12/10/2013

Grandeza

Vamos a poner una escena ficticia, algo que no existe pero que sirve para dar ciertos ejemplos. O, si así lo prefieres, una situación similar a la que estás viviendo en este tiempo. A eso lo decides tú, yo sólo obedezco la dirección del Señor. 
Veamos: si tú te encuentras ahora mismo afligido/a profundamente como producto de tu pecado – si  estás abatido/a porque la vara del Señor está sobre tu espalda, siéntete reconfortado/a. Él te está disciplinando porque te ama tiernamente. Él te disciplina porque quiere que tú tengas temor santo de El, que no significa terror humano – y que conozcas que tiene cuidado de ti. 
¿Qué significa exactamente temer al Señor? Significa que tú puedas decir, “Yo sé que mi Padre me ama. Estoy seguro que soy de Él para siempre y que nunca me abandonará. Él siente mi dolor cuando estoy en medio de la dificultad. Él me tiene paciencia cuando estoy luchando en contra de la incredulidad. Él siempre está listo para perdonarme cuando lo busco. Pero yo también sé que Él no me va a permitir continuar desobedeciendo Su Palabra. Mi Padre celestial no me lo pasará por alto – porque me ama profundamente.” 
La disciplina es para corregir. Este es el punto central. Dios quiere que aceptemos su perdón para que le temamos tal como se teme de manera reverente a alguien con suma autoridad, no a un ser cruel o autoritario. 
Empero hay perdón cerca de ti, para que seas temido (Salmo 130:4 R.V. Antigua). Una vez que temamos al Señor, vamos a querer más que simplemente obedecerle. Vamos a querer agradarlo, poner una sonrisa en su rostro. Ese es el resultado de un temor santo de Dios. 
Y es muy curioso, pero por causa del enorme caudal de Ego existente en el hombre, esto es lo que menos se da en la vida cristiana. Y como consecuencia de esa falta de temor, proliferan la irreverencia y la desobediencia. 
Una cosa es tener confianza en Dios y tener sana comunión con Él de la manera menos acartonada y sincera, pero eso no es sinónimo de exceso de confianza que nos lleve a tratar a Dios o a dirigirnos a Él como lo haríamos con el vendedor de fruta de la otra calle. 
Y esto con el mayor de los respetos por el vendedor de frutas, pero Dios es Dios y es más grande que todos nosotros, más que toda la iglesia y que todas las iglesias, más grande que todas las religiones incluida la cristiana, más grande que la propia Biblia y mucho, pero muchísimo más grande que cada uno de esos mini-astros que dicen representarlo.



1 comentario:

cesar dijo...

YO SOY UN VENCEDOR. EL MUNDO NO TRIUNFA SOBRE MI. YO SOY HIJO DE DIOS. YO SOY HIJO DEL CREADOR. YO SOY SU REY Y NADA PREVALECE SOBRE MI VOLUNTAD.