12/19/2011

Abuelos


Ayer salí a hacer mi caminata de todas las tardes por el gran parque donde más a menudo vamos con mi esposa. Claro está, por ser domingo había más gente que de costumbre, y por estar relativamente fresco el clima (Asunto raro en mi ciudad en estas épocas), muchos más. Allí nos encontramos con María (No es su nombre real, es ficticio porque no tengo su permiso para hablar de ella). La conocemos desde hace más de veinte años, cuando ella era poco más que una niña y nosotros, ya adultos, algo así como líderes en una de nuestras últimas iglesias. Nos habló de sus hijos, de sus padres y…de su abuela. Su abuela, ahora ya muy mayor, era su adoración cuando jovencita. Recuerdo que solía venir a nuestra casa a buscar apoyo de oración en su búsqueda de un buen varón que fuera su esposo, y nos contaba que solamente su amada abuelita la entendía y ayudaba a orar. Finalmente encontró ese hombre; un buen muchacho con el cual estuvo de novia, se casó y fundó una familia. Con el correr de los tiempos ella militó en otra congregación y allí encontró su lugar en el mundo, convirtiéndose en líder, no sé muy bien si de jóvenes, de matrimonios o de alabanza. La mirábamos y casi no reconocíamos a aquella jovencita dulce y hambrienta de amor puro y sincero. Ahora estábamos viendo a una mujer ya adulta, con los problemas de todo el mundo y, además, con algunas muestras de fastidio para con sus padres, hermanos y…su abuela. La anciana se olvida de las cosas, se ha vuelto un poco terca y no se comporta como a ellos les gustaría que lo haga. Coincidimos en que los años no suelen venir solos para mucha gente y que, en su grado de amor y paciencia, más una misericordia que no puede estar ausente en modo alguno de ningún creyente, hay un reaseguro de vida para aquellos que ya están transitando sus últimos metros en este ámbito terrenal y aguardan el día en que el Padre celestial los llamará a su lado. Nos despedimos y no fue precisamente gozo lo que nos quedó, pero entendimos que ciertas cuestiones son casi una regla constante para una sociedad demasiado ocupada y preocupada en sobrevivir crisis. La única duda que nos quedó flotando en nuestras mentes y corazones, fue: ¿También nosotros, los que decimos ser hijos de un Dios de amor podemos o debemos adaptarnos a esos rudimentos? ¿No tendremos otra forma de vida para mostrar a un mundo hambriento de amor y compasión? Sí; desde afuera del problema es fácil opinar, pero… ¿Nos cuesta tanto hacer ese esfuerzo? O más: ¿No lo merecen aquellos que aportaron de su experiencia, su paciencia y su amor para nuestro crecimiento natural y espiritual?

No hay comentarios.: