Mateo 5:5 dice: Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.Nosotros lo leemos, lo enseñamos a los recién convertidos, lo colocamos como letrero luminoso en el templo de la iglesia, lo inscribimos en estandartes que hacemos flamear durante la alabanza y lo citamos una y mil veces a la hora de predicar un buen mensaje sobre buena conducta. Perfecto.
Ahora pregunto: ¿Alguien se tomó el trabajo, alguna vez, de ahondar un poco para saber que cosa es realmente ser manso, y que significa recibir la tierra, el planeta, el mundo total como heredad, esto es: propiedad? Lo han hecho, ciertamente, pero muy pocos.
Esta es una excelente ocasión, asimismo, para preguntarnos quiénes son los mansos para Dios. Porque es indudable que no se trata de esas especies raras de imitaciones de hombres que se suelen encontrar en algunas congregaciones. A esos que debemos tratar durante mucho tiempo para lograr saber con certeza a qué género pertenecen. ¿Has visto alguno?
Parecen mariposas escuálidas que desatan algunos comentarios malintencionados en los muchachos que habitan el bar de la esquina, que si bien son parranderos, incrédulos, borrachos y hasta ladrones, en este caso no están tan alejados de la verdad cuando dicen que esos hombres que van a esa iglesia son sencillamente ridículos. Lo son. Y no por imitar a Jesús, precisamente; Jesús era bien hombre en toda su dimensión.
Primero: Dios creó a la raza humana con un calificativo bíblico: Varón y Hembra. Los cristianos usamos solamente una de estas dos calificaciones porque la femenina nos suena obscena. ¿Alguien se atreverá a llamar obsceno a Dios? parece que si. Los creó varón y hembra y jamás dijo Dios que hubiera un estado intermedio entre uno y otro para optar o elegir llegado el caso. Así que, lo que no parezca lo uno o lo otro, no es digno de discriminación, de marginación o de castigo, pero es algo que se escapó del orden de la creación. Dios no planificó eso, pero tiene palabra exacta y justa para eso.
Estoy convencido que el cristiano varón está llamado a ser el más hombre de todos los hombres, si es que podemos medir a este género desde su masculinidad manifiesta, su integridad, su rectitud, su honestidad, su fuerza física, su hidalguía y su honor. Un hombre que evidencie a cada paso que lo es, sin ninguna clase de dudas.
La hembra cristiana, por su parte, está llamada a ser la más mujer de todas las mujeres, midiéndola desde lo amoroso, romántico, paciente, comprensivo, firme y estable. Una mujer que no sólo evidencia su condición desde su belleza estética, sino también desde su interior invisible.
Por lo tanto, un manso, es aquel que, sabiendo perfectamente que le sobran condiciones para caminarse por arriba de cualquier hombrecillo que lo ofenda, elige sonreír, pedir perdón aunque no sea culpable y darle una oportunidad más.
Con un límite, claro está. Manso es uno que resiste la prueba de la invitación a la violencia y la reemplaza por entendimiento y pacifismo, pero una sola vez. Si a la siguiente vuelve a hacerlo y permite ser esclavizado por otro hombre, entonces ya no será manso, sino menso. Mis hermanos mexicanos saben de lo que estoy hablando. Estudié modismos suyos con el Chavo del Ocho...
Si lo llevamos al idioma bíblico, mansedumbre vendría a ser ese fruto del Espíritu Santo llamado Dominio Propio. De ninguna manera debilidad o cobardía: no hay espacio para los cobardes en el Reino de Dios.
Porque esa es, precisamente, la heredad que los mansos recibirán: la tierra literal y la espiritual. La literal es la que conoces y ven tus ojos naturales. La espiritual es la invisible, la que tiene que ver con una jurisdicción donde hay un solo Rey y todos los demás somos sus súbditos.
No te engañes ni te confundas. Por más que hoy te pueda parecer que es posible, todos esos personajes muy alejados de cualquier tipo de mansedumbre, despóticos, mandones, abusadores de sus seguidores y llenos de soberbias y vanidades, no son los que Dios hará despositarios de sus riquezas en gloria. Está escrito. Amén.
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