2/28/2015

Atardeceres

               En este tiempo no debe existir país alguno en el planeta que no esté ocupado o preocupado por la marcha de su economía. Y la preocupación de los países pasará, necesariamente, por la preocupación de su gente, que es la beneficiada o perjudicada por los distintos vaivenes financieros.
               Y dentro de ese conglomerado humano expuesto a esta clase de vicisitudes, están los creyentes. La posición que cada uno de ellos adopte ante estas alternativas humanas, será la marca indeleble del derrotero espiritual que habrán de seguir, que los habrá de acompañar durante toda su vida terrenal.
               Lo cierto es que no importa lo que pase con la economía, no importa la crisis que enfrentemos, no importa qué pena o problema venga a nuestro camino. Lo cierto y genuino es que nuestro bendito Señor nos está guiando y cuidando de nosotros en cada paso que damos.
               Eso, claro está, cuando adoptamos la inteligente medida de entregarle absolutamente todo, aun lo que parecería estar a cargo de los ministros de economía de nuestros países.  Dios finalmente repudió a aquellos que rescató de Egipto, porque ellos dudaron y lo limitaron después de haber sido milagrosamente abrazados en sus brazos amorosos.
               No es que simplemente Dios quiera que confiemos en él durante los tiempos difíciles – él lo demanda. Por eso es que las Escrituras nos advierten tan fuertemente sobre la incredulidad. Se nos dice que entristece al Señor y nos cierra la puerta a cada bendición y buenas obras que él nos ha prometido.
               Nuestra incredulidad, convierte cada promesa en “inefectiva.” Para nosotros, donde quiera que habitemos, (Aunque preponderantemente en América Latina por sobre Europa), esto no es una teología muerta. Tenemos que practicar lo que predicamos para poder sobrevivir cada día.
               Si no confiáramos plenamente en las promesas del Señor y dependiésemos de Jesús con todo lo que hay en nosotros, nos paralizaríamos de miedo y pánico. Las calles de nuestras ciudades (Y la que yo habito no es precisamente la excepción), son como zonas de guerra; las personas viven en constante temor y peligro, y los transeúntes (Tengan o no tengan que ver con la delincuencia global), son asesinados a diestra y siniestra.
               Los costos son pesados, y las necesidades de las personas dolientes son enormes. Es notorio que si no descansáramos en las promesas inquebrantables de Dios, estaríamos mucho más abrumados que lo que podamos estar hoy.  Pero los creyentes no parecen estar abrumados, no parecen tener miedo.
               Mientras los problemas se hacen peores, los hijos de Dios parecen volverse más fuertes en el poder del Espíritu Santo. Eso, claro está, si han depositado su confianza en el Rey de Reyes y Señor de Señores.
               Si todavía no lo han hecho y se basan en las bondades de sus sistemas económicos, entonces mucho me temo que cuando llegue la época de las tormentas, serán sacudidos como cañas frágiles.




 


1 comentario:

libertad en la palabra dijo...

Asi es!

Digo ahora Señor, Todo temor Tu lo quitaras Señor en Tu presencia