El propósito de Dios para cada
uno de sus hijos es que nos rindamos al gobierno y autoridad del Espíritu
Santo. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu (Gálatas 5:25).
En otras palabras: “Si Él vive en
ti, ¡déjalo dirigirte!” Quiero mostrarles lo que significa caminar en el
Espíritu. Yo aún no he llegado plenamente a este glorioso caminar, pero, ¡Estoy
ganando terreno!
Hemos oído la expresión “andar en el Espíritu” durante toda
nuestras vidas, pero muy pocos cristianos se han formulado la pregunta del
millón: ¿Qué significa en realidad? Creo que el capítulo 16 de Hechos es uno de
los mejores ejemplos de lo que quiere decir andar en el Espíritu Santo. El
Espíritu Santo provee de instrucciones detalladas, absolutas y claras a aquéllos
que andan en él. Si tú andas en el Espíritu, entonces no andas en confusión, tus
decisiones no están nubladas.
Los primeros cristianos no
caminaban en confusión. Ellos eran guiados por el Espíritu en cada decisión, ¡Cada
paso, cada acción! El Espíritu les hablaba y los dirigía en cada momento. No
tomaban ninguna decisión sin consultarle a Él. El lema de la iglesia a lo largo
del Nuevo Testamento era: “¡El que tiene
oídos para oír, que oiga lo que el Espíritu dice!”
Comencé ministrando a muy pocas
personas que, dicho sea de paso, no tenían ni la menor intención de tomarme muy
en serio y, mucho menos, de estudiar su Biblia. Era un pomposo maestro bíblico
para no más de dos o tres alumnos sin la menor intención de recordar lo
estudiado quince minutos después de haber concluido la clase.
Y sin embargo el Espíritu Santo
seguía insistiendo en que yo sería su maestro y que debería seguir sus
instrucciones. Así fue que, cuando comencé a ser desobediente a los mandatos
denominacionales y oficiales, leyendo los textos de la clase oficial, pero
luego enseñando puntillosamente lo que el Espíritu me había revelado, las cosas
empezaron a cambiar.
Los tres o cuatro alumnos
apáticos y aburridos que había tenido hasta allí, se fueron. Pero en lugar de
quedarme solo, empezó a llegar gente con un verdadero hambre de Dios, gente que
recibía esas enseñanzas como el sediento el vaso con agua fresca.
Allí aprendieron ellos lo que
verdaderamente era ser un hijo de Dios genuino, un miembro del Reino de los
Cielos, y yo aprendí lo que era caminar en el Espíritu, en fe y a ciegas
respecto a mandatos de hombre.
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