6/04/2012

Retorno


En Apocalipsis, Jesús anuncia: ¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro  (Apocalipsis 22:7). (¡Y pensar que en algunas iglesias no les permiten a sus miembros leer Apocalipsis por ser, -dicen- demasiado profundo)!) Cinco versículos después, Cristo dice: He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra (22:12). Acá tenemos el clamor de todo aquél que anhela expectantemente el regreso de Jesús: Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven (22:17). Esto se refiere a la novia de Cristo, compuesta por un cuerpo global de creyentes bajo su señorío. Todos estos siervos son creyentes nacidos de nuevo, lavados con sangre. Tú preguntarás: “Entiendo que este es el clamor del corazón del creyente, pero ¿por qué clamaría también el Espíritu Santo: “Ven”, a Jesús?” Es porque ésta fue la última oración del Espíritu Santo, sabiendo que su obra en la Tierra estaba casi completa. Tal como Pablo o Pedro, a quienes se les dijo que quedaba poco tiempo, así también, el Espíritu clama: “Ven, Señor Jesús”. Así que, ¿Dónde oímos hoy, este clamor del Espíritu Santo? Viene a través de aquéllos que están sentados juntamente con Cristo en los lugares celestiales, que viven y andan en el Espíritu, cuyos cuerpos son templos del Espíritu Santo. El Espíritu clama en ellos y a través de ellos: “¡Apresúrate, Señor, ven!”  ¿Cuándo fue la última vez que tú oraste: “Señor Jesús, ven rápido, ven pronto”? Personalmente, no recuerdo haber hecho esta oración. Nunca supe que podía apresurar la venida de Cristo, el dejar al Espíritu Santo hacer esta oración a través mío. Sin embargo, Pedro nos demuestra esta verdad increíble: Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán  (2 Pedro 3:12).  En el griego, la frase: “apresurándoos…la venida del día (aquel día)” significa: “acelerar, urgir”. Pedro está diciendo que nuestras oraciones expectantes aceleran y apresuran, poniendo en el Padre, la urgencia de enviar pronto de regreso a su Hijo. La misericordiosa paciencia del Señor determina el tiempo de su retorno. Entonces, ¿Significa esto que no debemos orar por su regreso? No, en lo absoluto. Cristo mismo nos dice: Porque aquellos días serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la creación que Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá. Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; más por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días (Marcos 13:19-20). Imagínate lo que sucedería si, en todo el mundo, la novia de Cristo se despertara y orara en el Espíritu: “Jesús, ven”. No obstante, y a esto también hay que saberlo, su retorno será cuando la iglesia haya cumplido su cometido. Y a esto también está en nuestras manos apresurarlo. Porque, -Entiéndase bien- se trata de acelerar el cumplimiento de una promesa, no de apurar un retorno para un rapto porque ya no podemos con nuestro enemigo. Lo primero es alinearnos con el Señor; lo segundo, cobardía. Y tú ya sabes quiénes entran y quiénes no entran en el Reino de los Cielos.