(Lucas 4: 12)= Respondiendo Jesús, le dijo:
Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
Es
cierto; según la Biblia, se echaban suertes para determinar la voluntad de
Dios. En el antiguo Israel se creía que Dios controlaba las piedritas que se
usaban y que de esa manera hablaría a su pueblo.
Es notable que después del
Pentecostés ya no encontramos el uso de suertes para resolver problemas en la
iglesia por cuanto el Espíritu Santo ahora provee la dirección que la iglesia o
el cristiano necesita por medios directos y personales.
Como no existe eso que
llaman suerte, y Dios tiene en sus manos todas las cosas, cuando alguien toma
dinero de Dios, (Porque todo lo que tenemos pertenece a Dios), y lo apuesta a
la ruleta, o a las cartas, está metiéndose en un problema.
Con ello está
diciendo: "¡Señor, arriesgo tu dinero y mi fe, en la esperanza de que la
suerte me favorezca!" Cuando tú actúas de esa manera, pones a Dios a
prueba, lo tientas, y eso es pecado.
El
juego puede destruir a una persona, convirtiéndose en una obsesión y en algo
que crea dependencia, al igual que el alcohol. El jugador habitual arruina a su
familia y su vida, y hay quien ha robado para poder jugar.
El juego puede
convertirse en una enfermedad, la cual ha destruido a decenas de miles de
personas. La indulgencia con el juego en nuestra sociedad le inculca a la gente
que la fama, el éxito y la fortuna se pueden obtener sin trabajar ni
esforzarse.
Las virtudes de la industria, las artes, la inversión inteligente y
la constancia son minadas por este vicio, que abre paso a la ambición, la
codicia, la avaricia, la pereza y la mentalidad de vivir el momento.
Qué triste
es contemplar como algunas legislaturas vinculan sus futuros presupuestos a la
lotería y el juego legalizado, prácticas que socavan las virtudes ciudadanas
necesarias para alcanzar el desarrollo económico y la prosperidad.
Lo peor del caso, es que en algunas ocasiones, los cristianos no han estado demasiado alejados de estos problemas. En una iglesia muy tradicional que conozco, en su historia, hay una anécdota sumamente risueña, que no pasó a mayores, pero que pintó de cuerpo enero al protagonista.
En una asamblea administrativa de esa congregación, se discutía la manera de recaudar fondos o conseguir recursos para erigir un edificio que luego serviría como escuela. Se arrojaban diferentes ideas y cada miembro de la congregación daba la suya.
La anécdota radica en que uno de esos miembros, un hombre con una antigüedad en la iglesia superior a los veinte años, se puso de pie cuando se le autorizó a hablar y dio una moción para: ¡Comprar un billete de lotería y orar para que resultara premiado!
¿Cómo podemos denominar eso? ¿Acaso es una forma de fe? ¿Se entiende que Dios podría bendecirte haciéndote ganar un dinero en un juego de azar? ¿Es que Dios no tendría otra forma más correcta y despojada de ataduras para bendecirte? Sé perfectamente que en muchos hogares cristianos, hoy, todavía no hay ni una respuesta ni una postura clara al respecto.

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