozco completamente que he pecado y le he permitido al Espíritu Santo
mostrarme parte del orgullo legalista que
aún habita en mi. ¡Le permití que me humillara y me sanara! Hoy, cada vez que voy a decir algo en contra
de alguien, obedezco al Espíritu Santo en
cuanto lo escucho decirme alto y claramente, “¡Detente!”

6 comentarios:
Ah Senor
Cuan cierto es, tambien quiero alcanzar ese desarrollp para callar cuando de hablar de alguien mas se trate. Gracias por esta palabra, ayudame Senor a tener claro este mensaje y a ponerlo por obra
Como mujer y no me escudo por mi genero,sino q es más difícil no hacer comentarios entre nosotras o de nosotras mismas, es una mala fama que en el nombre de Jesús hay que romper. Me esta costando, pero a como tu dices, he empezado a escuchar al Espiritu Santo cuando siento el ímpetu de hablar algo contra mi Herman@, reconozco q otras o muchas veces lo hago. Le pido al Señor q me ayude y que conste que no soy considerada como chismosa. Que tal?
Publicar un comentario