Ayer salí a hacer mi caminata de todas las tardes por
el gran parque donde más a menudo vamos con mi esposa. Claro está, por ser
domingo había más gente que de costumbre, y por estar relativamente fresco el
clima (Asunto raro en mi ciudad en estas épocas), muchos más. Allí nos
encontramos con María (No es su nombre real, es ficticio porque no tengo su
permiso para hablar de ella). La conocemos desde hace más de veinte años,
cuando ella era poco más que una niña y nosotros, ya adultos, algo así como líderes
en una de nuestras últimas iglesias. Nos habló de sus hijos, de sus padres y…de
su abuela. Su abuela, ahora ya muy mayor, era su adoración cuando jovencita.
Recuerdo que solía venir a nuestra casa a buscar apoyo de oración en su
búsqueda de un buen varón que fuera su esposo, y nos contaba que solamente su
amada abuelita la entendía y ayudaba a orar. Finalmente encontró ese hombre; un
buen muchacho con el cual estuvo de novia, se casó y fundó una familia. Con el
correr de los tiempos ella militó en otra congregación y allí encontró su lugar
en el mundo, convirtiéndose en líder, no sé muy bien si de jóvenes, de
matrimonios o de alabanza. La mirábamos y casi no reconocíamos a aquella
jovencita dulce y hambrienta de amor puro y sincero. Ahora estábamos viendo a
una mujer ya adulta, con los problemas de todo el mundo y, además, con algunas
muestras de fastidio para con sus padres, hermanos y…su abuela. La anciana se
olvida de las cosas, se ha vuelto un poco terca y no se comporta como a ellos
les gustaría que lo haga. Coincidimos en que los años no suelen venir solos
para mucha gente y que, en su grado de amor y paciencia, más una misericordia
que no puede estar ausente en modo alguno de ningún creyente, hay un reaseguro
de vida para aquellos que ya están transitando sus últimos metros en este
ámbito terrenal y aguardan el día en que el Padre celestial los llamará a su
lado. Nos despedimos y no fue precisamente gozo lo que nos quedó, pero
entendimos que ciertas cuestiones son casi una regla constante para una
sociedad demasiado ocupada y preocupada en sobrevivir crisis. La única duda que
nos quedó flotando en nuestras mentes y corazones, fue: ¿También nosotros, los
que decimos ser hijos de un Dios de amor podemos o debemos adaptarnos a esos
rudimentos? ¿No tendremos otra forma de vida para mostrar a un mundo hambriento
de amor y compasión? Sí; desde afuera del problema es fácil opinar, pero… ¿Nos
cuesta tanto hacer ese esfuerzo? O más: ¿No lo merecen aquellos que aportaron
de su experiencia, su paciencia y su amor para nuestro crecimiento natural y
espiritual?

No hay comentarios.:
Publicar un comentario