Cualquiera que quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
y tome su cruz y sígame. (Marcos 8:34)
La cruz que mi Señor me
pide que lleve puede asumir muy distintas maneras. Puede ser que tenga que
contentarme permaneciendo en una esfera humilde y estrecha, cuando yo siento
que poseo capacidad para hacer un trabajo más elevado.
Puede ser que año tras
año tenga que cultivar un terreno, del cual parece ser que no obtendré
recolección alguna. Puede ser que se me pida que tenga pensamientos amables y
cariñosos para alguna persona que me ha causado mal, o que se me sugiera que
hable a dicha persona con cariño, o que la defienda contra sus enemigos y la
corone con simpatía y ayuda.
Puede ser que tenga que
confesar a mi Maestro entre aquellos que no desean recordar a Él ni a sus
pretensiones. Puedo ser llamado, para vivir entre los de mi raza y que muestre
una cara alegre y risueña, cuando mi corazón está quebrantado.
Hay muchas cruces y cada
una de ellas es dolorosa y pesada. No es probable que yo busque ninguna de
ellas, por mi propio capricho. Pero Jesús nunca está tan cerca de mí, como
cuando levanto mi cruz y la coloco con sumisión sobre mi hombro y le doy la
bienvenida de un espíritu sufrido y que no murmura.
Él viene cerca de mí,
para madurar mi sabiduría, para profundizar mi paz, para aumentar mi valor,
para acrecentar mi poder para que sea útil a otros, por medio de la misma
experiencia tan dolorosa y tan grande, y entonces, al leer en el sello de uno
de aquellos firmantes del pacto escocés de la reforma religiosa a quienes
Claverhouse aprisionó en un calabozo solitario, entonces me elevo bajo mi carga. (Alexander Smellie)
Usa tu cruz como una muleta para que te ayude, y no como una
piedra de tropiezo, que te haga caer. Tú puedes hacer que otros pasen de la
aflicción al gozo, si llevas tu cruz sonriendo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario