En este tiempo no debe existir
país alguno en el planeta que no esté ocupado o preocupado por la marcha de su
economía. Y la preocupación de los países pasará, necesariamente, por la
preocupación de su gente, que es la beneficiada o perjudicada por los distintos
vaivenes financieros.
Y dentro de ese conglomerado
humano expuesto a esta clase de vicisitudes, están los creyentes. La posición
que cada uno de ellos adopte ante estas alternativas humanas, será la marca
indeleble del derrotero espiritual que habrán de seguir, que los habrá de
acompañar durante toda su vida terrenal.
Lo cierto es que no importa lo
que pase con la economía, no importa la crisis que enfrentemos, no importa qué
pena o problema venga a nuestro camino. Lo cierto y genuino es que nuestro
bendito Señor nos está guiando y cuidando de nosotros en cada paso que damos.
Eso, claro está, cuando adoptamos
la inteligente medida de entregarle absolutamente todo, aun lo que parecería
estar a cargo de los ministros de economía de nuestros países. Dios finalmente repudió a aquellos que rescató
de Egipto, porque ellos dudaron y lo limitaron después de haber sido milagrosamente
abrazados en sus brazos amorosos.
No es que simplemente Dios quiera
que confiemos en él durante los tiempos difíciles – él lo demanda. Por eso es
que las Escrituras nos advierten tan fuertemente sobre la incredulidad. Se nos
dice que entristece al Señor y nos cierra la puerta a cada bendición y buenas
obras que él nos ha prometido.
Nuestra incredulidad, convierte cada
promesa en “inefectiva.” Para nosotros, donde quiera que habitemos, (Aunque
preponderantemente en América Latina por sobre Europa), esto no es una teología
muerta. Tenemos que practicar lo que predicamos para poder sobrevivir cada día.
Si no confiáramos plenamente en
las promesas del Señor y dependiésemos de Jesús con todo lo que hay en
nosotros, nos paralizaríamos de miedo y pánico. Las calles de nuestras ciudades
(Y la que yo habito no es precisamente la excepción), son como zonas de guerra;
las personas viven en constante temor y peligro, y los transeúntes (Tengan o no
tengan que ver con la delincuencia global), son asesinados a diestra y
siniestra.
Los costos son pesados, y las
necesidades de las personas dolientes son enormes. Es notorio que si no
descansáramos en las promesas inquebrantables de Dios, estaríamos mucho más
abrumados que lo que podamos estar hoy. Pero
los creyentes no parecen estar abrumados, no parecen tener miedo.
Mientras los problemas se hacen peores,
los hijos de Dios parecen volverse más fuertes en el poder del Espíritu Santo.
Eso, claro está, si han depositado su confianza en el Rey de Reyes y Señor de
Señores.
Si todavía no lo han hecho y se
basan en las bondades de sus sistemas económicos, entonces mucho me temo que
cuando llegue la época de las tormentas, serán sacudidos como cañas frágiles.

1 comentario:
Asi es!
Digo ahora Señor, Todo temor Tu lo quitaras Señor en Tu presencia
Publicar un comentario