En Apocalipsis, Jesús anuncia: ¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el
que guarda las palabras de la profecía de este libro (Apocalipsis 22:7). (¡Y pensar que en
algunas iglesias no les permiten a sus miembros leer Apocalipsis por ser,
-dicen- demasiado profundo)!) Cinco versículos después, Cristo dice: He
aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según
sea su obra (22:12). Acá tenemos el clamor de todo aquél que
anhela expectantemente el regreso de Jesús: Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven
(22:17). Esto se refiere a la novia de Cristo, compuesta por un cuerpo
global de creyentes bajo su señorío. Todos estos siervos son creyentes nacidos
de nuevo, lavados con sangre. Tú preguntarás: “Entiendo que este es el clamor del corazón del creyente, pero ¿por qué
clamaría también el Espíritu Santo: “Ven”, a Jesús?” Es porque ésta fue la
última oración del Espíritu Santo, sabiendo que su obra en la Tierra estaba
casi completa. Tal como Pablo o Pedro, a quienes se les dijo que quedaba poco
tiempo, así también, el Espíritu clama: “Ven,
Señor Jesús”. Así que, ¿Dónde oímos hoy, este clamor
del Espíritu Santo? Viene a través de aquéllos que están sentados juntamente
con Cristo en los lugares celestiales, que viven y andan en el Espíritu, cuyos
cuerpos son templos del Espíritu Santo. El Espíritu clama en ellos y a través
de ellos: “¡Apresúrate, Señor,
ven!” ¿Cuándo fue la última vez que tú oraste:
“Señor Jesús, ven rápido, ven pronto”?
Personalmente, no recuerdo haber hecho esta oración. Nunca supe que podía
apresurar la venida de Cristo, el dejar al Espíritu Santo hacer esta oración a
través mío. Sin embargo, Pedro nos demuestra esta verdad increíble: Esperando
y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos,
encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán (2 Pedro 3:12). En el
griego, la frase: “apresurándoos…la venida del día (aquel día)” significa:
“acelerar, urgir”. Pedro está diciendo que nuestras oraciones expectantes
aceleran y apresuran, poniendo en el Padre, la urgencia de enviar pronto de
regreso a su Hijo. La misericordiosa paciencia del Señor
determina el tiempo de su retorno. Entonces, ¿Significa esto que no debemos
orar por su regreso? No, en lo absoluto. Cristo mismo nos dice: Porque
aquellos días serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de
la creación que Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá. Y si el Señor no
hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; más por causa de los
escogidos que él escogió, acortó aquellos días (Marcos 13:19-20). Imagínate
lo que sucedería si, en todo el mundo, la novia de Cristo se despertara y orara
en el Espíritu: “Jesús, ven”. No
obstante, y a esto también hay que saberlo, su retorno será cuando la iglesia
haya cumplido su cometido. Y a esto también está en nuestras manos apresurarlo.
Porque, -Entiéndase bien- se trata de acelerar el cumplimiento de una promesa,
no de apurar un retorno para un rapto porque ya no podemos con nuestro enemigo.
Lo primero es alinearnos con el Señor; lo segundo, cobardía. Y tú ya sabes
quiénes entran y quiénes no entran en el Reino de los Cielos.

1 comentario:
Preciso.
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