4/25/2015

Camino

               El propósito de Dios para cada uno de sus hijos es que nos rindamos al gobierno y autoridad del Espíritu Santo. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu (Gálatas 5:25). En otras palabras: “Si Él vive en ti, ¡déjalo dirigirte!” Quiero mostrarles lo que significa caminar en el Espíritu. Yo aún no he llegado plenamente a este glorioso caminar, pero, ¡Estoy ganando terreno!
               Hemos oído la expresión “andar en el Espíritu” durante toda nuestras vidas, pero muy pocos cristianos se han formulado la pregunta del millón: ¿Qué significa en realidad? Creo que el capítulo 16 de Hechos es uno de los mejores ejemplos de lo que quiere decir andar en el Espíritu Santo. El Espíritu Santo provee de instrucciones detalladas, absolutas y claras a aquéllos que andan en él. Si tú andas en el Espíritu, entonces no andas en confusión, tus decisiones no están nubladas.
               Los primeros cristianos no caminaban en confusión. Ellos eran guiados por el Espíritu en cada decisión, ¡Cada paso, cada acción! El Espíritu les hablaba y los dirigía en cada momento. No tomaban ninguna decisión sin consultarle a Él. El lema de la iglesia a lo largo del Nuevo Testamento era: “¡El que tiene oídos para oír, que oiga lo que el Espíritu dice!”
               Comencé ministrando a muy pocas personas que, dicho sea de paso, no tenían ni la menor intención de tomarme muy en serio y, mucho menos, de estudiar su Biblia. Era un pomposo maestro bíblico para no más de dos o tres alumnos sin la menor intención de recordar lo estudiado quince minutos después de haber concluido la clase.
               Y sin embargo el Espíritu Santo seguía insistiendo en que yo sería su maestro y que debería seguir sus instrucciones. Así fue que, cuando comencé a ser desobediente a los mandatos denominacionales y oficiales, leyendo los textos de la clase oficial, pero luego enseñando puntillosamente lo que el Espíritu me había revelado, las cosas empezaron a cambiar.
               Los tres o cuatro alumnos apáticos y aburridos que había tenido hasta allí, se fueron. Pero en lugar de quedarme solo, empezó a llegar gente con un verdadero hambre de Dios, gente que recibía esas enseñanzas como el sediento el vaso con agua fresca.
               Allí aprendieron ellos lo que verdaderamente era ser un hijo de Dios genuino, un miembro del Reino de los Cielos, y yo aprendí lo que era caminar en el Espíritu, en fe y a ciegas respecto a mandatos de hombre.




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