Frecuentemente recibo correos donde se me consulta, y
se me pide consejo, respecto a una u otra situación personal, emocional o
sentimental. Respondo lo mejor que puedo, conforme a lo que la Palabra diga al
respecto, pero no soy ni puedo ser certero con asuntos ajenos, nadie lo es. Soy
un convencido que la consejería cristiana apenas es un promocional ministerial,
pero nunca una salida. No hay hombre capaz de decirle a otro hombre como debe o
no debe vivir su propia vida. Ni Dios lo hace. ¿Entonces? Entonces nos queda la
comida de Dios para solucionar nuestros asuntos. ¿La comida de Dios? ¿Y qué
come Dios? Jesús respondió a la petición de fe por parte de sus discípulos, de
esta forma. Él les dijo: ¿Quién de
vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del
campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame
la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto,
come y bebe tú?...Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha
sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer,
hicimos (Lucas 17:7-8,10). Cristo se refiere, en este pasaje, a nosotros, sus
siervos, y a Dios, nuestro Amo. Nos está diciendo que nosotros que debemos
alimentar a Dios. Una vez más, la pregunta, es: “¿Qué tipo de comida, se supone
que debemos traerle al Señor? ¿Qué cosa sacia su hambre? La Biblia nos dice: Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). En palabras simples, el plato
más deleitoso de Dios es la fe. Esa es la comida que le agrada. Lo vemos ilustrado a lo largo de las Escrituras.
Cuando el centurión le pidió a Jesús que sane a su criado enfermo con sólo
decir la palabra, Cristo disfrutó el banquete de la fe vibrante de este hombre.
El replicó: De cierto os digo, que ni aun
en Israel he hallado tanta fe (Mateo 8:10). Jesús estaba diciendo: “He aquí un gentil, un extranjero, que está
alimentando mi espíritu. ¡Qué cena tan nutritiva me está dando la fe de este
hombre!”. Noto en las palabras de Jesús, una declaración brusca: “Tú no comes primero, sino Yo”. En otras palabras, no debemos
consumir nuestra fe en nuestros propios intereses y necesidades. Por el
contrario, nuestra fe debiera saciar el hambre de nuestro Señor. “Prepárame la cena…y sírveme hasta que haya
comido y bebido; y después de esto, come y bebe tu”. Si lo has entendido,
estás caminando hacia el genuino Reino de los Cielos. Si no lo ha entendido,
aun estás en tu YO.

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