9/27/2014

Debilidades

               Muchas veces me he formulado una pregunta que tal vez tú también te habrás hecho a ti mismo, a ti misma: ¿Qué hay en nosotros que atrae la maravillosa gracia, misericordia y perdón de nuestro Salvador? ¿Es que hay alguna clase de belleza, bondad, o fortaleza en nosotros? ¿Tenemos algún potencial? La respuesta, es: ¡No! Es nuestra gran necesidad y absoluta impotencia lo que atrae Su gracia.
               Es nuestra debilidad la que atrae Su fuerza. Nuestra condición de impotencia se encuentra ilustrada en el hombre paralítico en Marcos, capítulo dos: Entonces vinieron a él unos trayendo a un paralítico… (Marcos 2:3). Este es un cuadro de absoluta impotencia, de un hombre sin ninguna gota de fuerza ni poder. Es más, este hombre ni siquiera podía ir ante Cristo por sí mismo.
               Observa nuevamente a esta criatura impotente, débil y temblorosa prisionero de su propio lecho. Ese eres tú y soy yo antes de poder conocer del poder de Cristo. Al estar Jesús ante este hombre discapacitado y a quien habían bajado por el techo, Jesús no hace mención alguna de su condición física. El Señor eligió traerlo a la presencia del Padre limpio y sin faltas. Él sería aceptado antes de ser sanado.
               Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados (Marcos 2:5). ¡Qué hermoso cuadro del amor de Dios en Jesucristo! Aquí observamos a un hombre discapacitado y tan abrumado por su enfermedad que no puede murmurar un quejido o proferir una débil confesión.
                Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús… (Efesios 2:10). El Fariseo, con todas sus buenas obras, sus alardes, nunca atrajo la gracia del Señor. No por obras, para que nadie se gloríe. Muéstrenme un hijo de Dios que batalla contra un pecado que lo acosa, alguien que se encuentra abatido por el peso de su culpa y desesperación, alguien que se siente impotente y débil – y yo les mostraré aquél que es el objeto de la gracia abundante. Donde el pecado abunda, sobreabunda la gracia  (Romanos 5:20).
               Cuando tú te hayas arrepentido, ¡Apóyate con fe en el trabajo finalizado en la cruz! A través de la fe en Él, tus pecados están cubiertos por la sangre. Ahora tú vives en el otro lado del velo, sentado con Cristo en los lugares celestiales, acepto en el amado, ¡Uno con Cristo y el Padre! La ira de Dios por tus pecados ya ha sido pagada. Tú eres ahora más que un vencedor, moviéndote y viviendo en el Espíritu.
               Tú estás lleno de la plenitud y del poder de Cristo para enfrentar todas las cosas que pertenecen a la vida y a la santidad. ¡Tú eres la niña del ojo de Dios, renovado en tu mente, y hecho heredero de todo lo que le pertenece a Cristo el Señor! 
               ¿Incomprensible, verdad? ¿Es que todavía intentarás comprender a Dios o, por el contrario, te bastará obedecer el mandato de aceptar por fe lo que Él dijo y ser más que vencedor por esa fe y no por entendimiento humano?









9/23/2014

Frescura

               Ellos proclamarán con entusiasmo la memoria de tu mucha bondad, y cantarán con gozo de tu justicia. (Salmo 145:7)

               No podemos negar que Dios pide alabanza por todas sus excelencias, pero somos especialmente llamados a alabarlo por su bondad. Nota que el salmista insiste en grandes alabanzas al recordar la bondad del Padre.

               En hebreo el “proclamar con entusiasmo” se vincula a un gran brote de agua proveniente de una fuente. En el Salmo 107:8-9, David escribe: ¡Oh, que los hombres alaben al Señor por su bondad, y por sus maravillas para con los hijos de los hombres! Porque sacia al alma menesterosa, y llena el alma hambrienta.

