Vestíos de toda la armadura de
Dios para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo (Efesios
6:11).
Mucho se ha predicado y enseñado
respecto a la famosa “armadura de Dios”, especialmente en todos aquellos que
incursionan o desean incursionar en lo que llamamos “la guerra espiritual”. Sin
embargo, no todos han prestado debida atención a sus estados íntimos y
personales a la hora de emprender la batalla.
Han tomado con ligereza a esa
guerra, viéndola más como una fantasía de ciencia-ficción ilustrada que como
una realidad cotidiana, dura y a veces trágica. De allí que esta simbólica
carta a Jesús de alguien en estado de plena humildad que encontré entre tanta
cosa que anda girando en la cibernética, pueda darte una mejor claridad al
respecto. Dice así:
“Querido Jesús, Tú me dices que
resista al diablo y él huirá de mí, pero yo no tengo ningún poder de
resistencia. Tú eres el que tiene todo el poder y la resistencia que pueda
necesitar, así que te ruego que me des ese poder para resistir. Tú dijiste que podía mover montañas si yo tuviera fe inclusive del tamaño de un grano
de mostaza; sin embargo, mi montaña no se moverá, a pesar de que mi fe en ti es
tan grande como la puedo concebir.
Tú hiciste los cielos y la
tierra; por favor, mueve mi montaña. Tu dijiste: "Huid del mal!" así
que corrí a toda prisa, pero el pecado me alcanzó en mi mejor momento de
esfuerzo. Tú tienes el poder sobre todo el poder del enemigo, con milagros,
señales y prodigios., líbrame de la trampa de Satanás. Aún no tengo la fuerza para
ponerme toda la armadura, así que por favor, cual escudero, ¡Vísteme! Haz por
mí lo que yo sé que no puedo hacer por mí mismo.”
Vivimos predicando, proclamando,
difundiendo, anunciando y hasta vociferando respecto a la libertad en Cristo,
fundamentalmente los que hemos dejado atrás las castrantes estructuras de la
religión hueca y vacía.
Sin embargo, una gran mayoría de
nosotros aún no ha entendido que, libertad en Cristo es, esencial y
precisamente, absoluta dependencia de Él. Si no nos mantenemos aferrados a su
mano, y nos postramos con total y absoluta transparencia y humillación a sus pues,
tal como lo hace el anónimo autor de esa simbólica carta, muy difícilmente
podremos acceder a esa clase de poder, ser vestidos con esa invencible armadura
divina y cumplir en la realidad lo que tantas veces hemos repetido sin vivir:
en Cristo somos más que vencedores.
¿Podrás decir amén? Hazlo, pero
sólo si te comprometes a ponerlo por obra. Si no lo tienes claro, entonces por
ahora calla, no digas nada. Aún estás desnudo. Y ningún soldado pelea y gana
una guerra sin ropas.











