(Lucas 18: 22)= Jesús, oyendo esto, le dijo:
Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás
tesoro en el cielo; y ven, sígueme.
Se ha
enseñado durante muchos años que la santidad y la pobreza van juntas. No
cometeré la irreverencia ética con nadie de decir que eso es mentira, pero
puedo asegurarte que no es toda la verdad. El apóstol Pablo dice: "Sé vivir humildemente y sé tener abundancia". Entonces añadió: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece".
Puedes
tú ser tan santo cuando tu situación financiera es confortable, como cuando eres
pobre. Quizás sea más fácil clamar a Dios cuando se está en necesidad. Pero si
los cristianos santifican a Dios en sus corazones más allá de las
preocupaciones materiales, deben ser capaces de vivir por encima de las
circunstancias que los rodean, ya sean estas de prosperidad o de pobreza.
La
pobreza es una maldición, no una bendición. No es ciertamente un sinónimo de
rectitud. A veces es producto de los horrores de una guerra, de las malas
administraciones de un gobierno regional de carácter injusto o poco previsor.
En
ocasiones es el resultado de una opresión de los ambiciosos y egoístas, o de la
desobediencia humana a los mandamientos divinos, o de ignorar los principios
que encierran las bendiciones de Dios. A veces la pobreza temporal es el
resultado de un ataque satánico o de una seria e inexplicable calamidad.
Cualquiera sea su causa, pobreza y santidad no son equivalentes. Algunos hacen
voluntariamente un voto de pobreza para poder entregarse completamente a Dios.
En tal situación la pobreza se convierte en una bendición para esas personas,
debido a que han renunciado a todos sus bienes materiales para servir al Señor.
Esto,
más que obviamente, si el Señor verdaderamente los ha llamado a esa actitud. De
otro modo, es una auto-flagelación que no llega a ninguna parte del mundo espiritual.
Sin embargo, la simple pobreza no constituye una señal de santidad.
Por
supuesto, lo mismo puede decirse de la riqueza. Los santos son aquellos que
están contentos allí donde Dios los ha situado, y sirven al Señor de todo
corazón, independientemente de las circunstancias materiales que los rodean.

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