               Esta verdad de alabar a Dios por la bondad que ha mostrado en el pasado toca
nuestros corazones y nos conducen a hacer lo mismo que David. Somos llamados a celebrar su bondad. David habla abiertamente de la bondad de Dios:

               Él es proclive a ser misericordioso al simpatizar con nuestra aflicción y miseria. David toma de Éxodo 34:6, cuando Dios habló a Moisés: El Señor pasó por delante de él,
y exclamó: El Señor, El Señor Dios, misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia y verdad.

               Hermano/Hermana, mira hacia atrás en el pasado y recuerda lo bueno que el Señor ha sido contigo. Recuerda que, a través de todo, sus misericordias nunca fallaron. Deberás encontrar placer en alabar a Dios por todas las cosas, especialmente por su bondad.

               No sólo por la bondad del pasado, sino por la que ves diariamente, la bondad que ves a tu alrededor ahora, en el presente, pese a todo lo que el mundo secular se empeña en opacarla o disimularla.

               Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor para siempre (Salmo 23:6).




 


9/17/2014

Mediocridades

               En Argentina, hoy, y principalmente en la ciudad donde resido, el índice delictivo es muy alto y alarmante. El miedo ha invadido las vidas de las personas y, sólo con la confianza en el Señor, se puede conseguir una calidad de vida medianamente normal.
               Un suceso ocurrido con Mateo, el hijo de un familiar cercano, que tiene apenas seis años de edad, es elocuente. Mateo va a un colegio y hace unos días se enteraron que falleció la mamá de uno de sus compañeritos. Imagínate, mamá de un niño de seis años, una mujer muy joven. Muerte natural, por enfermedad, pero muerte al fin.
               Mateo volvió ese día del colegio muy impactado y preocupado. Le preguntó a su mamá dónde estaba ahora la madre de su amiguito. La madre trató de explicarle como pudo que la madre de su amigo estaba con Dios en un lugar maravilloso llamado cielo. Al rato, Mateo hablando del tema, le contó a su abuelo que la mamá de su amiguito estaba con Dios en el cielo, y que era un lugar muy hermoso, especialmente porque no había robos ni asaltos… (!!!)  Seis años…
               Esa es la generación que está llegando detrás de nosotros. ¿Qué clase de confianza les estamos dejando? Yo recuerdo que en desesperación, David clamó: Señor, oye mi voz; Estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica (Salmo 130:2). Esto me suena al ruego de un hombre moribundo. Es obvio que David no estaba haciendo “oraciones solo con el pensamiento”. Él estaba con el rostro en tierra, quebrantado, contrito, rogando a Dios desde lo más profundo de su corazón.
               David sabía que su alma necesitaba ser libertada y se volvió sólo a Dios para encontrar esa liberación. Él concluyó: “Estoy en una condición tan desesperada que sólo el Señor puede ayudarme ahora. No puedo depender de consejeros, amigos, o familia. Mi única esperanza está en la oración. ¡Así que voy a clamar día y noche hasta que Dios escuche mi súplica!
               Creo que esta es la única salida viable para problemas sociales como los que vive mi país. Y no digo que la propietaria de la oración sea la iglesia, pero sí es mí deber decir que es la que mejor la conoce. Mi pregunta, entonces, es: ¿Está presente la iglesia cuando una nación la necesita en lo espiritual, o sólo se acerca cuando se habla de prebendas o subsidios? 
               Hermanos, necesitamos despertar a nuestra condición. Hemos caído en un hoyo oscuro, lleno de actitudes impías, y esta condición no desaparecerá por sí sola. Si no actuamos, empeorará hasta que finalmente alguno terminará bamboleando en su fe por causa de sus miedos.  ¡Despierta ahora a la voz del Espíritu Santo! Hay pecado en tu ciudad, en tu provincia, en tu nación. Tienen que confrontarlo, o permanecerán en el fondo del pozo oscuro para siempre.
               Así que, ¿A quién estás llevando tus penas? ¿Te estás desahogando con tu mejor amigo? Si es así, ¿Estás simplemente criticando a políticos o funcionarios? No soy político, no me interesa la política partidista ni puedo dar clases de cómo hacerla. Pero tomar algo que tiene raíces netamente espirituales y descenderlo a la pelea barata por acceder a un cargo o una función pública me parece, por lo menos, de una entidad más que mediocre. Y no creo que Jesús haya ido a la cruz para fundamentar las bases de un pueblo mediocre.




