(Zacarías
12: 10) = Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén,
espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y
llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se
aflige por el primogénito.
La
palabra oración en el contexto de
Zacarías 12:10 se refiere a súplica o ruego. Ésta
nunca es utilizada en la Biblia a excepción para denotar un clamor y una oración en voz alta. En otras palabras,
no es privada o meditativa. ¡Una
súplica tiene que ver con la voz!
La
palabra hebrea para súplica
significa “rama de olivo envuelta en
lana, o algún tipo de textil, ondeada por un individuo que ruega para buscar paz
y rendición.” Es
decir, son banderas que significan un clamor de total e incondicional rendición.
Imagínate
a un soldado cansado, agotado, abrumado, atrapado en la trinchera de su voluntad propia. Se encuentra completamente solo, cansado, demacrado.
Él ha llegado al abismo. Él rompe
una rama de un árbol, la amarra a su camisa interior blanca, la levanta, sale gateando de su
trinchera y suplica, “¡Me rindo!”
¡Ésta es una súplica! Dice, “¡Me rindo! No puedo pelear más la batalla. Estoy
perdido y desesperado.”
Una
súplica no significa clamar a Dios para hacer lo que tú deseas. No es mendigar o abogar para que Él te ayude con tus planes. Por el contrario,
¡es una rendición total de su
voluntad y de sus caminos! Por
siglos, cristianos llenos de voluntad propia han clamado a Dios, “Oh Dios, envíame aquí, envíame allá, dame
esto, dame aquello.”
Pero en
los últimos días, el Espíritu Santo caerá con gran poder
para producir una sensación de
bancarrota espiritual. Nosotros despertaremos al hecho de que aun teniendo todo el dinero, toda la inteligencia,
todos los programas, los ministerios,
los planes, no hemos alcanzado a este mundo. La verdad es, la iglesia ha perdido el paso y se ha convertido en débil
y lamentable.
¡Debe
de haber rendición! Nuestro clamor debe estar acompañado de deseo por entregar todo lo que tenemos en esta vida que no se asemeja a Jesucristo.
La oración de Daniel demuestra lo que significa
una súplica: Ahora pues, Dios
nuestro, oye la oración y los ruegos de tu siervo, y haz que tu rostro
resplandezca sobre tu santuario asolado, por
amor del Señor. Inclina, Dios mío,
tu oído, y oye; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad
sobre la cual es invocado tu nombre; porque no
elevamos nuestros ruegos ante ti confiados
en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. (Daniel 9:17-18).

1 comentario:
Hola, buen día. Realmente es así. Opino que solamente diremos al Señor que se haga Su voluntad, si primero pasamos por el desierto (la calidad de tu desierto).
Yo lo estoy transitando...es largo...difícil...pero creo porque lo vivo, que sólo de ahí obtenemos la templanza, la paciencia para saber esperar...en Él..que todo lo puede, que todo lo sabe, y eso redunda en una profunda PAZ.
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