(3 Juan 2) = Amado, yo deseo que tú seas
prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.
Gayo era un creyente fiel. La prosperidad de su alma se reflejaba en su
andar: andaba en la verdad y en el amor. Amaba la Palabra. “El que me ama, mi palabra guardará”, dijo Jesús). Además, Gayo
amaba a los hermanos. El apóstol Juan pudo decirle: “Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los
hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia
testimonio de tu amor”.
¿Prosperan nuestras almas? Examinémonos cuidadosamente delante de Dios para
saber cómo estamos en nuestra vida espiritual, si ganamos terreno o si lo
perdemos, si llevamos fruto o somos estériles; porque el que no avanza, retrocede.
¿Cómo pueden prosperar nuestras almas? Primeramente, desechando todo lo que
sea un obstáculo. ¿Y qué puede ser un obstáculo para la prosperidad del alma?
¡Los ídolos! Juan termina su primera carta con una exhortación solemne: “Hijitos, guardaos de los ídolos”.
¿Qué es un ídolo? Es todo lo que en el corazón ocupa el lugar de Cristo.
Nuestros planes, nuestros proyectos, nuestras ambiciones, estudios, bienes,
dinero, nuestra propia persona, etc., pueden convertirse en ídolos, si no
estamos atentos. Un novio, una esposa pueden tomar el lugar de Cristo en el
corazón.
Sondeemos ahora mismo nuestros corazones en la presencia de Dios. Hagámonos
honestamente la pregunta: ¿Hay en mi corazón algún ídolo que amo y que no he
abandonado por amor a Cristo? Utilicemos el espejo de la Palabra de Dios.
Digamos, como David: “Examíname, oh Dios,
y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí
camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”.
Cuando Jesús llena un corazón, éste rebosa de felicidad. Pero en el caso
contrario, no hay verdadero gozo, verdadera satisfacción, ni felicidad. Jesús
no puede llenar un corazón que está ocupado con ídolos: es necesario sacarlos.
Si no cantamos ni alabamos con todo el corazón al Señor (Efesios 5:19), tal
vez es porque en nuestros corazones hay ídolos. Humillémonos, pues, bajo la
poderosa mano de Dios. Confesémosle nuestra infidelidad y miremos a Cristo.
Contemplémosle en el Calvario, menospreciado, sufriendo. Adoremos a Aquel que
murió por nosotros en la cruz.
Entonces cesaremos de hacer mal y aprenderemos a hacer el bien. Cristo
resplandecerá nuevamente en nosotros. Su luz inundará nuestro corazón. Su
persona gloriosa hará las delicias de nuestra alma. Entonces podremos cantar
como en el tiempo de nuestro primer amor (Oseas 2:15), porque nuevamente el
Señor Jesús será nuestra riqueza, nuestra verdadera felicidad, todo nuestro
tesoro.
Siempre, incluso el que se halle en el mejor estado espiritual, debe estar
vigilante, porque la vieja naturaleza todavía está en él. Si no vela, está en
peligro de atribuirse algo que, de hecho, proviene únicamente de la gracia de
Dios. Es por eso que el que vela sobre nuestra alma nos recuerda: “De mí será
hallado tu fruto”. Es como decir: «Si llevas algún fruto, no te olvides de que este
fruto proviene de mí». ¡A Dios sea toda la gloria! Sólo somos salvos por la
gracia. Estamos en pie por la gracia. Llevamos fruto únicamente por la gracia.

2 comentarios:
Amen, todo es por Su gracia y amor, bendito Jesús...
Gracia sobre Gracia sea hoy con nosotros
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