9/13/2014

¿Santidad?

               Me escuchas al menos una o dos veces por día, ya sea en escritos o en audios, hablar de la obligación de confiar en Cristo, pero tal vez no me has escuchado tanto explicar en qué consiste esa confianza. Cuando hablo de una confianza total en Cristo, significa no sólo confiar en su poder para salvarnos sino también en su poder para guardarnos. Tenemos que confiar en que su Espíritu nos guarda y nos conforma a la semejanza de Jesús.
               Piensa en tu propio testimonio. Hubo un tiempo en que tú eras un extraño, separado de Dios, haciendo malas obras. ¿Qué buenas obras hiciste para hacer las cosas bien con Él? ¡Ninguna! Nadie ha sido capaz de salvarse a sí mismo. Del mismo modo, nadie ha sido capaz de hacer o mantener su santidad. Somos traídos diariamente en la santidad de Cristo solamente por fe, tanto como confiemos en lo que la Palabra de Dios dice: "Si tú estás en Cristo, eres santo como Él es santo"
                En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos. Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe… (Colosenses 1:21-23).
               Nota la frase: "con tal de que se mantengan firmes en la fe", Jesús está diciendo "permanece confiando en mí, vive por fe; voy a presentarte lo más limpio, impecable, irreprensible y santo ante el Padre". Hermanos, amigos,, esta es la obra santificadora del Espíritu Santo. A medida que el Espíritu te da poder para morir a las obras de la carne, él te llevará por su convicción y su conforte. Solo hay una santidad: ¡la de Cristo! Por lo tanto, ningún creyente es "más santo que tú". No hay grados de santidad, sólo grados de madurez en Cristo. Tú puedes ser un cristiano nuevo y aun así ser absolutamente santo frente a Jesús.
               Así que es absurdo que te midas con alguien a quien consideras "santo". Todos somos medidos por una norma: la santidad de Cristo; si estamos en Él, su santidad es la nuestra en igual medida. No vuelvas a mirar a otro cristiano para decir: "Oh, me gustaría ser tan santo como él es". Puede que tú no tengas la disciplina de esa persona o su vida de oración. Puede que a menudo tú tengas más luchas y cometas más errores que él. Pero él no es más acepto por el Padre que tú.
               Con nadie debes compararte, porque ¡Nadie es más querido en los ojos del Padre que tú! Querido hermano, o amigo, o santo, si es que prefieres que te denomine así; quítate los zapatos. Quita toda la dependencia de la carne. Esta es la base sobre la cual puedes vivir: "Yo reclamo mi santidad, que es en Cristo Jesús. Yo soy parte de su cuerpo. Mi Padre me ve como santo, porque yo permanezco en Él".
                Santidad no es una palabra religiosa, es un estilo de vida de gente de Reino. Santidad no es un lugar al que los creyentes debemos llegar, es un punto de partida para todo lo que Dios desea que hagamos. Dios no se impacta ni se asombra por tu santidad, Él simplemente dice: “¡Por fin! ¡Era hora! Ahora podré comenzar a hacer algo con este hombre. ¿Por qué? Simple: Porque sin santidad…nadie verá al Señor.






