Si
alguno dice: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a
Dios a quien no ha visto? Y
nosotros tenemos este mandamiento de él: «El que ama a Dios, ame también a su hermano». (1 Juan 4:20-21)
Nunca
creas lo que un hombre dice acerca del amor, Si éste se aparta de un hermano de cualquier color o raza, pues
en el amor no hay temor.
El perfecto amor echa fuera el temor
porque el temor lleva en sí castigo.
¿Cómo uno puede decir una persona que ama a Dios
Y cree en la equidad, al mismo tiempo que es atormentado por el temor que siente ante su hermano en quien desconfía o le desagrada?
Si un
hombre no puede amar a su hermano a quien puede ver,
¿Cómo puede él amar a Dios a quien no puede ver? Dios le ha ordenado a todo hombre a amar a su hermano así como Dios lo ha amado a él - Porque Dios es amor.
He estado en lujosas congregaciones donde es
más que evidente la diferencia de clases. Primeros bancos para gente rubia,
bien vestida, cercanas al pastor del lugar y llegadas en buenos automóviles que
estacionan frente a la iglesia.
Bancos subsiguientes para gente más informal,
que llega en diferentes servicios de transportes públicos, ya sea buses o
taxímetros. Aquí el color de piel es mezclado. Los hay rubios, aunque no tanto
como los primeros, y también los hay moren os, aunque no ultra morenos. Esos
están más atrás.
Porque en los últimos bancos, está lo que
podríamos llamar “la resaca de la iglesia”. Los menos afortunados, los que por
no tener medios para llegar, son transportados en los buses de la congregación,
que se ufana promocionando este servicio “para los más pobres”.
Y la intención no es mala, claro está, pero
sigue marcando un clasismo y en algunos países singulares también racismo que
preocupa y asusta. Porque si eso se vive en lo que insiste en llamarse iglesia
del Señor, ¿Qué quedará para el mundo de afuera, el mundo incrédulo, impío y
supuestamente pecador?
¿Acaso lo mismo? Porque si es puntualmente lo
mismo, hay una contradicción en nuestro mensaje, en nuestro discurso. Y llega
el momento de observar si todo el pecado está fuera de los templos o también ha
invadido los mismos. Al menos, el pecado de integracionismo.

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