Durante muchos años
trabajé en una empresa alejada de mi domicilio. Debía viajar 70 kilómetros de
ida y los mismos de retorno para cumplir laboralmente. Era muy fatigoso y allí
pude aprender, en alguna medida, lo que realmente significa esa palabra del
título: reposo. No es ocio, no es holgazanería ni sedentarismo como algunos
pretenden ver; es un descanso merecido, obligado y necesario para el
acomodamiento corporal, pero también mental y espiritual. Hay algo sobre esto. Por
tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios, porque el que ha entrado en su
reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas (Hebreos
4:9-10). Tú puedes preguntarte, “¿Qué
significado tiene entrar en este reposo prometido? ¿Cómo debe de reflejarse en
mi vida?” Debemos orar para que Dios remueva las escamas de nuestros ojos y
nos permita captar esto. Para ponerlo de una manera simple, entrar al descanso
prometido por Dios significa confiar totalmente que Cristo ha hecho todo el
trabajo de salvación para ti. Tú debes descansar en la gracia salvadora de él,
sólo por fe. Es simple; no es sencillo. Casi todos lo saben, muy pocos lo
ejecutan. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando él anima, Venid
a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar (Mateo
11:28). Esto significa el fin de todos los esfuerzos de tu carne, de
todos tus esfuerzos humanos para obtener paz. Y significa depender totalmente en
el trabajo de Jesús por ti. Nuestra lucha no es contra sangre y carne. Toma
lugar en el ámbito espiritual. El Antiguo Testamento lo pone esto tan claro como
el cristal. Una y otra vez, Israel hizo promesas vacías e inútiles a Dios: “Queremos servirte, Señor. Haremos todo lo
que nos ordenas.” Pero la historia prueba que no tenían ni el corazón ni la
habilidad para llevar a cabo lo que habían prometido. Dios tenía que
despojarlos de toda su fe en ellos mismos. Todo lo que necesitamos debería de venir de la preciosa presencia del Señor. Pablo declara, Porque
en él vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17:28). Esto habla de
comunión sin interrupción. A través de la victoria de la cruz, nuestro Señor
está disponible para nosotros a cada momento del día o de la noche. Tenemos que
tomar una decisión: “Yo quiero a Cristo
en mi vida. Quiero ser libre de toda mi carne. Así que voy a ir hacia delante,
a su presencia y reclamaré mi posesión. Yo quiero que Jesús sea mi todo, mi única fuente de satisfacción.” Si lo logras, quizás sientas una sensación
inexplicable, pero que yo insisto en comparar, aún a la distancia, con aquella que
experimentaba cuando, luego de ocho horas de trabajo y 150 kilómetros de
camino, retornaba a casa y simplemente me sentaba en mi sillón a orar, pensar y
tranquilamente…reposar.

1 comentario:
hermoso...Gracias don Nestor...muy propicio para mi descanso...lo necesitaba...gracias...
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