9/09/2014

Servicio

               David el Salmista dijo, Has abierto [perforado] mis oídos (ver Salmo 40:6). Esto podría muy bien interpretarse como, “Me has aceptado como tu siervo” aludiendo a la costumbre de que los amos perforasen la oreja del esclavo que declinase la oferta de libertad (ver Éxodo 21:6). En otras palabras, “Tengo un agujero en mi oreja como señal de que he sido marcado para el Señor, por toda la vida y la eternidad.” ¿Le has permitido al Espíritu Santo perforar tu oreja?
               Lo que marcaba al siervo era que se comprometía a dar totalmente su tiempo en servicio a su amo. No hay nada místico acerca de ese estilo de vida. Comienza con el compromiso de darle al Señor lo mejor de nuestro tiempo. Dicho compromiso se ejerce en nuestro diario vivir. Esto no significa que todos deberíamos dejar nuestros trabajos y nuestras carreras profesionales para comenzar un ministerio de tiempo completo. Muchos hoy en día se están apartando de la voluntad de Dios al caminar presuntuosamente por la vida, al hacer a un lado su responsabilidad de criar una familia y al desarraigarse del “andar por fe”.
               La cosa más grandiosa es quedarse quieto y darle al Señor más tiempo de calidad en el lugar donde usted se encuentra. Se trata de poner a Cristo en el centro de todo para que su familia, trabajo, y todas las cosas giren en torno a él. De tal manera, Cristo llega a ser el enfoque de nuestros pensamientos y pasamos tiempo en su presencia, escuchando su voz y obedeciendo sus mandatos. El siervo es más un dador que un receptor. Junto con Pablo, él puede decir, “pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.”
               Este siervo no está interesado en servir por recompensa ni por ganancia personal. Su salario es la gloria y el honor que él otorga a su amo. El verdadero siervo que está comprometido a un servicio de por vida, es marcado por el Señor de alguna manera especial. Este siervo no pasa desapercibido porque lleva en su cuerpo las marcas de su amo. ¿Qué marca al siervo en este día y época? Está claramente revelado en la Palabra como la marca de un espíritu contrito y quebrantado que llora por las abominaciones que se le hacen a su amo. Nuestro amo no nos perfora la oreja con un punzón, sino que rompe el corazón con su martillo.
                Y llamó Jehová al hombre vestido de lino que tenía a su cintura el tintero de escribano, y le dijo Jehová: Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella (Ezequiel 9:3-4).
               Otra marca de este esclavo es la de una circuncisión hecha no por manos. Esto habla de una separación total del mundo y una entrega a Cristo. Significa que todos los planes, esquemas y sueños personales son abandonados, y las preocupaciones y cargas del Señor se vuelven supremas.


 





9/06/2014

Presencia

               Para ser un miembro de la verdadera iglesia de Dios, tú debes de ser conocido por el nombre de Jehová SamaEl Señor está allí (Ezequiel 48:35). Otros deberían poder decir de ti “Está claro para mí que el Señor está con esta persona. Cada vez que lo veo, yo siento la presencia de Jesús. Su vida verdaderamente refleja la gloria de Dios.”
               Si somos honestos, tenemos que admitir que no sentimos la dulce presencia del Señor entre los cristianos muy a menudo. ¿Por qué? Los cristianos gastan su tiempo envueltos en buenas actividades religiosas – grupos de oración, estudios bíblicos, ministerios de alcance – y todo esto es muy elogiable. Pero muchos de estos mismos cristianos pasan poco o nada de tiempo  ministrando al Señor, en el aposento secreto de oración.
               La presencia del Señor simplemente no puede ser falsificada. Esto es cierto ya sea que se aplique a la vida de un individuo o al cuerpo de una iglesia. Cuando me refiero a la presencia de Dios, no estoy hablando de algún aura espiritual que envuelve místicamente a una persona, o que desciende sobre un culto en la iglesia. En lugar de eso, yo estoy hablando del resultado de un caminar de fe simple pero poderoso.
               Ya sea que se manifiesta en la vida de un cristiano o en una congregación entera, causa que las personas lo noten. Se dicen a sí mismos, “Esta persona ha estado con Jesús”, o “Esta congregación verdaderamente cree en lo que predican.” Se necesita mucho más que un pastor justo para producir una iglesia Jehová Sama.
               Se necesita gente justa, personas de Dios que se encierren a solas con él. Si una persona extraña al terminar el culto dice, “Yo sentí la presencia de Jesús ahí adentro”, tú puedes estar seguro que no fue por la prédica o por la alabanza. Fue porque una congregación justa entró a la casa de Dios, y la gloria de Dios estaba en medio de ellos.
               Aprende de una vez por todas: tú no puedes subirte a una plataforma y ponerte a vociferar con apariencia de hombre con poder exigiendo que descienda la gloria de Dios, ¿Sabes por qué? Porque si la genuina gloria de Dios desciende sobre ese lugar y no encuentra a los asistentes como deben estar delante de Su Presencia, esa gloria los mata, los extermina. ¿Entiendes ahora por qué en los lugares santos lo mejor que tú puedes hacer para ministrar al Señor es silencio, y apenas permitir que Él hable?


