Si tú quieres dirección, si
piensas que estás listo para hacer lo que Él te pide, entonces déjame
preguntarte: ¿Estás listo para recibir una palabra inquietante, una misión de
dificultad y rechazo, una vida de fe sin garantía de comodidades excepto las
del Espíritu Santo? ¡Eso es exactamente lo que le sucedió a Isaías!
El profeta se ofreció: "Envíame, Señor," y ¡Dios le
envió a una misión dura y difícil! Dijo entonces: Ve y dile a este pueblo:
“Oigan bien, pero no entiendan; vean bien, pero no comprendan.” Entorpece el
corazón de este pueblo. Cierra sus oídos, y ciega sus ojos. Que no vea con sus
ojos ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, para que no se
convierta ni sea sanado. (Isaías 6:9-10).
¡La palabra que oyó Isaías no era halagadora! Por el contrario, lo haría
odiado e impopular. El Señor le dijo: "¡Ve,
endurece a aquello que se niegan a oírme hablar! Cierra los ojos y los oídos.
¡Termina de endurecer su corazón!" Si deseas conocer la voz de Dios,
entonces tú debes estar dispuesto a escuchar todo lo que Él dice. Dios nunca
dirá: "¡Ve!" Hasta que Él
primero pregunte: "¿Quién irá?"
Él vendrá a cuestionarle, "¿Estás
dispuesto a hacer cualquier cosa que te digo y a hacerlo a mi manera? ¿Estás
dispuesto a dar tu vida?"
Cuando escribí mi primer libro, supuse que iba a ser el único; Él me
había dado la letra, el espíritu, el contenido y el objetivo. Yo francamente
creía que ya no podría jamás repetir todo eso en otra dirección. ¿Sabes qué?
Llevo siete, y no sé si no habrá siete más; Dios es imprevisible para el
hombre, y también inagotable como fuente de sabiduría.
¿Qué más puede decirme? Piensa uno; y ¡Zás! Al
minuto siguiente Él te sale con una nueva que no te habías imaginado ni por
asomo. Sí, queremos escuchar la voz
de Dios, pero deseamos oírla cómodamente. No ansiamos que ésta nos sacuda. Sin
embargo, ¿por qué Dios nos daría su voz de dirección si no está seguro de que
le obedeceremos?
Abraham aprendió en primer lugar a oír la voz
de Dios obedeciendo prontamente lo que en su momento había escuchado. La
palabra de Dios para él era sacrificar a su hijo, Isaac (Génesis 22:2). Abraham
actuó conforme a esa palabra y su obediencia se convirtió en un aroma perfumado
que tocó el mundo entero: En tu simiente todas las naciones de la
tierra serán bendecidas, porque obedeciste mi voz (Génesis 22:18).

2 comentarios:
hola hermano....tienes tu la respuesta a esta pregunta, o por lo menos una dirección aproximada....
..............Sin embargo, ¿por qué Dios nos daría su voz de dirección si no está seguro de que le obedeceremos?..........
Dios les bendiga, en este preciso momento antes de leer este artículo, estaba meditando en Isaias 61:4, tratando con mi Señor el tema " El propósito que como hijos de Dios tenemos todos los creyentes". Mediante el cual me explicaba como sobre los hombres existe un diseño tanto físico como espiritual establecido desde la potestad del aire. A través de la jerarquía establecida de gobernadores y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Me decía que cada hombre en su esencia conforma una nación orientada en los deseos de sus ojos, los deseos de su carne y la vánagloria de su vida. Los cuales se manifiestan en el centro espiritual de su corazón, alma y mente. Tomando forma en las obras de sus manos. Luego me da el contraste enviándome a Jeremías 1:4-19 viendo así el llamamiento de este y la forma en que Jeremías le contestó por el diseño establecido sobre los sacerdotes del tópico en la edad y ciertos dogmas impuestos por hombres sin tener en cuenta la dirección y el propósito de Dios. Ahora esto se manifiesta en la vida del creyente de la siguiente manera pues queremos servir al Señor según nuestros propios conceptos sin tomar en cuenta que Él nos conoce aún mejor que nosotros mismos. Y acatar el llamado de Dios es primeramente conocernos, mirarnos en su espejo y ver su Supremacia y nuestra bajeza. Su Magnificencia y nuestra suciedad. Su Omnipotencia y nuestra debilidad. Obedecer al Padre es morir las veces que sean necesarias.
Pues cada sueño enfocado en nuestros deseos que Dios destruye es una vida que se pierde. Cada proceso que El Padre trae, nos hace más humildes ante su presencia. Cada situación nos acerca más a Él. Cada tribulacion produce en nosotros esperanza en las promesas de una vida en Él.
A mi particularmente me encanta el libro de Jeremías, pues aquí El Padre me ha dicho que se refleja la formación del carácter del hombre de Dios. Porque en el capítulo 1 Dios dice muchas cosas que nosotros decretamos sobre nuestras vidas sin entender que primeramente deben ocurrir en nosotros. Y de ahí es que para los hombres es tan difícil obedecer a Dios.
El punto primordial aquí no es que no tengamos las respuestas, sino que cuando las respuestas lleguen estemos dispuestos ha tomarlas, vivir por ellas o morir por ellas. Dios no da sus perlas a los cerdos. Dios les bendiga.
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