 




9/03/2014

Siervos

              Pero si el siervo dice: Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no quiero salir libre (Éxodo 21:5). Para este siervo no hay dilema, no hay qué elegir. Su decisión nunca estuvo en duda. Su amo era su mundo. El siervo estaba atado a él con cadenas eternas de amor. A él no le sería posible dejar a su amo o su casa. La vida del siervo giraba en torno al amor que sentía por su amo, y al igual que Pablo, él consideraba todo lo demás como “estiércol” con tal de ganar a su amo.
               Él era la clase de persona dispuesta a ser despreciada con tal de que otros pudieran llegar a conocer el amor de su Señor. Este siervo valoraba la intimidad con su amo sobre cualquier otra bendición terrenal. ¿A quién le podría importar los rebaños, los sembradíos, o el vino y el aceite, cuando se puede tener una comunión e intimidad sin fin con el amo? Su corazón rebozaba de cariño por su amo y él lo dijo claramente: “Yo amo a mi señor, no quiero ser libre.”
               Lo que este siervo nos está diciendo es simplemente esto: ¡Cristo es suficiente! Nada en este mundo tiene el valor suficiente como para perder el sentir de su presencia. Toda la riqueza y prosperidad de toda la tierra no se puede comparar a tener un día con él. Los placeres que están a su diestra exceden inmensamente cualquier éxtasis conocido por los hombres. Conocerlo a él, estar donde él está, sentarse juntos en los lugares celestiales, es más que la misma vida.
               Servirlo, ser guiado por él, ir y venir de acuerdo a su mandato, es vivir la vida en su plano más alto. ¿Me recordarías tú que eres un hijo y no un siervo? Entonces yo asimismo te recordaría gentilmente que Jesús era un Hijo, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres (Filipenses 2:6-7).
               Él pudo haber venido como poderoso Príncipe del Altísimo, arrasando a todo enemigo, sin embargo, Cristo eligió venir como siervo, totalmente comprometido con los negocios de su Padre. Este siervo dedicado del cual leemos en Éxodo, creía tener una sola misión en su vida, y ésta era la de servir a su amo. Él no estaba buscando la herencia, aunque está escrito, El siervo prudente se impondrá al hijo indigno, y con los hermanos compartirá la herencia (Proverbios 17:2).
               El amor que tenía le hacía obedecer con facilidad desde la mañana hasta la noche, cada momento que estaba despierto, él vivía en servidumbre voluntaria a su amo. Él era impulsado sólo por el amor – no por culpabilidad, ni por sentido de obligación. No es de asombrarse que Jesús podía decir, “Si me amas, me obedecerás.” 
               De todos modos y teniendo muy en cuenta lo dicho, deberás recordar siempre los tres estados por los que los creyentes deberíamos transitar para arribar a la estatura requerida del varón perfecto: Siervo, Amigo e Hijo. Este último es esencial en amor porque son los hijos los que reciben la herencia, no los siervos o los amigos. Transita el camino; comienza desde el principio. Sé buen siervo y excelente amigo, serás hijo dilecto y amado de quien tu Padre tendrá complacencia.